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ABC SÁBADO 23 4 2005 Los sábados de ABC 97 pensativo, distante, abrumado por la emoción. Me sentí intranquila. ¿Había visto una muerte temprana, tal vez violenta? En los meses que siguieron, siempre que rememoré esa escena me sentí más intrépida ante la novedad de lo desconocido. He de vivir al máximo, me decía, pues mis días podrían estar contados. tenerme a su lado, me dijo, no valdría nada. En la finca cubana de La Vigía Mi lugar de alojamiento era espacioso y confortable. La casita la habían utilizado los tres hijos de Hemingway cuando, en su niñez, pasaban las vacaciones con su padre. También había servido de alojamiento para muchos ilustres invitados a lo largo de los años. Gary Cooper había dormido en la casita, al igual que Luis Miguel Dominguín cuando cortejaba a Ava Gardner. Ella había almorzado a menudo en la finca, se había bañado en la piscina, había estado con los Hemingway en el centro de La Habana tomando copas y cenando en El Floridita. Me habían precedido en calidad de invitados Antonio y Carmen Ordóñez, que estuvieron tres meses antes. Tensa relación con Welles Había además un restaurante en particular, a una hora de París, que Ernest tenía mucho interés en conocer Nada más entrar apareció el maître enseguida, resplandeciente, haciéndonos reverencias. Ah, Monsieur Welles- -dijo- -bienvenue A Ernest se le nubló el semblante. Me llamo Hemingway ladró. Una expresión espeluznada dejó rápidamente paso a un sinfín de disculpas. Desde nuestro privilegiado observatorio vimos las reverencias que, esta vez sí, acompañaron la aparición de Orson Welles. Lo sentaron a una mesa para una sola persona, bien a la vista de todos. Ernest recordó un encuentro anterior con Welles que no había terminado del todo bien. Durante la Guerra Civil, Joris Ivens había hecho una película con textos de Hemingway, The Spanish Earth (Tierra española) y se eligió a Welles para que pusiera voz a la narración. Hizo una grabación preliminar, pero a Ernest le pareció inaceptable su entonación. Al final fue el propio Ernest el que puso voz a la narración. Welles compartía con Ernest su interés por España. También él era un devoto incondicional de Antonio Ordóñez; su último deseo fue que sus cenizas fueran esparcidas en la finca de Ordóñez en Ronda La relación entre Hemingway y Welles a lo largo de los años no fue cordial; los dos se burlaban uno del otro en cuanto surgía la oportunidad. Clases de guerra para Castro Nos mantuvimos a una distancia razonable durante la entrega del trofeo. Fue la única ocasión en la que se iban a ver cara a cara Hemingway y Castro. Los fotógrafos lo aprovecharon al máximo. Intercambiaron unas cuantas palabras y Fidel le dijo que era un lector y un admirador de su obra, en especial de Por quién doblan las campanas La estrategia usada por los guerrilleros de la novela le había dado algunas ideas que puso en práctica cuando estuvo en Sierra Maestra, le confió Fidel. Gregory Hemingway, el menor de los vástagos del escritor ya transformado en Gloria, junto a Edward, el hijo que tuvo con Valerie El fin Volvía al día siguiente. El telegrama estaba en orden. Exactamente así lo había escrito el remitente. Ernest me estaba diciendo: Adiós. De nada sirve la esperanza. Me voy a quitar la vida El hijo travestido Yo sabía que a pesar de su apariencia inquebrantable, su pronunciada virilidad, su confianza en sus conocimientos médicos, Greg (Hemingway) tenía un componente de fragilidad. Volvía a encontrarme con más prendas de vestir escondidas en rincones inesperados, y a veces también comprobé que desaparecían mis ropas. Pregunté a Greg si podía explicarme que estaba ocurriendo. Se echó a llorar No soy un travestido- -me dijo haciendo especial hincapié- No quiero vestirme como una mujer. Son las medias, son solamente las medias. Son mi colchón de seguridad, no consigo desprenderme del hábito. ¿Todavía me amas? Tras un día de pesca en la Corriente del Golfo, Valerie y Ernest posan a bordo de El Pilar en el puerto de La Habana Antonio estuvo brillante el primer día. Encandiló a todo el público y cortó dos orejas a cada morlaco. Al día siguiente le tocaba a Luis Miguel, que aún arrastraba problemas en la pierna por la cornada sufrida en Valencia. Volvió a tener dificultades al entrar a matar. El cuarto día estaba previsto el mano a mano. Antonio salió a la plaza a por todas. Quería que definitivamente se supiera que era él, y no Luis Miguel, el número uno, el mejor torero del mundo. Y quería embolsarse el dinero que acompañaba al título y la gloria. Estaba harto de torear mejor que su cuñado, y sin embargo ser peor remunerado Algo más que una secretaria Una premonición Mientras hablábamos de los gitanos, Ernest me preguntó si alguna vez me habían leído la palma de la mano. No respondí. Él me dijo que era un experto en leer la palma de la mano, que una gitana se lo había enseñado. Tomó mi mano con la suya y la sostuvo con fuerza. Me la soltó sin decir palabra. ¿Qué has visto? -le pregunté jovialmente- ¿Una larga vida, riqueza, romance, niños... Como no respondía, lo miré y vi lágrimas en sus ojos. Dijo que no me lo podía decir. No, no me lo quiso decir. Se quedó Pasamos la noche en Poitiers. Me miró de arriba abajo y me dijo que deseaba que fuese con él a Cuba en enero. Me cogió completamente por sorpresa. ¿Había hablado con Mary de esa posibilidad, o se le acababa de ocurrir en ese momento? Que yo accediese a ir con él, para él sería crucial: estaba en juego su vida, su obra, el futuro, nuestro futuro. Cerró los ojos y me dijo en voz baja que si yo no le acompañaba, no tendría él razón para seguir adelante. Dijo a que a menudo había pensado en el suicidio, pero que nunca lo había pensado tan en serio como en esos momentos. La vida sin Correr con los toros es el relato de los últimos años de Hemingway, del que hemos extraído los siguientes párrafos: Duelo Ordóñez- Dominguín Nos alojábamos en el elegante hotel Carlton de Bilbao, una ciudad célebre por tomarse en serio las corridas. Ernest se apenó un poco cuando Antonio le dijo que no podría ver los toros desde la barrera, donde se había acostumbrado a presenciar las corridas en su calidad de miembro honorario de la cuadrilla. Tendría que presenciarla desde el tendido como todo el mundo.