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96 Los sábados de ABC SÁBADO 23 4 2005 ABC AQUEL PELIGROSO VERANO 60 cumpleaños de Ernest y quería que asistiera; pero debía volver a Madrid para seguir con mi trabajo. Casi todos los de la pandilla de Pamplona habían aceptado la invitación, y entonces Ernest me ofreció ser su secretaria durante el verano. Y acepté Para una chica irlandesa de 19 años, Hemingway era una persona muy excitante. Sabía tanto, disfrutaba tanto de la vida, le gustaba tanto compartir su tiempo, su dinero... Quería estar rodeado de gente joven, enseñarla y aprender de ella. Pero destacaba de su personalidad la plena dedicación a la escritura y la disciplina con que acometía esta tarea, consciente de su posición como uno de los más grandes escritores del mundo. Sabía que la escritura, que él llamó mi arte era el fruto del trabajo diario. Luchaba para que el siguiente libro fuera aún mejor. Y al final, fue consciente de que su arte comenzaba a fallar. Y si no podía escribir bien, ya no había razón para seguir viviendo mingway es el relato de la intrahistoria de una época de España. Confiesa que me gustó su país desde el primer día en que aterricé en Madrid y me fascinaron los españoles, tan hospitalarios como mis compatriotas irlandeses, nobles y con gran sentido del humor. Mis primeros amigos en Madrid fueron José María Ochoa y su esposa inglesa Nancy. José era de Pamplona y trabajaba para unos estudios de cine en Madrid; en su casa se celebraban reuniones maravillosas. Encontré a Camilo José Cela en un par de ocasiones. Luego, cuando trabajé con los Hemingway, traté a muchos toreros, especialmente a Antonio Ordóñez y a su esposa Carmen, a Luis Miguel Dominguín y a Lucía, a Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Curro Girón, y Gregorio Sánchez. El pamplonés Juanito Quintana pasó mucho tiempo con nosotros ese verano; fue el modelo del posadero en el libro de Hemingway Fiesta donde también el padre de Antonio, Cayetano Ordóñez, sirvió de inspiración para el torero Romero. Recuerdo asimismo a Miguel Primo de Rivera, que vino a cenar con nosotros dos o tres veces, a Juan Goytisolo, a José Castillo Puche... Un extraño trío En aquel enloquecido verano del cincuenta y nueve, en que la jarana permanente les conducía por las calles y bares de Pamplona, de Granada y Málaga, Ernest Hemingway le declaró su amor. Así lo cuenta la propia Valerie en el libro. ¿Y qué pintaba la esposa Mary en este juego a tres bandas? Con razón me dice la secretaria del autor de El Viejo y el Mar que Mary no fue una gran amiga al principio. Aquellos días estaba disgustada por toda la gente que se aprovechaba de la situación y muy preocupada porque Ernest bebía mucho, gastaba mucho dinero y apenas trabajaba. Poco a poco, -explica- -Mary y yo llegamos a ser buenas amigas, pero esa amistad no se consolidó hasta el año siguiente cuando me fui a vivir con ellos a Cuba. Diría que mi relación con ellos estuvo entre la de una empleada, la de una amiga y la de una hija adoptada Presagios de suicidio Confiesa Valerie, quien vive desde hace años en el estado norteamericano de Montana dedicada a su trabajo como escritora y periodista independiente, que del tiempo que pasó con el Nobel, el episodio más dramático se produjo en su última visita a España entre agosto y octubre de 1960. Para entonces, Hemingway estaba sumido en una profunda depresión y obsesionado con el suicidio. Le aseguro que usé toda la persuasión de la que fui capaz para tratar de disuadirlo, pero cuando nos separamos supe que era cuestión de tiempo, poco tiempo, que tuviera noticias de su muerte Hoy- -asegura- -no queda nadie más que yo con un conocimiento tan íntimo de los dos últimos años de la vida de Hemingway. Muchos eruditos han dicho que en esa última época Ernest estaba sumido en una disminución intelectual estrepitosa pero yo doy fe en mi libro que durante aquellos dos últimos años mantuvo despierta y muy viva una gran capacidad intelectual, de hecho siguió escribiendo, disfrutó incluso del deporte y tuvo una vida plena. En el tiempo en que yo estuve a su lado, de hecho trabajó en varios libros: París era una fiesta El Jardín del Edén y El peligroso verano Después, durante los cuatro años siguientes a su Sexagésimo cumpleaños de Hemingway, que aparace hablando con Valerie, y el trigésimo de Carmen Ordóñez, que baila con el torero, en La Cónsula (Málaga) el 21 de julio de 1959 del gran escritor Principios y finales que como un negro presagio coinciden con los funerales de Ernest y Mary Hemingway, cruciales en la biografía de la peculiar secretaria: otro encuentro circunstancial en las exequias por su venerado jefe le serviría en bandeja el amor imposible de Greg, el vástago menor del escritor, que se convertiría, tras contraer matrimonio y después de tres hijos con ella, en la señora Gloria. Por último, la pregunta inevitable. Si le dieran la oportunidad de reiniciar su vida en aquellos 19 años que tenía cuando atravesó la puerta del Hotel Suecia, ¿volvería a unir su historia a los Hemingway? Rotundamente sí. Si me hubiera hecho esta pregunta a los 21 años no podría haber sido tan tajante. Cuanto más tiempo pasa más me doy cuenta de lo afortunada que fui al traspasar esa puerta un día de mayo de 1959. Para mejor o para peor, aquella entrevista y lo que vino después han formado mi vida. Y estoy muy agradecida La leyenda de un canalla ¿Fue Valerie acaso la más afortunada de las mujeres con las que se topó Hemingway? Estuvo casado cuatro veces, lo que ya dice bastante de su dedicación a las mujeres y de su delicadeza hacia ellas. Yo sólo lo conocí los dos últimos años de su vida, pero durante aquel tiempo fue un amigo muy bueno conmigo y muy respetuoso. Hemingway tenía idealizada a la mujer y ponía sobre ellas unas expectativas muy altas y si no daban la talla, desde luego que podía llegar a ser un canalla La memoria de Valerie He- Hemingway fotografió así a Valerie y a su esposa mientras charlaban en el jardín de Finca Vigía, en Cuba Hemingway tenía idealizada a la mujer; si no daba la talla podía llegar a ser un auténtico canalla muerte, me dediqué a clasificar todos sus papeles, que más tarde fueron entregados a la biblioteca John F. Kennedy, en Boston. Todo ese tiempo que pasé primero con el hombre y luego con sus cartas y manuscritos sacan a la luz rasgos desconocidos del carácter personal y de los hábitos de trabajo