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ABC SÁBADO 23 4 2005 Sociedad BENEDICTO XVI, NUEVO PAPA ENTREVISTA CON BENEDICTO XV 49 Yo estaba en la corte de España cuando nació el Rey D. Alfonso XIII. Luego tuve a mi cargo los asuntos de España El Pontífice, con cercanía inusitada, contestaba entonces incluso a los rumores que barajaban la posibilidad de que abandonase el Vaticano y se trasladase temporalmente a España. -No. no... -murmura- -Ahora es más necesaria que nunca la presencia del Pontífice en Roma... Desde aquí se podrá contener un poco la desenfrenada carrera de las naciones, que van locas, como caballos desbocados... Pero además de su bondad, su nobleza, su diplomacia y su tremenda ansia de paz, de Benedicto XV se ha destacado un sentido del humor que le acompañó siempre a lo largo de su vida. Prueba de ello fue la peculiar manera con la que preguntaba sobre cómo se habían tomado su nombramiento como Papa en nuestro país. -Hice muy buenos amigos en España... ¿Qué dirán ahora... Espere usted... Espere usted... Hay en castellano una frase muy graciosa... ¿Cómo es? -Ya sé... -dice enseguida- -Ahora recuerdo la frase. Dirán: ¡Cuánto ha subido aquel chico! ¿QUIÉN FUE BENEDICTO XV? VICENTE CÁRCEL ORTÍ Historiador Pasión por el castellano Benedicto XV no ocultaba que la visión de España vivía unida al recuerdo de sus años juveniles, cuando fue elegido secretario particular del que fuera nombrado, en 1882, nuncio apostólico en España, monseñor Rampolla del Tindaro. Las memorias de su juventud se funden con los nombres de las ciudades españolas que visitara España es el pasado, el perfume de su juventud lejana De ahí su conocimiento del español: -No, no- -me dice- -No lo hablo bien, porque he olvidado muchas palabras. Pero llegué a conocer bastante el idioma. Figúrese usted que hace ya treinta años que salí de Madrid... Yo estaba en la corte de España cuando nació el Rey D. Alfonso XIII. Luego tuve a mi cargo el despacho de los asuntos de España, y, naturalmente, seguí practicando siempre el idioma. Además, me carteaba frecuentemente con algunos prelados españoles amigos míos. Después me ocupé de otras cosas, dejé de hablar castellano, y poco a poco olvidé casi todo lo que sabía. Pero me gusta tanto... sucesor de San Pío X, el cardenal Giacomo Della Chiesa, arzobispo de Bolonia, fue elegido Papa, con el nombre de Benedicto XV, el 3 de septiembre de 1914 y falleció el 22 de enero de 1922. La Primera Guerra Mundial fue la hora más amarga de su vida en el campo internacional. Incansable en su lucha por la paz, desafió la impopularidad y los ultrajes porque desenmascaró los presuntos nobles fines de las potencias en lucha y definió la guerra como masacre inútil Aunque sus iniciativas no tuvieron éxito, demostraron la grandeza de las motivaciones del Papa y el equilibrio en la acción de la Santa Sede entre realismo diplomático e inspiración religiosa de una paz justa que pusiera premisas de reconciliación entre vencedores y vencidos, y frenase los egoísmos nacionalistas. El Papa organizó personalmente diversas formas de ayuda material a las víctimas de la guerra y siguió ayudándoles incluso después de haber terminado el conflicto. A primera vista, el pontificado de Benedicto XV parece como un largo invierno, pobre de frutos y de gratificaciones, pero en perspectiva histórica todas sus opciones acabaron por vencer. El papel internacional de la Santa Sede salió engrandecido tras el conflicto y ahora se comprende por qué las grandes potencias comenzaron desde entonces a considerar al Papa como un interlocutor más importante que el soberano de los antiguos Estados Pontificios. Los intentos de pacificación del Papa se llevaron a cabo desde la más absoluta neutralidad. Benedicto XV propuso la mediación, la conciliación y la paz como un valor superior al mismo principio de nacionalidad. La acción del Vaticano en favor de la paz se centró en llamamientos patéticos, en sondar intenciones, en transmitir informaciones y en ofrecer su mediación. En dos ocasiones concretas, la Santa Sede se implicó directamente: a finales de 1914 y principios de 1915, cuando trató de evitar la entrada en guerra de Italia, mediante concesiones territo- S riales arrancadas a Austria- Hungría, y durante la primavera y el verano de 1917, cuando propuso una paz general e insistió vigorosamente en este sentido al gobierno alemán. Mientras las grandes potencias promovieron la política de la guerra, Benedicto XV escogió valientemente el camino de la paz. Los gobiernos enfrentados buscaban el triunfo en el campo de batalla, mientras que el Papa prefirió centrar todas sus iniciativas en la solución pacífica. Por ello, no quiso mediar entre los valores de la victoria y de la patria; es más, consideró que la guerra no era un valor sino la negación del entendimiento entre las naciones para regular las relaciones internacionales. El Papa se opuso a considerar la guerra como la única forma de resolver los conflictos entre los pueblos y se opuso igualmente a la violencia para solucionar cuestiones privadas o de clases sociales. Mientras las naciones europeas se destruían mutuamente y también los Estados Unidos entraron en esta lógica absurda, la voz del Papa fue la única que lanzó una propuesta pacífica. Los acontecimiento internacionales de tiempos largos que cada día más afectan a vastas proporciones del globo y que han hecho intervenir de forma masiva y siempre autorizada a los Papas del siglo XX, han puesto en evidencia que los principios de Benedicto XV, considerados utópicos, han demostrado más realismo de fondo que no las políticas contingentes y parciales. Muchos los han ignorado, pero al final ha habido que volver a ellos, desempolvándolos y conjugándolos con las políticas concretas. Benedicto XV, que conocía las posibilidades y los límites de la diplomacia La Primera Guerra Mundial fue la hora más amarga de su vida en el campo internacional clásica porque toda su experiencia juvenil se había movido entre nuncios, cancillerías y cortes- -había sido secretario de la nunciatura de Madrid- ante el impacto producido por la guerra captó inmediatamente que a los hombres con uniforme y a quienes sufrían a causa del conflicto había que hablarles de una forma directa, nueva y que les afectara existencialmente. Su intervención para acabar con el conflicto fue una propuesta de nueva convivencia, basada en el respeto razonable de las nacionalidades, consciente de las exigencias del desarrollo, sobre la natural sociabilidad de las naciones que hubiese querido elevada a sincera fraternidad, como premisa para un ajuste pacífico de las controversias. En este sentido, las iniciativas humanitarias de la Santa Sede no fueron el resultado débil de un veleitarismo derrotado sino que abrieron una época nueva de eficaz amistad para el hombre, tanto si se trataba de un soldado en la trinchera o en el campo de concentración, como de un armenio perseguido. El Papa, diplomáticamente derrotado porque sus propuestas no dieron resultado alguno, excluido de la negociaciones de paz y de la Sociedad de las Naciones, privado de un puesto en el ámbito internacional, con una visión más amplia del futuro comenzó a ver crecer irresistiblemente la estatura de la Santa Sede entre los pueblos y los Estados. Fue entonces cuando la Iglesia católica se convirtió en la única religión organizada y capaz de hablar directamente con los Estados, porque ninguna otra se había preparado para intervenir en la vida internacional como ella. Benedicto XV acabó con la persecución intraeclesial de los modernistas y sospechosos de desviacionismo teológico, que había llegado a níveles intolerables; consintió el nacimiento del Partido Popular Italiano y la plena aceptación de una democracia moderna por parte de los católicos; y relanzó varias opciones eclesiales por ejemplo, la apertura hacia las Iglesias orientales y la promoción de las misiones. En su primera encíclica criticó el racismo, el nacionalismo y sobre todo el socialismo. Consideraba que la solucion a los grandes problemas de la humanidad era la ley del amor. Y que para llevar a cabo su mision, la Iglesia necesitaba unidad. Unidad y expansión: desde esa doble perspectiva hay que valorar su pontificado.