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ABC SÁBADO 23 4 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Reformar el Código para llamar cónyuges y no hombre y mujer de un matrimonio, es una zapaterina digna del asno de Buridán LOS TRES SEXOS A igualación jurídica de los tres sexos: masculino, femenino y mediopensionista, me parece una tarea necesaria a estas alturas de la película de Adán y Eva. Pero es tarea que requiere una cierta prudencia y quizá alguna matización en casos determinados. El reconocimiento de la igualdad de todos los españoles, hombres o mujeres, heterosexuales u homosexuales, ya se trate de lesbianas o de maricones, con relación a los derechos que otorga la convivencia y vida en común, es empeño justo y saludable, y una evidente obligación de los legisladores en toda sociedad civilizada y de nuestro tiempo. Bienvenidas a Celtiberia sean las iniciativas socialistas en orden a la igualación en derechos de todos los celtíberos y celtíberas, incluidos aquellos que pueden quedar agrupados en el latino común de tres Pero a nuestros atolondrados zapateristas les ha faltado el sosiego y la cautela suficientes para considerar y tener en cuenta las observaciones del Consejo de Estado y el Consejo General del Poder Judicial. Es decir, el consejo de los más altos consejeros. Nuestros socialistas tienen a esos ilustres consejeros para darse el gustazo de pasarse sus consejos por el arco del triunfo, y así van ellos, despapuchados de dislate en desatino. Tampoco han querido escuchar los reparos de las iglesias cristianas, y las opiniones de varias asociaciones de la Familia. Antes de emprender reforma tan profunda e importante, no está mal escuchar a todos, y comprobar las sucesivas etapas que esa legislación ha salvado en los países que ya la realizaron. Y sospecho que nuestros sociatas se han dejado convencer mucho más por las voces que pedían a gritos la reforma que por el silencio, tal vez dudoso, si no contrario, de un sector amplio, en el que seguramente figuran muchos votantes socialistas. Antes de llegar a ese beso entusiasta del famoso Pedro Zerolo al ministro de Justicia, Fernández Aguilar, que se besen, que se besen, habría que haber explicado a la sociedad el alcance y consecuencias de la igualación con algo más que las manifestaciones callejeras del Orgullo gay Se ve que la prisa les sale por los cuatro costados, incluido el mediático. Un aspecto de esta regulación de las uniones entre homosexuales que produce rechazo en muy buena parte de la sociedad, es el aspecto gramatical. Algunos homosexuales ponen un extraño empeño en que su unión o pareja, además de tener reconocidos los derechos civiles del matrimonio, también se denomine así: matrimonio ¿Y por qué, y para qué? Yo creo que una cosa es igualar a dos personas o grupo de personas en los derechos, y otra cosa muy distinta es el disparate gramatical de dar el mismo nombre a sujetos de diversa naturaleza. Es de justicia igualar los derechos del hombre y de la mujer, sin que haya discriminación por razón del sexo. Pero para lograr esa justicia no será necesario, digo yo, ni siquiera aconsejable, llamar hombre a la mujer y mujer al hombre por la simple razón de que nos da la gana. Reformar el Código Civil para denominar cónyuges a lo que ahora se define como hombre y mujer de un matrimonio, es una zapaterina digna del asno de Buridán o del burro flautista. L VALENTÍ PUIG Los valores tradicionales de la derecha parecen pasar por una fase de depreciación, de pura conllevancia, de necesaria acomodación a todo lo que no sea aceptar los logros del libre mercado aun a costa de negarlos retóricamente CICLOS DE LA DERECHA A caída del muro de Berlín gratificó la mayoría de planteamientos de la derecha occidental, desde la ratificación general de la economía de libre mercado hasta el afianzamiento de sustancias políticas de tanta entidad como el individualismo y el discurso de las libertades. Ese fue un instante glorioso. Venía precedido por las presencias vigorosas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. La tesis había sido la de la gran tienda capaz de acoger en alianza efectiva los trazos del liberalismo y de la calidad conservadora. La izquierda posibilista, desde Nueva Zelanda al felipismo, o sobre todo, Tony Blair, por no hablar de Helmut con anterioridad, se situó en relación a este eje que en aquel momento era preponderante y lógico. Años después, se diría hoy que la gran tienda tiene goteras, a pesar de la segunda victoria de George W. Bush. Han pasado muchas cosas, entre ellas una sedimentación de cambios generacionales, la globalización y la emergencia de nuevos populismos que reaccionan ante la inmigración y el proceso europeo con más incidencia que los movimientos históricos de la derecha. Son esos los atractivos y las flaquezas del centrismo. Con la guerra de Irak irrumpieron en su vertiente de política exterior las tesis neoconservadoras norteamericanas. Para la consideración de los ciclos de la derecha no es de poca importancia aclarar si lo que se han llamado necons es un rasgo duradero. Existe la posibilidad de que las tesis neoconservadoras sean simplemente un miniciclo. Es decir: la derecha- -la derecha europea- -vuelve a los dilemas de la gran tienda y se debate entre rentabilizar el buen resultado de las políticas económicas basadas en la privatización y la ortodoxia fiscal o buscar la mayor o menor ligazón con lo que se llama el discurso de los valores. Caso extremo es la legalización de los matrimonios homosexuales, por ejemplo. En esta variabilidad de ciclo está, a todas lu- L ces, el centro- derecha que lidera Mariano Rajoy. El dilema es serio y de no poca repercusión electoral. De una parte un centrismo pausterizado, de la otra un centro- derecha que articula otros contenidos además de las políticas de crecimiento y prosperidad. Acertar en la definición del ciclo que emerge es difícil, sobre todo porque la volatilidad de las opiniones públicas a veces parece arrasar toda preconcepción política. El zapeo impone muchas servidumbres, el talante de las nuevas generaciones dilata cualquier prospectiva política y el triunfo de lo banal lleva camino de trivializar cualquier noción del bien público. Es, en muchos aspectos, un nuevo ciclo, con Benedicto XVI en el Vaticano, la moral a la carta, el pensamiento light como manjar colectivo y una universalización de la indiferencia. Afecta tanto a los ciclos de la derecha como de la izquierda, pero la impresión general es que la izquierda- -la izquierda buenista solidaria con todo- -lleva cierta ventaja. Por el contrario, los valores tradicionales de la derecha parecen pasar por una fase de depreciación, de pura conllevancia, de necesaria acomodación a todo lo que no sea aceptar los logros del libre mercado aun a costa de negarlos retóricamente. La disyuntiva, en términos de poder y alternancia, es de peso. Las propias oscilaciones morales de lo que llamamos sociedad civil contribuyen al desconcierto político. Analizar todos esos indicios no significa, políticamente, otra cosa que arriesgar liderazgos y someterse a la presión demoscópica. Sí, resulta que a la gran tienda le han aparecido goteras. De poco sirve que las goteras de la socialdemocracia sean más persistentes y manifiestas. Ahí no vale la tesis del mal menor. En cada ciclo lo que cuenta es la creatividad intelectual y la capacidad de sugerir una cierta idea del bien común. vpuig drac. com