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ABC SÁBADO 23 4 2005 La Tercera FERLOSIO O LA LITERATURA E L más grande, y desmesurado, elogio que se haya escrito nunca del espíritu de un hombre lo escribió seguramente Lucrecio de Epicuro en su bellísimo De rerum natura Cuando ante los ojos de todos yacía vergonzosamente en tierra la vida humana abrumada bajo el peso de la religión, un hombre de Grecia se atrevió a levantar en su contra sus ojos mortales y a enfrentarse el primero a ella; no lo detuvieron ni las leyendas de los dioses, ni los rayos, ni el cielo con su amenazante bramido, sino que estimularon aún más la enérgica valentía de su espíritu en su anhelo de romper el primero los apretados cerrojos de las puertas de la naturaleza. Así que la vívida fuerza de su espíritu triunfó, y avanzó mucho más allá de las llameantes murallas del mundo y recorrió el todo inmenso con su mente y su espíritu, de donde nos trae victorioso qué puede nacer, qué no puede, de qué modo... Con ello la religión, sometida a su vez a nuestros pies, yace aplastada y a nosotros la victoria nos iguala al cielo La inmensa belleza literaria de ese texto, con la vívida fuerza del espíritu retando al bramido de los cielos y a los altivos confines del Universo, sólo es comparable a la aplastante ingenuidad de la fe que manifiesta en la Razón humana, cuando esa Razón aún era una aureola de promesas no descarriadas por un sinnúmero de crisis, y cuando todavía no se había vuelto, por su creciente soberbia, una superstición propia, ni un instrumento que, con el propósito de matar a los peores dioses, acabó convertido él mismo en una religión devoradora de inocentes. Muy pocas descripciones pueden expresar tan certeramente el espíritu que habita en la escritura de R. Sánchez Ferlosio: ojos inquisitivos y valentía de espíritu dedicados a romper los apretados cerrojos de las puertas de la naturaleza y especialmente los rígidos cerrojos de aquello que constituye lo distintivo del hombre: la palabra. Como un niño tímido nos ha ido enseñando Ferlosio a arrancarle delicadamente a las ideas su férrea máscara, hasta ponernos delante del hallazgo: las enigmáticas estructuras de la mente donde, como en delicadas colmenas, liba el pensamiento sus mil trampas. Y, una vez introducidos en esa cámara de los secretos, contarnos, como Epicuro, qué es cada cosa, de qué modo existe, qué puede nacer y qué oscuros misterios determinan a los mortales. Como un tenaz cazador de ideas nos ha ido pintando con mano primorosa el sinuoso laberinto oculto tras las palabras: continentes mentales, pobladores ignotos, hermosos paisajes intelectuales, dioses feroces y rampantes que se presentan como domesticados fámulos pero que son voraces devoradores de inocencias, justicias y felicidades. En toda esa penetración intelectual no sabe uno qué admirar más: si la milagrosa aparición de enigmas ocultos, que dormían su existencia y él los ha traído con su mano a la vida, o si la deslumbrante belleza de ese tornear frases y sintaxis, propia de un orfebre que fuera sacándole con su lenta talla toda su belleza al diamante. De todo eso ha salido un fresco inconfundible que en nada tiene que envidiar al barroquismo de El Bosco anatomías del poder, arqueologías de la gue- Ojos inquisitivos y valentía de espíritu dedicados a romper los apretados cerrojos de las puertas de la naturaleza y especialmente los rígidos cerrojos de aquello que constituye lo distintivo del hombre: la palabra rra, retratos del hombre y de su monstruo predilecto, la historia humana. Orfebrería de la que nosotros nos hemos ido alimentando como Lucrecio se alimentaba de Epicuro: Así nosotros pastamos todas tus áureas palabras, las más dignas de vida eterna Precisamente por eso es más que apropiado que se le haya dado a este engastador de palabras y conceptos el premio español por excelencia a la palabra, el Cervantes. Aun a pesar de que el autor reniegue de la literatura, cuando todo en él es literario y cuando todo lo que toca se convierte en literatura. O sea, el ensayo. Que es la pudorosa, minuciosa y detallada forma de escritura que ha seguido siempre Ferlosio, y que consiste en narrar con pensamientos igual que Lucrecio pensaba con poemas. Ensayismo de un hombre sin escuelas, ni doctrinas, bajo la sola ley de la libertad indeclinable del espíritu. Sin dioses ni sistemas ante los que postrarse. Una forma de literatura a la que podría denominarse, por usar la fórmula alemana de Odo Marquard, belletrística transcendental Lo que quiere decir literatura del pensar, o ensayismo belletrístico, arte que se ocupa más de la sustancia que de la forma, y en la que ni puede ni debe caber cualquiera, precisamente para evitar eso que tanto pavor le causa a Ferlosio: la insustancialidad de lo literario, el flatus vocis frívolo, la palabra narcisista que brota impulsada sólo por la gracia de la ex- presión afortunada. Un espacio que tampoco debe esclavizarse a aquello que Nietzsche describió como las tres EMES- Mode, Moment, Meinung Y un tipo de literatura que consiste en cultivar lo sustancial, pero de forma amateur no de forma académicamente profesional, un poco al estilo de lo que hizo el gran Simmel con todo lo secundario frente al imponente edificio doctrinal de Weber. Amateurismo contra el que ya clamó atronadoramente Hegel La reflexión filosófica no tiene ninguna otra intención que desterrar a lo casual Pues bien, lo que hace esa belletrística es precisamente poner a lo casual en el centro de la Filosofía, poner a la Filosofía a salvo de los filósofos. Que la matan con sistemas, escolásticas, erudiciones resecas, o hermenéuticas cadavéricas. Ese es, precisamente, el espacio- Ferlosio. Un espacio en el que está en la mejor compañía, porque a ver qué fue el gran Nietzsche sino un gran belletrista transcendental y qué Plutarco, y qué Benjamín, y qué, si no, el oloroso, delicioso y profundísimo Montaigne, príncipe máximo de ese riquísimo reino. Por decirlo de otra manera, lo que distingue a este hombre- epígono es que siempre ha ido por la enredada selva del pensamiento subido a los lomos del tigre O sea, sobre el lomo mismo de las palabras y las ideas, agarrado, como un chinche, a su pelaje y aguantando las sacudidas, los rugidos y los saltos salvajes de la fiera. Vida de pensador en autenticidad, que pelea contra el fatum humano, y que es lo contrario del pensador en cautividad, que sólo se pelea con su propia sombra. Así es como ha llegado a este premio este hombre epígono de Epicuro: Epígono del escribir cuando la escritura y la verdadera literatura son ya anacronismos obsoletos, arrasados por la rampante voracidad de las imágenes y las frivolidades. Y epígono del pensar, que teje, como una silenciosa araña, un laberinto de hilos frágiles ante la mirada irritada y amenazante del poder y de las fuerzas oscuras de la existencia. Vida de quien siempre ha sido escritor, y a quien se le puede reivindicar como modelo de tal, frente a ese otro tipo de escritores a los que ya denigró Montaigne Debería haber ordenanzas legales contra los escritores ineptos e inútiles, como las hay contra los vagabundos y vagos... No lo digo por burla, pues el oficio de escritor parece síntoma de un siglo desbordadísimo. ¿Escribimos nunca tanto como desde que andamos alborotados? ¿Escribieron más los romanos que en los tiempos de la ruina? Y cierra el párrafo Montaigne con una sentencia casi cervantina de Filotimo, cita que no me resisto a recitarle a este escéptico amigo, a quien tanto incomodan y desasosiegan los humanos honores: Amigo mío, no es ocasión esta de que nos entretengamos mirándote las uñas O sea, que, cuando la vida yace vergonzosamente en tierra abrumada por las sinrazones y corremos, imparables, a otra ruina romana, no es la hora de las vanas cuestiones, sino la hora de las sustancias. LUIS MEANA Escritor