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28 Benedicto XVI, nuevo Papa JUEVES 21 4 2005 ABC Joseph Ratzinger Italia con Juan Pablo I y durante los dos primeros años del Pontificado de Wojtyla) en la Secretaría de Estado se sucedieron monseñor Casaroli y Angelo Sodano. Los italianos aceptan con naturalidad a Papas extranjeros al frente de la Iglesia Re, Lajolo, Sepe y Bertone podrían disputarse la Secretaría de Estado no italiano en acceder a la silla de Pedro en 455 años, es el único Papa que ha recibido la ciudadanía honorífica de Roma. Ratzinger aspira a ello J. B. E. E. ROMA. Si Juan Pablo II, el primer Papa eslavo, rompió moldes con la historia al convertirse, 455 años después, en el primer Papa no italiano desde Adriano VI (1522- 1523) la elección del alemán Joseph Ratzinger también ha hecho tambalear toda clase de estadísticas. El origen del nuevo Pontífice, proveniente de una gran potencia que desde Víctor II (1055- 1057) no había contado con tan ilustre compatriota, hace que, por primera vez en 627 años- -desde la época de Avignon- dos Papas seguidos no hayan nacido en Italia. La muerte del francés Gregorio XI en 1378 rompió con casi un siglo de Pontífices galos. Desde entonces, el trono de Pedro ha estado casi permanentemente ocupado por transalpinos. En octubre de 1978 no fueron pocos los que criticaron las luchas fratricidas entre los cardenales Benelli y Siri, que sin duda restaron parcelas de poder a la Iglesia italiana, con el resultado de un Papa extranjero Sin embargo, la capacidad de Karol Wojtyla para desarrollar su misión como obispo de Roma, visitando parroquias, universidades y adoptando el italiano como lengua hicieron que, poco a poco, los recelos fueran tornándose en admiración hacia Juan Pablo II, único Pontífice que ha recibido la ciudadanía honorífica de Roma. El ejemplo del Papa polaco ha servido para que en el Cónclave que eligió a Benedicto XVI no se haya hecho hincapié en el eterno paradigma italiano- no italiano. Esta vez, las divisiones regionales se hacían entre europeos o latinoamericanos, y asiáticos y africanos. b Juan Pablo II, primer Los candidatos Según la prensa italiana, cuatro compatriotas se estarían disputando el puesto de máxima confianza de Benedicto XVI, que durante la transición mantendrá a Angelo Sodano. Se trata de Giovanni Battista Re, hasta la fecha prefecto de la Congregación de Obispos; Crescenzio Sepe, responsable de Propagación de la Fe; Giovanni Lajolo, ministro de Exteriores vaticano; y el arzobispo de Génova, Tarsicio Bertone. Varios expertos han dejado caer la posibilidad de que los cuatro, en especial Sepe y Re, hubieran neutralizado la opción de una candidatura conjunta de los italianos en torno a Tettamanzi para asegurarse su elección al frente de la Secretaría de Estado. La reacción de los más de 100.000 fieles, en su inmensa mayoría italianos, que el martes saludaron la elección del alemán Ratzinger no ha hecho sino confirmar la naturalidad con la que los católicos de Italia aceptan la realidad de una Iglesia universal, en la que lo más relevante es la catolicidad y no el pasaporte. El nuevo Pontífice, además, reside en Roma desde hace 24 años, lo cual sin duda le facilitará el acceso al corazón de los vecinos de la Ciudad Eterna. No hay que olvidar, sin embargo, que en- tre las preferencias de los romanos antes del Cónclave se encontraban, junto a los italianos Martini y Tettamanzi, el brasileño Hummes, el hondureño Rodríguez Maradiaga e incluso el nigeriano Francis Arinze, lo cual dice mucho de una Roma que antes de capital de Italia fue centro de la cristiandad. Todo parece indicar que sí se respetará la tradición según la cual, si el Papa no es italiano, al menos sí lo ha de ser el secretario de Estado. Tras la breve estancia del francés Villot número dos El cardenal Carlo Maria Martini en la misa pro eligendo pontifice del pasado lunes EPA LA SOTANA DEL PAPA JORGE TRIAS SAGNIER Abogado y escritor ajo las solemnes vestiduras del Primado de la Iglesia, se podía ver la sencilla sotana negra de Benedicto XVI, que se autorretrató como humilde trabajador de la viña del Señor Quienes estaban cerca cuentan algo todavía más curioso: al levantar los brazos para saludar a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro, podía verse el brillo de sus mangas, producido, sin duda, por las muchas horas de estudio. Dicen también quienes le conocen bien que es como si Kant hubiese llegado a la silla de Pedro. Había quienes colocaban en hora sus relojes, a las nueve menos dos minutos de la mañana, cuando indefecti- B blemente, hiciese sol o tronase, atravesaba la columnata de Bernini para dirigirse a su despacho de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Tocado con una boina negra, con paso firme y cadencioso, su porte de señor rural infundía respeto y afecto a quienes lo trataron de cerca. Y ayer emocionó a sus colaboradores cuando, como si nada hubiese ocurrido, se dirigió a sus estancias, al lado de la plaza de San Pedro, a buscar sus pertenencias. Un hombre sencillo, ordenado y sumamente inteligente ha llegado a la Santa Sede. Por encima de todo, un hombre de fe, de una fe que ha ido construyendo a través del estudio y de la investigación, sobre los pilares de la razón. Razón y fe no son, desde luego, fundamentos antitéticos, sino, como Benedicto XVI ha demostrado a lo largo de toda su vida, complementarios. La desgastada y pulcra sotana del Papa lo demuestra. Quienes auguraban o deseaban un cónclave conflictivo en el que aflorasen frustraciones personales, se han llevado un chasco. Hoy, la Iglesia que fundara Jesucristo sobre la piedra de Pedro es una sólida roca que se ha ido cimentando a lo largo de los siglos, donde casi todo es previsible. Algunos hubiesen querido ver al Espíritu Santo como a una paloma loca revoloteando de un lugar a otro sin saber adónde dirigirse. ¡Qué paradoja, en cambio, nos acaba de deparar la Iglesia! Sus compañeros han elegido Papa, nada menos, que a uno de los dos únicos cardenales que quedaban nombrados por Pablo VI y que tuvo en el Concilio Vaticano, ya tan lejano pero aún sin consolidar del todo, un papel sobresaliente. El Concilio fue, sin duda, una revolución en la Iglesia. Juan Pablo II lo lanzó al mundo sin miedo; y ahora ha llegado el momento de ordenar todas sus piezas. Este será, sin duda, el Pontificado del ecumenismo y del diálogo interreligioso, entre otras muchas cosas. Varias sorpresas vamos a ver en un futuro próximo. Pero que nadie se imagine lo que no puede ser. La Iglesia es lo que es y está, toda ella, resumida en el Evangelio. Y el Evangelio, aunque algunos lo intenten, no es posible retorcerlo hasta hacerlo irreconocible. Es algo tan simple y tan grandioso que a veces, como las cosas más evidentes, no somos capaces de verlo: como la sotana de Benedicto XVI.