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ABC JUEVES 21 4 2005 Benedicto XVI, nuevo Papa 27 Análisis Joseph Ratzinger lizar y encauzar a la luz de aquel magisterio, cuyo carácter divino lo hace a la vez inmutable y salvífico. Y, a la vez, la Iglesia es siempre progresista, porque no desconoce que el hombre vive inmerso en una dinámica de movimiento- -a veces de avance, a veces de retroceso, pero movimiento siempre- -en la que no se le puede dejar solo, abandonado en manos de una manipulación materializadora que trata de borrar el espíritu. A la cabeza del avance del hombre hacia su perfección está la Iglesia, que ha sabido descubrir siempre la solución inspirada en Cristo para cada nuevo problema que el ser humano encuentra en su caminar hacia Dios. No siempre ha sido fácil hallar las respuestas, ni impedir que el Mensaje del Fundador quede oscurecido por los errores que al intentar comprenderlo han cometido los hombres. Pero siempre la Iglesia ha llegado a dar con el camino angosto y con la puerta estrecha, y ha animado a los hombres a entrar por ellos para encontrar a Dios. Así pues, la Iglesia que será es la misma que ha sido y que es. Claro que nuestro egoísmo, o nuestro miedo, le pide que cambie. Que ensanche el camino, agrande la entrada, acomode la moral y haga menos pesada la cruz. Pero va a ser que no. Este Papa, el anterior, el siguiente, sucesores de un Pedro que le negó sin que por ello Jesús le retirase el Primado; estos obispos, sucesores de los apóstoles- -que huyeron del Calvario sin que Jesús dejase por ello de apoyar en ellos la Iglesia- este clero, estos laicos, tan torpes muchas veces, tan cobardes otras, somos la Iglesia. Y lo seremos mientras nos mantengamos fieles a cuanto Cristo nos enseñó, mientras busquemos el modo de que el tiempo en que cada uno de nosotros vive sea también el tiempo de la Redención. QUÉ IGLESIA ES Y CUÁL ES LA QUE DEBE SER ALBERTO DE LA HERA Catedrático de la Universidad Complutense N MIGUEL BERROCAL o se me debe a mí el titulo de este artículo, sino que expreso con él un interrogante que en estos días me han planteado muchas personas. Abordaré la pregunta desde la perspectiva de mi propio pensamiento, de cómo yo la veo y la entiendo, y espero poder terminar estas líneas dando una respuesta a la misma. Aunque son la muerte de un Pontífice y la elección de otro el motivo inmediato del universal interés despertado a lo largo de este mes de abril por estas cuestiones, mi intención aquí no es hablar del Papa, sino de la Iglesia; de la institución, y no de quien la gobierna. Pero me pongo a buscar el origen de la Iglesia y me encuentro con que su Fundador habla de ella precisamente en el momento de la elevación de Pedro al Primado: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia Hay que darse cuenta de que tales palabras contienen dos realidades distintas entre sí: una, que Jesús funda la Iglesia; otra, que la piedra que es Pedro constituye la garantía de su unidad. Tanto, que allí donde la unión con Pedro se ha roto, la Iglesia se ha roto también, y donde la unión con Pedro se ha mantenido, la Iglesia ha mantenido la unidad por la que Cristo oró al Padre: Que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno Creo que podemos deducir que a Cristo, en el momento de establecer la Iglesia, le preocupó prevalentemente su unidad. Y es lógico, puesto que Él nos dejaba a los hombres un Mensaje que resultaba difícil de aceptar y de mantener; no predicaba un camino fácil para llegar al cielo, sino que habló de un senda estrecha y de una puerta angosta, y escandalizó muchas veces- -incluso a sus apóstoles- -al proponer el nivel de exigencia doctrinal y moral que pedía a quienes quisieran seguirle. Un Mensaje así podía fácilmente tergiversarse, dulcificarse, amoldarse a los deseos de los hombres, de no haberle dotado el propio Jesús de una garantía que lo pudiese mantener intocado y perenne a lo largo de los siglos. Sobre la base de esa garantía, se ha conservado la Iglesia establecida por Cristo: es la Iglesia que hoy es y que siempre ha sido, durante ya veintiún siglos, durante doscientos sesenta y cuatro Papas, durante miles de millones de católicos de todos los pueblos y razas y culturas. Por eso, mientras nos refiramos a la Iglesia de Cristo, no cabe hablar de una Iglesia conservadora y de otra progresista como dos Iglesias, o al menos dos opciones eclesiales, entre sí contrapuestas. La Iglesia será siempre conservadora porque tiene mucho que conservar: unas enseñanzas de su Fundador que no podemos tergiversar ni alterar. Una doctrina que no se tiene que adaptar a los tiempos, porque ella es lo estable y lo eterno y los tiempos son lo mudable y pasajero. Son los tiempos los que se tienen que interpretar, ana- La doctrina de la Iglesia no se tiene que adaptar a los tiempos, porque ella es lo estable y lo eterno