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ABC MIÉRCOLES 20 4 2005 Tribuna 75 D ESCARTAR la excelencia. Fustigarla. Arrinconarla. Cercenarla. Reducirla a ras de la mediocridad. Arrastrarla por los eriales que sólo transitan los insectos. Hundirla, poco a poco, en las intrincadas galerías de los topos. Erradicarla como una epidemia. Anularla como una excrecencia inútil. Anatematizarla como una herejía... Que no brille su luz entre los hombres. Ya que tan poco importa la palabra evangélica, escondamos las lámparas entre pantallas entenebrecedoras (ya no hay artesas y, además, casi nadie sabe lo que significa esta palabreja) para que oculten el resplandor y reine la sombra o la engañosa penumbra que borra los perfiles y sume en la somnolencia. En lo que me es más próximo y más querido, la educación y la enseñanza, tarea a la que he dedicado cuarenta y tantos años de mi vida, la excelencia, en los últimos tiempos, ha dejado de ser una noble aspiración o una meta apetecida. Se interpreta la mediocridad- -y ni siquiera la áurea- -como la conquista buscada por todos en un nivel igualatorio que desestima lo que se alza por encima de su escasa estatura. Naturalmente no se puede generalizar. Siempre hay excepciones consoladoras. Si hacemos un somero repaso de los últimos y penúltimos planes de estudio en la enseñanza primaria y secundaria y nos atenemos a las escalas de valoración tradicionales- -MB, B, R, M y MM en la primaria, y del 1 al 10 en la secundaria- -el paso a PA o NM abarca un abanico tan amplio que no es posible matizar si el alumno ha llegado a un alto grado de conocimiento o no sabe hacer la o con un canuto. Tanto es así que tengo noticias fidedignas de que algunos padres en determinados colegios, conscientes de la insuficiencia de esta información por no saber exactamente a qué carta quedarse, exigieron calificaciones numéricas y, aunque de tapadillo logra- EXCELENCIA ANA ROSA CARAZO Escritora La excelencia, en los últimos tiempos, ha dejado de ser una noble aspiración o una meta apetecida ron que se distinguieran churras y merinas. Exactamente lo mismo ocurría en el bachillerato. La nivelación por abajo no sólo se practicaba en clase sino que se reflejaba en la calificación con letras, sin escala numérica, y no revelaba con exactitud la verdad de tal apreciación. Todas estas argucias para enmascarar o disimular lo excelente- -y también, por supuesto, lo deleznable- -han originado consecuencias nefastas para la formación del niño y del adolescente: la ausencia de competitividad, en el mejor sentido de la palabra, entre condiscípulos; la falta de estímulo por parte del profesor que, con leves variantes los mide a todos con el mismo rasero; la carencia del esfuerzo personal al no considerar lo valorable. Y todo esto unido a múltiples causas de índole familiar y social por todos conocidas, ha conducido al tan lamentado como lamentable fracaso escolar con todas sus inquietantes secuelas. Puedo contar, y no de oídas sino basándome en mi propia experiencia, que, cuando en un grupo de cuarenta o más alumnos, media docena se mostraba excelente, el nivel discente de la clase subía porque los demás se sentían arrastrados hacia arriba- -motivados se diría ahora- -por un afán de superación, por un ansia de saltar el listón que otros le habían marcado y, si no lo alcanzaban, mejorar al menos su propia marca. Y cuando el grupo era más homogéneo en su mediocridad, en la mano del profesor habría de brillar la varita mágica de la excelencia para que se realizara el milagro. Tratar de averiguar o de discutir la motivación del arrinconamiento de la excelencia en las aulas y en otros ámbitos es tarea que excede a mi propósito. Sin embargo, en lo que se refiere a la enseñanza, sí quiero señalar- -ya lo han hecho otros- -algunas causas sumamente significativas: el abandono casi total, por acoso y derribo, de las Humanidades y, sobre todo, del latín y del griego, ese inmenso tesoro que yace postrado ante los ojos impíos de la ignorancia, sin que casi nadie se dé cuenta de sus infinitas posibilidades para la formación intelectual; la proscripción de la enseñanza religiosa, no ya con intención tendenciosa o sectaria. El hecho religioso, con lo que conlleva de enriquecimiento intelectual y moral: la historia, la antropología, la filosofía, el derecho ¿acaso no están vinculados con frecuencia a lo religioso? La religión, religatio, nació, precisamente, como una necesidad humana de apoyo, de ayuda, de aspiraciones sublimadas. Por eso, no se puede entender ni interpretar la historia del hombre, su pensamiento, sus objetivos, sus inquietudes artísticas, sus convicciones morales, sus aspiraciones al conocimiento. No se pueden borrar ni arrancar las raíces cristianas de la cultura occidental. Y si España es católica por tradición, aunque no todos los españoles sean católicos ¿por qué privar a los alumnos del conocimiento del catolicismo, con todo lo que supone a lo largo de los siglos en el desarrollo de la historia del arte, o de la filosofía? ¿Acaso no es un delito de lesa penitencia privar a las presentes generaciones de poder entender e interpretar cumplidamente la filosofía de Tomás de Aquino o el arte de Fra Angelico, el proceso de las guerras religiosas o la evangelización de América? ¿Cómo es posible ceguera tan recalcitrante? Estas reflexiones sobre la excelencia y su proyección en la vida del ser humano han surgido espontáneamente tras saber de un acuerdo del Consejo de Ministros del pasado 18 de febrero que preconiza la supresión de los tratamientos oficiales, ahora vigentes, como Excelentísimo e Ilustrísimo. ¿Quiere esto decir que la ardua tarea de gobernar exime de la necesidad de la excelencia o de la ilustración, o acaso es un acto de humildad, de falsa modestia o de reconocimiento expreso de la mediocridad? ¿Es que el hecho de prescindir de tratamiento, por otra parte absolutamente convencional y pasajero, hace que la nivelación por abajo en el rango social o político proporcione adhesiones y aplausos, o convierta en más lúcidos o más honrados o más generosos a los que lo prescriben? Todo el mundo sabe, o debería saber, que la convención del tratamiento en sí misma no implica nada más que el reconocimiento de la jerarquía, que su uso en lo privado suele ser, casi siempre, pura vanidad. Entonces ¿a qué viene esa sansirolada, esa ostentación de la no ostentación cuando en lo representativo y en lo suntuario la modestia y la austeridad brillan por su ausencia? ¿Honra prescindir de tratamientos que no añaden ni excelencia ni ilustración si los actos no están presididos por ese mismo afán nivelatorio de sencillez y de moderación? La mujer del César no sólo tiene que ser virtuosa sino parecerlo. ¿Se trata aquí sólo de parecerlo? R EGRESO de un viaje. De cualquier viaje. Sin devoción apenas, de un modo reflejo, cumplo con la liturgia de vaciar los bolsillos. De desestibar el equipaje. De soltar lastre. Pongo sobre la mesa los recibos y las facturas, que surgen, arrugados, de los lugares más inverosímiles. La prisa por llegar a tiempo al aeropuerto de una ciudad lejana los ha desperdigado en el fondo de la maleta. Y los mezcla con otros papeles, que tuvieron importancia o me parecieron útiles cuando los guardé: un recorte de periódico; el plano del metro; una revista de esas que organizan los tiempos muertos. El desorden que favorece el hecho de estar lejos de los puntos de referencia hace que los pliegues de la ropa cobijen, de cualquier manera, otros papeles. No han faltado las veces en que los mismos papeles- -los recibos, las facturas, los justificantes- -han viajado de vuelta al mismo lugar donde se originaron. Se solapan, entonces, las fechas y uno pierde la perspectiva y la memoria histórica. Ni siquiera los sellos en el pasaporte, ahora que las fronteras ya no son fronteras, nos sirven como indicación de cuándo fuimos y cuándo regresamos. VACIAR LOS BOLSILLOS HERMENEGILDO ALTOZANO Escritor No encuentro algunas facturas. Estos viajes por cuenta de los asuntos de otros terminan con las cuentas sin cuadrar. No ya las propinas, que no resulta posible documentar. Como no resulta posible reclamar un recibo para algunos de los pagos que hay que hacer para tener una estancia sin sobresaltos. Están también los olvidos y los descuidos. O la manía esa de pretender alargar la estancia y de llegar al mostrador de facturación al borde del cierre que deja por el camino, como víctima de esa guerra silenciosa entre las ganas por volver y los deseos de quedarse, el recibo del taxi al aeropuerto. Estos viajes terminan casi siempre en una conversación crítica con los contables. En un intento vano por cubrir el desfase: Tanto te di, tanto me debes. En dinero o en justificantes. Tú verás Esta vez parece que sirve la promesa de ser más diligentes en adelante: Mañana voy a rebuscar por si se hubiera quedado alguna factura en el equipaje Pero nos cuidamos de guardar el secreto de que en otro viaje nos volverá a pasar lo mismo y volveremos a negociar cómo se restablece el equilibrio, aunque nos desgarre tener que desprendernos otra vez de un trozo de biografía en números. Las facturas, los recibos, los justificantes, sirven para rehabilitar las zonas más dañadas de la memoria. El colmado, la cantina, la venta, la taberna, el bar de carretera donde nos detuvimos un día de marzo. Quién pidió qué. La estancia en un hotel. Los libros. Las entradas del teatro. Los taxis. Las fotocopias. El envío de un fax. Los folletos que nos han forzado a aceptar como resumen de lo explicado en reuniones interminables. Las tarifas del centro de negocios. Un mapa turístico del centro de la ciudad. El recuerdo de la visita fugaz, al trote puro, a algún museo local. Vuelvo a los papeles, a los recortes. A las facturas y a los recibos. A los justificantes. Trato en vano de ordenarlos por fechas y por lugares. Se mezclan con otros que documentan otros afanes que poco o nada tienen que ver con los viajes. Con todos ellos reconstruyo, sin embargo, la historia de las últimas semanas, cuando no éramos conscientes aún de lo que vendría después. Ahora que lo sabemos, o que creemos saberlo, los papeles dispuestos sobre la mesa comienzan a cobrar todo el sentido. Antes de que un arrebato nos lleve a entregarlos al primero que los reclame para cuadrar la caja tomamos buena nota de lo que han sido los días pasados. En qué hemos ocupado el tiempo, las horas muertas entre encuentro y encuentro. Formo un montón con ellos en el centro de la mesa y agarro un puñado para lanzarlo hacia arriba. He trazado una línea imaginaria. Los que caen a la izquierda serán entregados, sin oposición alguna, al primero que los reclame para cuadrar la caja. Los otros, los de la derecha, sobrevivirán hasta el próximo viaje. O hasta el próximo olvido.