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ABC MIÉRCOLES 20 4 2005 Benedicto XVI, nuevo Papa 25 Análisis Joseph Ratzinger UN RECIO TEÓLOGO BÁVARO JOSÉ MARÍA JAVIERRE Sacerdote y periodista O hemos visto contento. Tranquilo. Seguro. Este hombre me da la impresión, conocida de antemano, de que los cardenales lo votarían. Para mí- -esto nunca lo sabremos- -los conclavistas tenían acordada la solución desde la semana pasada, cuando tomaron en las reuniones cardenalicias la temperatura del mundo y de la Iglesia. A estas alturas de la historia, tiene su gracia: la gran novedad de que los cardenales encerrados han elegido a su hombre se nos comunica mediante el humo de un caño de estufa prehistórica, aquel tubo de cuatro metros sujeto con tirantes de alambre para evitarle balanceos. El tejadillo cubre la Capilla Sixtina, depósito del Juicio Universal de Miguel Ángel y otras joyas artísticas de valor incalculable. A su lado, los tejados del Palacio Pontificio con las estancias de Rafael, los apartamentos Borgia, los cortiles Belvedere y la Piña, los Museos y la Biblioteca Vaticana; conjunto irrepetible. Por el otro costado, el tejadillo de la Capilla Sixtina da sobre la plaza y la basílica, cada metro cuadrado una maravilla. Y resulta que estamos todos con la nariz al cielo para ver si del caño de la estufa sale humo blanco o humo negro... Los de dentro nos juegan malas pasadas. El arranque de cada fumata vacila entre blanco y negro. Estalla el gentío: -Sale humo blanco... ¿Saben qué les digo? A mí personalmente me encanta este sistema prehistórico de señales instaladas en el corazón del arte y de la historia. El aviso electrónico sería una vulgaridad. Prefiero que nos hayan tenido como los indios de América con la nariz al cielo aguardando la fumata blanca. Ayer Hans Küng publicó en la prensa europea un artículo en el que deseaba un Papa que mire más hacia afuera de la Iglesia que hacia adentro. Ha salido al revés. En Alemania cuentan que Ratzinger se sintió incómodo con sus compañeros y discípulos de Tubinga. Hasta el extremo de optar a una cátedra en la Universidad de Ratisbona, de menor categoría mundial. Desde allí acudió al Concilio Vaticano II. Nombrado en 1977 arzobispo de Múnich, enseguida cardenal, fue llamado L Ratzinger ha expresado con claridad permanente la tierra movediza intelectual que hoy sirve de base insegura al creyente común, y en particular a los círculos teológicos por Juan Pablo II en 1981 a gobernar las trincheras teológicas de la Iglesia: Congregación de la Fe, Comisión Bíblica, Teológica Internacional. Así convertido en respaldo intelectual del Pontífice, brazo derecho de Juan Pablo II, asume en 2002 el Decanato del Colegio Cardenalicio. Ratzinger ha expresado con claridad permanente la tierra movediza intelectual que hoy sirve de base insegura al creyente común, y en particular a los círculos teológicos. Sin duda, esta inquietud la experimentan obispos y teólogos de todos los matices. Pienso que los cardenales han retrasado intencionadamente la votación final, mientras todos mirábamos al caño de la estufa sobre el tejado de la Capilla Sixtina. Sería inútil pretender que los cardenales conclavistas nos comenten cómo han sido las votaciones previas: la primera de sondeo, en la tarde del lunes, y las de ayer por la mañana. Probablemente han evitado que les creyéramos precipitados, por eso han retrasado la votación final. Para mí- -nunca podré asegurarlo, ya he dicho- -tenían resuelta la solución quizá desde las reuniones de la semana pasada. Así habló Ratzinger con tanto aplomo y contundencia en la última homilía, misa de anteayer lunes antes del encierro de los cardenales. Y lo he visto tranquilo. Más: contento. Para mí, que hacía varios días que Ratzinger estaba en el secreto. Sus palabras han sido breves y previsibles: un recuerdo emocionado a Juan Pablo II; el Señor me ayudará, y vosotros con vuestras oraciones. Su biografía es densa y sencilla: un sabio teólogo. ¿Por qué ese nombre? Benedicto XV (secretario particular del nuncio Rampolla en España, 1882, sustituto de la Secretaría de Estado los últimos años de León XIII y primeros de Pío X, arzobispo de Bolonia en 1907) fue elegido Papa justo cuando estallaba la guerra europea de 1914. Aquel nuevo Papa consumió su existencia a favor de la justicia y de la paz. Comprometido con los sufrientes, exige inútilmente a los aliados y a los alemanes una paz fundada en la justicia, sin vencedores ni vencidos. Su oficina instalada en el Vaticano consigue intercambio intenso de prisioneros. Cada uno de los bandos pretendía que el Papa condenara públicamente al contrario. Lo excluyeron, por presión italiana, del Tratado de Paz de Versalles, 1919. Murió a comienzos de 1922. Un dato notable para nosotros es que Benedicto tiene por raíz Benito, patrono de Europa. Además de esta dedicación a la tarea de la paz, al alemán Ratzinger sin duda le habrán seducido las intervenciones de Benedicto XV en temas de interpretación bíblica. Así ha escogido llamarse Benedicto XVI. Ratzinger, ahora Benedicto XVI, presidió la misa Pro Eligendo Pontifice