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ABC MIÉRCOLES 20 4 2005 Benedicto XVI, nuevo Papa 21 Júbilo en San Pedro Ratzinger, el centinela insomne de Dios, sale al poco, convertido ya en Benedicto XVI; se dirige a la multitud; es la voz de un hombre tranquilo, seguro de su designio tempestiva- -falta aún bastante para las siete- -invita a pensar que se trata de una fumata blanca. Para disipar las dudas, un nubarrón cetrino proyecta su sombra sobre la Plaza de San Pedro; ahora el humo adopta una tonalidad decididamente cándida. Un clamor que empieza siendo el rugido de un león que se despereza para convertirse enseguida en una algarabía de júbilo se apodera de las gargantas de los presentes. ¡Habemus Papam! ¡Habemus Papam! exclama la multitud. Joseph Ratzinger vuelo repentinamente atolondrado se adivina la confusión y el ajetreo que salta a los depositarios de un secreto. Un tropel de gentes de toda raza y condición se agolpa en la Via della Conciliazone; enarbolan banderas que abarcan el vértigo del atlas. Es un espectáculo incalculablemente hermoso contemplar este desbordamiento humano abolidor de fronteras y estamentos; es incalculablemente hermoso sumarse a esta plegaria efervescente que se rompe en el alambre de un grito: ¡Viva el Papa! Cuando el cardenal protodiácono, monseñor Jorge Arturo Medina Estévez, aparece en el balcón central de la basílica y proclama al universo la felicidad de la Iglesia, el cielo, que amenazaba lluvias, se amaina y dulcifica; el viento interrumpe su música bronca; los planetas se detienen en su órbita; el soplo del Espíritu ha querido restituir la tradición de la littera canina: Anuncio vobis gaudium maximun Joseph Ratzinger, el centinela insomne de Dios, sale al poco, convertido ya en Benedicto XVI: su voz es afable, incluso un poco tímida, cuando se dirige a la multitud; es la voz de un hombre tranquilo, seguro de su designio, pero también apabullado ante la magnitud de la misión que se le ha encomendado. A cada poco, sus palabras tienen que interrumpirse, entre el fragor de aclamaciones. Benedicto XVI lanza al mundo una mirada benéfica, abrumada y feliz. Roma ha restablecido su autoridad; la única autoridad que merece ser obedecida, en esta época de ismos zascandiles y cambiantes. Alborozo en cada repique Avisados por la televisión, los romanos empiezan a abarrotar la arquitectura prodigiosa de San Pedro; las líneas telefónicas han dejado de funcionar, en solidaridad con el mundo que ha detenido la respiración. Al poco empiezan a repicar la campana que anuncia la elección del sucesor de Juan Pablo II; es un tañido lento que gana en alborozo en cada repique, hasta hacerse exultante. Los vencejos, confidentes de las alturas, se han congregado sobre las estatuas que rematan la fachada de la basílica; en su AP