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10 MIÉRCOLES 20 4 2005 ABC Benedicto XVI, nuevo Papa El nuevo Papa se dirige a los fieles que esperaban por miles en la plaza de San Pedro, ansiosos por escuchar sus primeras palabras La rápida elección de Joseph Ratzinger inicia un Pontificado de continuidad Sus primeras palabras estuvieron dedicadas al gran Papa Juan Pablo II b Apenas hicieron falta cuatro escrutinios para que el Cónclave más abierto de los últimos cien años entregara la antorcha al que fue el favorito de Juan Pablo II JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL ROMA. El teólogo que no quería venir a Roma y que Juan Pablo II retuvo a su lado durante 23 años sin dejarle marchar asumió ayer la enorme carga de su herencia y de dirigir la Iglesia católi- ca en el atribulado inicio del Tercer Milenio. Su inmenso prestigio realizó el milagro de superar dos tercios de los votos al cuarto escrutinio en el Cónclave más abierto de los últimos cien años: los cardenales han entregado la antorcha al preferido de Juan Pablo II, Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI. Hace 26 años el problema era la dictadura comunista. En nuestros días es la dictadura del relativismo y el primer martillazo contra su pedestal, hasta ahora indiscutido, sonó con fuerza ayer en Roma. Igual que Karol Wojtyla, el Papa de las sorpresas Joseph Ratzinger dio ayer la primera y dará todavía muchas más a quienes sólo conocen su anticuada caricatura de inquisidor. Le han elegido porque su talla intelectual, talante y humildad están a la altura del enorme desafío de suceder a Juan Pablo II. Le han votado porque saben que- -en cuanto se despejen los tópicos y la gente le conozca directamente- -Joseph Ratzinger va a meterse en el bolsillo a los jóvenes, a los responsables de otras religiones y a los mandatarios del mundo. Ayer decidió cenar con los cardenales electores y dormir en la Casa Santa Marta. Hoy concelebrará misa con ellos en la Capilla Sixtina y pronunciará su homilía en latín. La segunda elección de un Pontífice no italiano confirma la llamada a ser Papa del mundo y lo hace en la persona del último gran testigo del Concilio Vaticano II. Elegir a un alemán significa echar un salvavidas a la zona quizás más enferma de la Iglesia católica: el área germanófona de la vieja Europa, el continente más aquejado del fenómeno de descristiani-