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ABC MIÉRCOLES 20 4 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La Iglesia ha optado, sin muchas vacilaciones, por un papado corto y una etapa de transición BENEDICTO XVI UANDO es elegido un nuevo Papa, suele ser un dato significativo de su carácter o de sus propósitos el nombre que toma. El cardenal Ratzinger, quien por cierto entró papa en el cónclave y papa salió de él, tomó el de Benedicto XVI cuando muchos esperaban que prefiriese ser llamado Juan Pablo III. Al fin y al cabo había sido el ideólogo de guardia del Papa Wojtyla y su cercanísimo colaborador. Benedicto XVI. Y enseguida saltaba la pregunta: Pues, ¿quién había sido Benedicto XV? Giácomo della Chiesa, Jaime de la Iglesia, se llamaba aquel Benedicto nacido en Roma, y fue un papa entre Píos, como quizá Ratzinger esté destinado a ser un papa entre Juan Pablos. Sucedió a Pío X y después de un pontificado breve dejó el solio a Pío XI. A Benedicto XV podemos llamarle el Papa de la Paz. Cuando murió Pío X acababa de estallar la Primera Guerra Mundial, y el papa Della Chiesa se esforzó hasta lo infinito en promover y predicar la paz. Su primera encíclica se llamó significativamente Pacem Dei Benedicto XV quiso ser papa para la paz y la reconciliación. Los dos bandos beligerantes en aquella guerra, medio mundo en cada trinchera, pretendieron que condenara al adversario, pero el Papa se mantuvo en su propósito de llamar a todos a la concordia y a la conciliación. Quizá en alguna de estas circunstancias del pontificado de Benedicto XV podamos encontrar uno de los ejemplos que haya despertado el deseo de imitación en el espíritu de Benedicto XVI. Quizá el nuevo Papa quiera explicarlo alguna vez. Surecentísima homilía en la que avisa claramente de los peligros de la relativización nos ofrece un adelanto de la idea básica y los fundamentos morales y filosóficos de lo que será el papado que ahora empieza y la orientación por donde marchará la Iglesia en los años venideros. Los criterios más firmes en lo moral que han sido mantenidos durante el largopontificado del papa Wojtyla fueron construidos y ordenados por el cardenal Ratzinger. Todo parece indicar que en ese sentido la línea de la Iglesia no va a sufrir ruptura alguna. En las primeras palabras del nuevo Papa, desde el balcón del Vaticano, hace el anuncio de que, después del santo Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, que soy un humilde trabajador en la viña del Señor Esa no es la confesión de un revolucionario. La Iglesia Católica, lenta y prudente como siempre al través de los siglos, ha optado, sin mucho debate y sin muchas vacilaciones, por un papado corto, puesto que Ratzinger tiene 78 años. Y también por una etapa de transición, sin apresurarse a correr aventuras doctrinales ni aceptar las novedades surgidas en algunos sectores de la sociedad actual que chocan frontalmente con la enseñanza tradicional de la moral católica. Los que esperaban un sucesor de Juan Pablo II que pusiera patas arriba esas enseñanzas seculares quizá lo hacían desde posiciones lejanas a la predicación de la Iglesia católica, apostólica y romana. Las modas, tanto en la vida como en el pensamiento, van por el lado de atención a la novedad, y las normas de la Iglesia van por un camino sin prisas y con la cautela de mirar hacia la eternidad. O sea, a la pacem Dei C EL RECUADRO ANTONIO BURGOS Benedicto XVI será el Papa de lo Políticamente Incorrecto. Lo siento por los pancarteros, por los pegatineros, por los abortistas, por los paritarios, por los que llaman matrimonio a cualquier arrejuntamiento. Qué disgusto más gordo tendrán RATZINGER YA NO EXISTE E L cardenal Ratzinger ya no existe. Del Vaticano a la Giralda, lo anunció la voz de bronce de las campanas de la Cristiandad. Hablaban en latín, como el cardenal Medina al hacer el anuncio. El bronce de la verdad siempre habla en latín, que es la lengua materna de Dios. Las campanas anunciaban que el cardenal Ratzinger ya no existe, como un día dejaron de existir en la solemnidad de mármol de un balcón ante la Historia de la Cristiandad otros que le precedieron. Wojtyla, Montini, Roncalli, Pacelli también dejaron de existir al ser elegidos papas. En el balcón del Vaticano, revestido con el poder y la gloria de San Pedro, no vi, por tanto, a cardenal alemán alguno. Vi al Papa. Sencillamente al Papa. Con solideo de Papa y estola del Papa vi a Benedicto XVI. Vi la continuidad de una Iglesia con la que no han podido los siglos. Un Papa que estaba donde tenía que estar, como tenía que estar, a la hora exacta, representando cuanto significaba. De lejos, sobre la balconada, era simplemente el Papa. Y como los que estaban en la plaza lo sabían de antemano, antes de conocer el gaudium magnum ya aplaudían. ¿A quién? Al Papa. A cualquiera que fuera quien instantes después fuese proclamado Papa. Benedicto Dieciséis, acostúmbrense al nombre con el ordinal así puesto. Olvídense de Decimosexto, como nos olvidamos de Vigesimotercero con Juan Veintitrés o de Decimosegundo con Pío Doce. Un 16 en la espalda es número de galáctico. Para jugar la Championlí de lo Políticamente Incorrecto. Me encanta Benedicto XVI porque será el Papa de lo Políticamente Incorrecto. Lo siento por los pancarteros, por los pegatineros, por los abortistas, por los paritarios, por los que llaman matrimonio a cualquier arrejuntamiento. Qué disgusto más gordo tendrán quienes toman el bienestar, la comodidad, el dinero y el hedonismo como medida de todas las cosas... Si mosqueados estaban con la homilía del cardenal Ratzinger en la misa Pro eligendo Papa ahora tendrán que ampliar su capacidad de cabreo. Es su paradoja y su contradicción: ellos no creen en Dios, no creen en la religión católica y mucho menos en el Papa, ¡pero se cogen unos cabreos cuando la Iglesia no sigue el dictado de la moda de lo Políticamente Correcto y dice ni más ni menos que lo que debe en materia de fe, de moral, de justicia social, de eso tan desfasado como los principios y los valores! Si para algunos el cardenal Ratzinger ya no existe y la Iglesia alinea como punta del ataque para los tiempos que corren al galáctico 16 de Benedicto, prepárense para escuchar una y otra vez el apellido del Papa como una ofensa. Los que a Juan Pablo II llamaban el polaco y Wojtyla como las mayores de las ofensas ya tienen cargadas sus armas de repetición de demagógicas con el bávaro y Ratzinger. De inquisidor para arriba, prepárense a escuchar lo peor: ¡Oído, cocina! ¡Que sea una de Torquemada para aquí los señores de la progresía! ¡Marchando! Cuando vea que alguien le llama Ratzinger a Benedicto XVI, no se meta en mayores honduras: verá, tras el ataque descalificador de su persona, qué defensa más linda del aborto sigue, o qué primoroso ardor en la apología del matrimonio de homosexuales o en el humanitario alegato a favor del homicidio, perdón, de la eutanasia. Como todos no vamos a ser iguales, como todos no vamos a claudicar ante la dictadura de la conveniencia y del relativismo que el propio Papa ha denunciado a pie de cónclave, les advierto que a partir de ahora mi procesador de textos queda desprogramado para escribir la palabra Ratzinger. Automáticamente pondrá Benedicto XVI. Dejemos eso de Ratzinger para esos a los que ahora tenemos que dar el pésame por la elección de un Papa de la Fe, de la Moral, de la Verdad y de la Libertad. Aunque ellos no crean en el Papa. Que es lo más divertidamente contradictorio de todo.