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48 Sociedad LA SUCESIÓN DE JUAN PABLO II MARTES 19 4 2005 ABC ÉL INDICARÁ PEDRO MIGUEL LAMET Jesuita y biógrafo del Papa or primera vez las cámaras violaron la intimidad de la Sixtina hasta traernos a casa el juramento de los cardenales. No, no estábamos asistiendo a una ficción fílmica, sino contemplando a 115 hombres dispuestos a asumir una enorme responsabilidad. El marco de la Sixtina, su polícroma visión de la creación y el juicio, evocaba los versos de Karol Wojtyla al primer Vidente: Todo está desnudo y abierto ante sus ojos Como aquellos cuerpos desnudos, ya sin bragettoni la Iglesia tiene también que desnudarse en un ambiente de meditación y discernimiento, elegir desde la fe y el sentido común. Pero el Espíritu Santo no es la paloma de un prestidigitador. Se sirve de mediaciones humanas. Y ayer por la mañana, en la misa Pro eligendo Pontifice se descubrió una. Si durante la homilía del funeral el cardenal Ratzinger fue un modelo de discreción centrándose en una oración fúnebre del fallecido Papa, la de ayer, junto a oportunos textos bíblicos, me pareció un auténtico discurso electoral. Se reveló como lo que ha sido durante este pontificado, el hombre de la Doctrina de la Fe, la mano dura del Papa. Su diagnóstico sombrío de la modernidad como una dictadura del relativismo no parece prometer por su parte un pontificado de diálogo sino de Iglesia inexpugnable, única poseedora de toda la verdad, incapaz de encontrar algo positivo en los que no piensan como ella. En su opinión la pequeña barca cristiana parece a punto de naufragar sólo movida del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo sin encontrar lo bueno y positivo de esta era: ni el impulso solidario de las ONG, ni la aportación mística de Oriente, ni la lucha de los cristianos por la justicia y por la liberación. Ignoro si los cardenales elegirán o no a Ratzinger. Me imagino que no. Si lo hicieran, radicalizarían más el llamado cisma psicológico la división. Necesitamos un hombre que nos anime en vez de regañarnos, un verdadero cristiano que hable con todos, sin marginar ningún sector de la Iglesia. Como dice Wojtyla en su poema sobre la Sixtina: Es preciso que durante el Cónclave Dios concience a los hombres. Tú que penetras todo, ¡indica! Y el indicará Aunque, si eligieran a Ratzinger, no perdería mi fe, porque nunca la he puesto en el Papa, sino en el Señor Jesús. P De la elección del Papa por aclamación a dos tercios de los votos Juan Pablo II estableció reglas precisas que habrán de seguir los cardenales electores en la Sixtina b Desde 1059 son los cardenales los que eligen Papa, y éste se convierte en Sumo Pontífice desde el momento en que acepta, pero nunca antes JESÚS BASTANTE. ENVIADO ESPECIAL ROMA. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia Fue Cristo quien designó al apóstol como primer Pontífice, máxima autoridad para los católicos de todo el mundo. Pero, tras la muerte del pescador, los modos de elegir a su sucesor han variado a medida que la institución crecía en presencia y relevancia mundial. San Lino, San Anacleto y San Clemente fueron designados a dedo por los más estrechos colaboradores de Pedro, pero Alejandro I, quinto sucesor del apóstol según la lista realizada por Ireneo de Lyon, fue elegido en el año 107 por toda la comunidad cristiana de Roma Durante el primer milenio, el obispo de Roma era elegido por el clero y por el pueblo, de tal modo que la población proponía candidatos, que después eran aprobados por el clero y los nobles. Los obispos eran quienes tenían la última palabra. El ascenso de las grandes familias hizo que, poco a poco, la elección de Pontífice fuese resultado de luchas de poder, restringiéndose cada vez más el acceso de los ciudadanos romanos. El Papa Esteban III (824) estableció que los candidatos sólo podían ser nobles, lo que terminó provocando deposiciones y asesinatos de Papas en virtud del interés de la familia dominante en la Roma medieval. Gregorio X estableció la mayor parte de las normas que, todavía hoy, siguen vigentes. A saber: la espera de al menos diez días desde la muerte del Papa hasta el comienzo del Cónclave (ahora se espera entre 15 y 20 días) la obligación de que las sesiones se celebren a puerta cerrada, y la ausencia de contacto con el exterior. A dieta Para evitar procesos eternos como el de Viterbo, Gregorio X estableció que, tras tres días sin resultados, la alimentación de los cardenales se restringiese a dos comidas diarias. Pasados cinco días, la dieta se reducía a pan y agua. La presión a los cardenales continuó con Pío IV y el Concilio de Trento, que estableció que el sueldo de los cardenales quedase congelado durante la Sede Vacante. Así se pretendía luchar- -argumenta Piazzoni- -contra los negocios que los cardenales, entonces auténticos señores feudales, realizaban en las sesiones del Cónclave Trento también estableció las cuatro formas diferentes de elegir Pontífice, que han permanecido vigentes hasta el siglo XX. Excepto la primera de ellas, el escrutinio, que permanece inalterable y que será el procedimiento utilizado desde esta tarde por los electores en la capilla Sixtina. La segunda o sistema de accedo fue abolida por Pío X en 1904. Este proceso establecía la posibilidad de que un cardenal cediese sus votos a otro candidato. Los cambios de Wojtyla Los otros dos sistemas, abolidos por Juan Pablo II en 1996, eran los de aclamación y compromiso El primero consistía en el aplauso unánime a un candidato, que requería una votación posterior de confirmación. El compromiso incidía en que tras un largo tiempo sin consenso, se podía dejar la elección en manos de un grupo de cardenales, quienes podían optar por un candidato al que elegían por unanimidad. Pablo VI estableció que únicamente participarían en el Cónclave los cardenales menores de 80 años y no superaría los 120 electores, condiciones que mantuvo Juan Pablo II. Sin embargo, Wojtyla consagró en la Universi Dominici Gregis la posibilidad de romper con la mayoría de dos tercios si, tras el trigésimo cuarto escrutinio, no se había alcanzado candidato. En este caso, los purpurados habrán de elegir si optan por la mayoría absoluta, o por los dos candidatos más votados en la elección anterior, en una suerte de primera vuelta Todo queda en manos de los cardenales, sin olvidar, por supuesto, la inspiración del Espíritu Santo. Los cardenales, únicos electores No fue hasta 1059 cuando el Colegio cardenalicio cobró importancia en la elección del Papa, gracias al decreto In nomine Domini del Papa Nicolás II. Desde entonces, y de manera oficial, se perdió toda posibilidad de participación popular, de modo que únicamente los cardenales obispos romanos podían tomar parte en la elección papal. Ambrogio Piazzoni, viceprefecto de la Librería Apostólica Vaticana, subraya que la fecha de 1059 es absolutamente significativa para entender el proceso de elección. A partir de entonces, son los cardenales los que eligen Papa, y éste se convierte en Pontífice desde el momento en que acepta, no antes La primera asamblea cardenalicia para elegir Papa, antecedente de los Cónclaves, se reunió en 1118, pero no fue hasta el Concilio de Letrán, en 1179 cuando se fijó la cifra de dos tercios para la elección de Pontífice. En 1274, tras el histórico Cónclave de Viterbo, Juramento de los electores