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ABC MARTES 19 4 2005 Nacional TRAS LAS ELECCIONES VASCAS 19 nunciar intereses electorales ocultos y acuerdos políticos inconfensables. En estas condiciones, de menor tensión polarizadora entre los bloques, de casi nula percepción de posibilidades de alternancia, le dieron a la campaña un perfil competitivo y movilizador muy discreto. Por si fuera poco, ni la propia ETA tuvo el protagonismo violento de otras ocasiones y, si lo tuvo, fue el del desmantelamiento eficaz del nuevo comando Donosti. El PNV, en la encrucijada de decidir entre el chantaje y la concertación La capacidad reactiva del antisistema abertzale ha conseguido frenar su caida imparable al sumar 7.000 votos (35.000 si contamos los de Aralar) a los 143.000 obtenidos por EH cuatro años antes, lo que unido a su mayor capacidad movilizadora le permite incrementar su representación en dos puntos y dos escaños a los obtenidos en 2001, pero, sobre todo, seguir condicionando la gobernabilidad del país a través de su capacidad de chantaje institucional y, especialmente, sobre el PNV- EA. Al voto nuevo captado, hay que añadir parte de los 80.000 votos cedidos al PNV- EA hace 4 años. Hay un cambio de ciclo político en Euskadi que nos retrotrae a la situación de empate a 32 de 1984 y que fue el inicio de otro ciclo político de pactos y coaliciones. El actual empate a 33 se produce en un contexto de ruptura muy distinto a aquel, pero la capacidad de chantaje y fortaleza de los violentos también es mucho menor. Solo hay dos opciones: o el PNV- EA continúa administrando (que no gobernando) sin mayoría y apoyándose en el antisistema del PCTV, o se abre una política de concertación con el resto de fuerzas democráticas. Dulcificar el radicalismo Ibarretxe, con una excelente imagen y su posición institucional privilegiada, dulcificó, paradójicamente, el radicalismo plebiscitario de su convocatoria sin evocar su plan, si no apelando al apoyo ciudadano a una ambigua negociación, que le abrió una via de agua por el flanco radical y facilitó su vuelta a su lugar natural. Los socialistas, con su candidato nuevo y una valoración discreta entre sus votantes, ofrecían una poco visible y, también, ambigua alternancia, retomando el camino perdido del consenso en la reforma estatutaria, que atraía un voto moderado y con ansias de cambio, pero sin ilusionar lo suficiente y generando desconfianza entre sectores que les habían apoyado cuatro años antes para la alternancia. El PP, después de perder su posición de gobierno en Madrid y deshecho el frente constitucionalista, se convertía en una actor secundario que solo ofrecía resistencia a la supuesta claudica- han desmovilizado a sus electores moderados y se les han ido parte importante de los votos radicales que habían recuperado cuatro años atrás. El PSE- EE es el vencedor moral de estas elecciones, en la medida en que su discreto avance, apoyado por la menor caída de los populares, le convierte en una pieza clave para condicionar el nuevo ciclo político de cambio al que apelaba el Presidente Rodríguez Zapatero. Sus 272.429 votos, 22,6 y 18 escaños, le suponen un incremento neto de apoyos de casi 20.000 votos, que en un contexto de fuerte desmovilización, le dan cinco puntos porcentuales y cinco escaños más, recuperando su tradicional segunda posición. Sin embargo, no alcanza sus mejores resultados de 1984 y 1986 (19 escaños) ni sus expectativas de llegar a los 20 escaños de haberse acercado a los 337.000 obtenido por ZP en las legislativas de hace un año. ción socialista ante el radicalismo nacionalista, de uno y otro signo, y que tenía que aspirar a reducir al mínimo su cantado retroceso. El resultado fue la caída en diez puntos de la participación electoral con respecto a 2001, situándose en el nivel de las elecciones forales de 2003 de este mismo ciclo, ligeramente por encima del promedio (66,7 de las siete elecciones autonómicas anteriores y en niveles similares a las de 1986 y 1998. La ganadora indiscutible de estas elecciones ha sido la coalición PNVEA, que con sus 463.873 votos y su 38,6 se sitúa a casi 200.000 votos y 16 pun- tos de su siguiente competidor socialista. Sin embargo, su pérdida de 140.000 votos (casi una cuarta parte de su electorado de hace cuatro años) y, sobre todo, cuatro de sus 33 escaños anteriores les hacen fracasar en todos sus objetivos: no ha habido plebiscito a sus planes soberanistas, no ha habido clamor para reforzar su posición negociadora en Madrid, no se ha producido concentración de voto nacionalista, y no sólo no ha habido mayoría absoluta, si no que ni en solitario ni con el tripartito han podido mantener su superioridad sobre la suma de la representación constitucionalista. Lo cierto es que El PP, el otro gran derrotado El PP con sus 208.795 votos 17,3 y 15 escaños, es el otro gran derrotado de estas elecciones al perder más de 118.000 votos (más de un tercio de su electorado) cinco puntos, cinco escaños y su anterior segunda posición. La desmovilización y el voto útil de quien gobierna en Madrid han sido sus principales vias de agua. Sin embargo, su cambio de liderazgo, la buena campaña de María San Gil y su posición de resistencia le han permitido consolidar un electorado sólido y cercano al del inicio de su ciclo de ascenso en la segunda mitad de los noventa.