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94 Economía LUNES 18 4 2005 ABC JUAN VELARDE FUERTES ANTE UN NUEVO PAPA: CONSIDERACIONES DESDE LA ECONOMÍA n Teología y Catequesis el órgano del Instituto Superior de Teología, Ciencias Religiosas y Catequética San Dámaso en su número de julio- diciembre de 1989, en el artículo Interrogantes de un economista ante la doctrina social de la Iglesia sostuve que la Doctrina Social de la Iglesia había ignorado las aportaciones de la Escuela de teología moral y economía de Salamanca que comenzaron a ser investigadas en 1943 por José Larraz en La época del mercantilismo en Castilla, 1500- 1700 y que concluyen, por ahora, en la obra del profesor Gómez Camacho, sin olvidar, el libro, publicado en 1952, de Marjorie Grice- Hutchison, The School of Salamanca. Readings in Spanish Monetary Theory (1544- 1605) Había preferido, en cambio, esa Doctrina Social espigar en el socialismo de cátedra así como en los modelos derivados del historicismo alemán. Con rapidez se destaca el corporativismo. Tras su crisis, el hueco lo ocupó el socialkeynesianismo y en aquellos momentos yo añadía que se observaba lo derivado de la fuerte implantación en Iberoamérica del estructuralismo económico latinoamericano, más una serie de tendencias adyacentes que pretendían aprovechar algún resto de movimientos utópicos que, ese año, con el derrumbamiento del Muro de Berlín, se esfumaban. Todo esto tenía una consecuencia muy seria. Existía entonces ya un siglo de separaciones excesivas entre lo que E Gracias a Juan Pablo II, la racionalidad, la ortodoxia, lo que acepta la comunidad científica tras polémicas con los heterodoxos, imperó en el Arca de la Iglesia se desprende de las investigaciones científicas en el terreno de la economía, y esa Doctrina Social de la Iglesia. Como resultado, los científicos de la economía tenían ante ésta, cuatro posturas. Si eran ajenos a la colectividad católica, la contemplaban, en general, como algo pintoresco. Si por algún motivo tenían raíces culturales que les relacionaban con los ámbitos culturales católicos- -recordemos a Schumpeter y su ensayo póstumo, La marcha hacia el socialismo hablan de esta postura doctrinal como de algo que puede dar algún juego, pero escaso. Si pertenecían a la Iglesia solían someterse con humildad, como fue el caso de Anatolio Leroy Beaulieu y un grupo de economistas franceses que se encontraban cómodos científicamente en posturas neoclásicas, y que para no provocar ningún escándalo, dejaban sus investigaciones al margen del desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia, salvo en al- guna cuestión muy puntual, ligada a problemas de moral católica, como las relacionadas con la familia, el aborto, o la obligación de entregar el prójimo lo que se puede para sacarle de situaciones angustiosas. Si eran católicos y colaboraban activamente con la Iglesia, escindían sus trabajos científicos y su adhesión a la Iglesia. Para mi, salvo en las cuestiones demográficas, el gran ejemplo de esta escisión lo constituyó, en el ámbito anglosajón, Colin Clark y, en España ésa fue la postura de tres economistas señeros de la rama valenciana de la Escuela de Madrid: Zumalacárregui, Perpiñá Grau y Manuel de Torres. Pero, en aquellos momentos, como consecuencia de una especie de replanteamiento derivado de la Escuela de Friburgo encabezada por Eucken- -recuérdese el carácter católico de la Universidad de Friburgo, lo que explica la expulsión de su rectorado de Heidgger, pese al apoyo que recibía de los nacionalsocialistas- que empapaba el programa democristiano alemán y como se adivinaba que algo diferente pugnaba por surgir en la encíclica Sollicitudo rei socialis me atreví a decir que, tras observar la alta calidad y la atinada orientación de esta carta de Juan Pablo II, algunos, ahora mismo, se plantean el objetivo de pensar que en 1991, en el centenario de la Rerun novarum podría ser el momento de establecer un puente muy firme entre la ciencia económica y la Iglesia Por eso, para mi, una de las comprobaciones del carácter extraordinario, genial, de Juan Pablo II, fue la encíclica Centesimus annus donde eso se lograba del mejor modo imaginable, porque ese puente lo estableció, entre otros, con una pléyade de grandes economistas como Kennet J. Arrow, Anthony Atkinson, Peter Hammond, Malinvaud, Robert Lucas, Jeffrey Sachs o Amartya Sen, quienes, como consejeros, son convocados según señala George Weigel en su Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza (Plaza Janés, 1999) con la frase que el Papa dirigió a Jorge Mejía, del Consejo Justicia y Paz: Quizá convenga ver lo que dicen unos cuantos economistas Así fue posible que, como dice Weigel, el análisis moral de la economía derivara de la filosofía de la acción moral característica de Juan Pablo Y así volvía a la atmósfera de la Escuela de Salamanca, en la que, como señaló Pierre Vilar, los teólogos morales discípulos de Francisco de Vitoria, eran capaces de escribir, en sus Manuales de confesor auténticos tratados de teoría económica. Exactamente eso es lo que sucede con la Centesimus annus Este resultado no ha inmunizado a la Iglesia. Cuando, por ejemplo, Hans Küng, en su Libertad conquistada. Memorias (Trotta, 2003) escribe que con el final de los curas obreros ha llegado también el final de la teología que los sustenta no percibe que tal teología era un amasijo de errores científicos en su vertiente hacia la economía. ¿Va a comprenderse en la nueva etapa lo que expuso a la perfección el profesor Irastorza en su ensayo Rerum novarum Centesimus annus y algo de economía en el volumen coordinado por Fernando Fernández, Estudios sobre la encíclica Centesimus annus (Aedos. Unión Editorial, 1992) la debilidad del puente entre la economía y la doctrina social No está escrito que no pueda producirse un retroceso en la postura de Juan Pablo II y que, haya que aceptar, como ocurrió con Leroy- Beaulieu, lo que San Agustín llamaba en su Contra Epistulam Parmeniani el hedor de los irracionales del Arca que prefigura la Iglesia, preferible a ahogarse huyendo de esa irracionalidad maloliente. Pero, ¡qué alegría cuando, gracias a Juan Pablo II, la racionalidad, la ortodoxia, o sea, lo que acepta definitivamente la comunidad científica tras polémicas con los heterodoxos, imperó en el Arca de la Iglesia!