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ABC LUNES 18 4 2005 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO 63 ABC cias besan, uno por uno, el pie, la mano y la mejilla de Rose; su aliento de avutardas- -escribe el Barón Corvo, en pleno éxtasis vengativo- -le hizo sentir náuseas secretas La escritura malévola del Barón Corvo no circunscribe sus invectivas al colegio cardenalicio; cuando se le presenta la oportunidad de juzgar el socialismo, afirma que no es el grito de la pobreza oprimida, sino una suma de denuestos y refunfuños de la mediocridad llena de envidia y descontento, ansiosa de afectar unas apariencias prestadas y no propias, y de sumergirse en un lujo que no se había ganado con su esfuerzo personal Mucho más divulgada que la novela del Barón Corvo, pero igualmente aquejada de su síndrome y muy exhaustiva en la descripción de las liturgias que envuelven la celebración de un Cónclave, resulta Las sandalias del pescador primera entrega de una trilogía vaticana urdida por el escritor australiano Morris West (1916- 1999) Como curiosidad no exenta de estremecimiento poético, diremos que Las sandalias del pescador era el libro que el cardenal Wojtyla estaba leyendo cuando fue convocado a Roma, para participar en las deliberaciones que siguieron a la muerte de Juan Pablo I. West- -quien antes de emprender su carrera como escritor de thrillers religiosos había merodeado la vocación monástica- -inicia su narración cuando la Sede de San Pedro se halla vacante. Durante el período de novendiales, el camarlengo cardenal Rinaldi se reúne con su colega Leone, decano del Sacro Rolfe y West hubiesen querido ser Papas; desahogaron su frustración escribiendo sendas novelas Colegio y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a quien West describe- -diríase que estuviese ensayando la etopeya del cardenal Ratzinger- -como un hombre de cabellos blancos y ojos pálidos que se eriza ante todo lo que parecía desusado en la interpretación o la práctica de la doctrina Un cardenal joven Ambos, Rinaldi y Leone, deciden proponer como candidato a un cardenal joven. El Cónclave se inicia con la misa del Espíritu Santo. El astuto Rinaldi ha encargado la homilía a un joven prelado ucraniano, Cirilo Lakota, líder de los católicos rutenos; su sobria elocuencia cautiva al colegio cardenalicio. Una larga cicatriz lívida condecora la mejilla derecha de Cirilo: es una de las muchas secuelas que pregonan su estancia de diecisiete años en una cárcel siberiana, donde los suplicios que le fueron infligidos lo acercaron a la abjuración y la apostasía Kamenev, su ensañado torturador, ha ido subiendo en el escalafón soviético, hasta suceder al padrecito Stalin. Al despedirse de Cirilo, Kamenev le lanzó este anatema: No podrá olvidarme jamás. Adondequiera que usted vaya, estaré yo. Y dondequiera que usted llegue a ser, yo seré parte de usted Para escapar a esta maldición, Cirilo ha aprendido a proyectar su espíritu torturado hacia los brazos del Todopoderoso. En la primera reunión del Cónclave, Leone propone la Vía de la Inspiración (hoy abolida, al igual que la antedicha Vía del Compromiso) cualquier conclavista estaba entonces legitimado para proponer públicamente al hombre que consideraba que debía ser elegido. Como el primero de los Apóstoles- -proclama Leone- ha sufrido prisión y torturas por la fe, y la mano de Dios lo ha liberado del cautiverio para que se nos uniese en este Cónclave. Lo proclamo como mi candidato, y a él ofrezco mi voto y obediencia: Cirilo, cardenal Lakota Los cardenales se incorporan de sus sitiales, tras un titubeo inicial, como un solo hombre, repitiendo esta proclamación. En Las sandalias del pescador y en Adriano VII nos tropezamos con dos muy evidentes paradigmas clínicos del síndrome del Barón Corvo: Rolfe y West hubiesen querido ser Papas; contrariados por el fatalismo que torció su designio, desahogaron su frustración escribiendo sendas novelas que les sirvieron de terapia y rectificación de su biografía. Mucho me temo que a los modernos pacientes de tan estrafalario síndrome que en estos días se dedican, en pleno delirio de futurología esquizofrénica, a anticipar la voluntad del próximo Pontífice, no los asista el talento que bendijo a sus ilustres antecesores.