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62 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO LUNES 18 4 2005 ABC Cierta superstición romana alega que la letra R ejerce una influencia indefinible sobre la elección, pues es la que más veces se repite en los apellidos de los Pontífices; superstición que avalaría hoy las candidaturas de Ratzinger, Ruini, Re, Rodríguez Maradiaga y... hasta de Rouco El Síndrome del Barón Corvo ROMA. Llamaremos Síndrome del Barón Corvo a esa obcecada manía, híbrida de esquizofrenia, delirio megalómano y mero diletantismo fantasioJuan Manuel so, que perturba a una de Prada multitud creciente de Enviado especial. Roma individuos (teólogos traspillados, tertulianos morrocotudos y en general todo tipo de transeúntes de lo religioso) y que los hace creerse con potestad para asumir las facultades papales; o, al menos- -en la variante menos morbosa del síndrome- -para censurar las decisiones del Pontífice y enmendarle la plana. Para mejor entender la génesis de este síndrome, muy virulento y contagioso, quizá debiéramos familiarizar a nuestros lectores con la figura de William Frederick Rolfe (Londres, 1860- Venecia, 1913) autotitulado Barón Corvo. Aunque nacido en el seno de una familia anglicana, Rolfe siente desde joven una querencia irrefrenable hacia el catolicismo, en la que confluyen razones estéticas y espirituales; esta vocación felina de singularidad lo empuja a ingresar en un seminario, del que no tardará en ser apartado. La frustración que le ocasiona esta expulsión alimentará de rencor su futura obra, ferozmente sarcástica y altanera; también marcará el resto de su tortuosa existencia, signada por los estigmas del malditismo y la miseria. Para exorcizar el demonio que lo corroe, y también para ajustar cuentas con las jerarquías eclesiásticas que lo han condenado al ostracismo, el Barón Corvo escribe en 1904 una novela titulada Adriano VII rezumante de bilis y sarcasmos, en la que un trasunto demasiado evidente del autor, George Arthur Rose, también ha sido rechazado en sus aspiraciones sacerdotales y, veinte años después, sigue sin aceptar el veredicto adverso. Adriano VII constituye un verdadero ejercicio de terapia psiquiátrica. Un día cualquiera, Rose recibe la visita del cardenal Courtleigh, quien le propone rehabilitarlo de inmediato. Aunque es hombre envenenado por el resentimiento, Rose no ha abjurado de su fe: Precisamente porque las personas en mi situación habitualmente han cometido apostasía, me abstengo de hacer lo que se espera de mí El cardenal Courtleigh, convencido de que se ha cometido con Rose un enorme y casi irreparable agravio, lo ordena sacerdote, apenas unos pocos días antes de que fallezca León XIII. El Cónclave, que se rige por las ceremonias ordenadas en 1274 por Gregorio X, sirve al Barón Corvo para mojar su pluma en la ponzoña de la sátira: una vez tapiados y satisfechos en sus cómicos privilegios constitucionales, los conclavistas empiezan a maniobrar para obtener sufragios, prometiendo adhesiones que luego quebrantan. En el curso de las votaciones, un cardenal pierde el control de sus facultades directrices al comprobar que está a punto de lograr la más enorme de sus ambiciones y se vota a sí mismo, para completar la mayoría de dos tercios; pero se invalida su sufragio y su elección es anulada. Mientras describe las turbias maquinaciones de Sus Eminencias, el Barón Corvo desliza alguna erudición chocante: así, por EPA ejemplo, nos enteramos de Morris West, autor del libro Las sandalias del pescador que cierta superstición romana alega que la letra R ejerce una influencia indefinible sobre la elección, pues es la que más veces se repite en los apellidos de los Pontífices; superstición que, de mantenerse vigente, avalaría hoy las candidaturas de Ratzinger, Ruini, Re, Rodríguez Maradiaga y... hasta de Rouco. Vía del Compromiso Los dos tercios preceptivos no se obtienen. Tras una semana de camarillas y descarríos, Sus Eminencias empiezan a sentirse hastiados. Se procede a la llamada Vía del Compromiso: el Sacro Colegio inviste a nueve cardenales compromisarios con poder y facultad omnímodos para proporcionar un pastor a la Iglesia; uno de ellos es Courtleigh. Pronto llegan a la convicción de que el Señor no está dispuesto a elegir un Vicario entre los miembros del Cónclave. Tras cuatro reuniones estériles, se celebra una asamblea capitular final; en ella, Courtleigh propone el nombre de Rose: Si ese hombre ha perseverado durante veinte años, su vocación debe ser verdadera alega. Se hace pública el Acta de Compromiso y George Arthur Rose, que se hará llamar Adriano VII, es proclamado Papa. Durante la ceremonia de adoración, Sus Eminen- Los fieles toman la Comunión en la última misa de novendiales por el Papa Las sandalias del pescador era el libro que el cardenal Wojtyla estaba leyendo cuando fue convocado a Roma