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40 Internacional LUNES 18 4 2005 ABC Soldados iraquíes rodearon ayer la ciudad de Madaen, al sur de Bagdad, donde rebeldes suníes supuestamente retenían a más de centenar de habitantes chiíes Hay muchas ilusiones para Irak. La de una paulatina normalización, la de un Gobierno estable y amigo de EE. UU. la de un país unido de kurdos y árabes, suníes y chiíes, la del fin de la guerra. Más que ilusiones son imperativos. Aunque parecen espejismos Espejismos iraquíes TEXTO: ALBERTO SOTILLO MADRID. En Irak no hay día sin atentado, pero la ligera reducción en el número de ataques registrado desde las pasadas elecciones había hecho cundir la ilusión de que la situación tendía a una gradual estabilización que permitiría la salida sin traumas de las tropas extranjeras a principios de 2006. Puestos a ser optimistas, se podría esperar la formación de un Gobierno legitimado por las urnas, con un respaldo social cierto y unas fogueadas fuerzas de seguridad. Por el momento, sin embargo, algunas de las ilusiones acariciadas en Irak se tornan más bien espejismos tras los que se esconde una dura realidad. Los atentados alcanzaron su máxima intensidad en el periodo de noviembre de 2004 a enero de 2005, es decir, desde el asalto a Faluya a las elecciones generales. Comparado con ese pe- riodo infernal, la pauta de diez, quince o veinte muertos diarios de las últimas semanas parecía incluso un alivio. Pero la insurgencia todavía tiene en sus filas entre 12.000 y 20.000 hombres, según reconoce el Pentágono. No es una banda de cuatro desarraigados; es un pequeño ejército. Y lo que es más grave, ese pequeño ejército sólo puede sobrevivir gracias al feroz sentimiento antinorteamericano existente en buena parte de la población suní. En el relativo alivio de las últimas semanas ha habido una media de 35 ataques contra las tropas norteamericanas. Bastante menos que los 140 de enero, pero en realidad una pauta casi idéntica a la registrada durante todo el año 2003, que no anunció la estabilidad del país, sino todo lo contrario. Las nuevas fuerzas de seguridad están fogueadas, pero puede haber mu- cho de espejismo también en la ilusión de que tomarían el relevo a las norteamericanas en una guerra sin fin contra la guerrilla. Muchos de los atentados cometidos prueban que el Ejército y la Policía iraquí están infiltrados por la insurgencia o por suníes más o menos simpáticos a la misma. Representantes chiíes han amenazado con una purga, pero el Pentágono ha advertido de que tal decisión podría alimentar las filas de la guerrilla, como ocurrió La ligera reducción de los ataques desde las elecciones había hecho cundir la ilusión de que la situación tendía a una estabilización con la nefasta disolución de las fuerzas de seguridad del antiguo régimen. La salida más razonable sería la integración de los suníes mediante la incorporación de todas las organizaciones que representan a este sector de la población. Pero es muy difícil que una organización como la influyente Asociación de Clérigos Musulmanes- -muy próxima a la guerrilla nacionalista- -entre en el juego sin un calendario de retirada de las fuerzas extranjeras y una amnistía que incluya a los autores de ataques contra las tropas. Entre la espada y la pared El nuevo Gobierno dirigido por el chií e islamista moderado, Ibrahin Yáfari, va a tener que maniobrar entre las concesiones que tendría que hacer para integrar a los suníes y neutralizar la guerrilla, y el abierto rechazo norteameri-