Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 18 4 2005 La Tercera EUSKADI, AÚN MÁS DIFÍCIL L A siembra de vientos siempre recoge tempestades. Los procesos políticos inspirados en proposiciones radicales terminan habitualmente gestionados por aquellos que representan la versión más auténtica de la extremosidad. Porque si de plantear al Estado la secesión se trataba, los nacionalistas más contundentes han depositado su confianza en una fuerza próxima a la banda terrorista ETA- -una organización vicaria de Batasuna que no condena la violencia- y los que lo son menos o más moderados han preferido abstenerse como no lo hicieron hace cuatro años. Ibarretxe ha fracasado en toda regla, y con él los más abstrusos de sus colaboradores en el Gobierno y en el partido, pero el secesionismo recoge un nuevo impulso incrementando la presencia del aliento etarra en el Parlamento de Vitoria. Mientras, los constitucionalistas logran un ligera mejora de posiciones y, aunque se intercambia la prelación del PP por la del PSE, el escenario final es política y socialmente diabólico. La historia del nacionalismo vasco es, desde la aparición en escena de ETA, el trasunto de un larga pelea de familia. El PNV y las sucesivas excrecencias de la banda terrorista han jugado a ocupar espacios alternativamente para que el ámbito del abertzalismo secesionista siempre mantuviese su cuota mayoritaria. La apuesta del PNV y de Ibarretxe- -al que el partido le habrá de ir buscando un hueco laboral que le ocupe en próximos tiempos- -era, esta vez, excesivamente audaz: plantear por su cuenta y riesgo, en el momento de mayor debilidad de ETA y de acoso a Batasuna, un proceso de secesión que estableciese para la historia común del nacionalismo la preeminencia, la hegemonía, el liderazgo y la legitimidad de las siglas del partido que fundara Sabino de Arana y Goiri sobre cualesquiera otras. Fagocitada por la coalición la escisión guipuzcoana que representó Eusko Alkartasuna e ilegalizada Batasuna, todo el espacio quedaba al apetito desmedido de Ibarretxe y Egibar. En un ejercicio suicida de desdoblamiento, el lendakari ha querido representar al mismo tiempo y de manera caótica el pragmatismo histórico del PNV; su buena vecindad con el liberalismo burgués y urbano tradicional en las clases medias y empresariales vascas; la confesionalidad cristiana como signo de identidad fundacional de su movimiento. Y, simultáneamente, ha consumado los más acendrados radicalismos: pactó con ETA en Estella; ha practicado una política de total y absoluta confrontación con el Estado; se ha mostrado más ambiguo que ningún otro presidente con la violencia etarra y ha perpetrado el terrible error de creerse que él había sido elegido por la historia para llevar a Euskadi a la tierra de promisión, es decir, a aquella en la que la soberanía originaria de la mitología sabiniana se hacía realidad en el siglo XXI. El error de Ibarretxe y de los radicales El error de Ibarretxe y de los radicales de su partido ha sido de proporciones colosales. Pero, presos del yerro, no tienen alternativa por el momento y propondrán de nuevo la fraternidad del nacionalismo. La posibilidad ahora de una coalición con el PSE es un espejismo que le han secundado en el PNV ha sido de proporciones colosales. Pero, presos del yerro, no tienen alternativa por el momento y ahora mismo propondrán la fraternidad del nacionalismo- -todo él se supone que secesionista- -y tratarán de sumar esos nueve escaños del Partido Comunista de la Tierras Vascas a los propios para, con las huestes de Madrazo y la ayuda ancilar de Aralar, integrar un frente que radicalice el proceso iniciado, que, muy probablemente, pretenderá evitar el ejercicio de la violencia terrorista, pero que crispará sus propósitos políticos segregacionistas. La posibilidad de un pacto entre PNV y EA con el PSE es, ahora, un espejismo, pero sería una posibilidad si en el seno del nacionalismo vasco alguien se decidiese de una vez por todas a verter por la borda todo el inmenso lastre de una doctrina descoyuntada en lo social y patológica en lo ético; si alguien con alguna perspectiva de futuro fuera capaz de rescatar al PNV del esencialismo al que trágicamente le han sometido algunos de sus dirigentes; si alguien con capacidad crítica diseñara definitivamente el espacio de un nacionalismo del bienestar, de un nacionalismo que se reconozca en los elementos cívicos y no étnicos ni adhesivos a una ideología de militancia sacramental. En la medida en que la derrota de ayer del PNV propicie un movimiento de reflexión que asuma las realidades históricas y actuales de una Euskadi autonómica en una España constitucional- -y por lo tanto, unida y plural- será posible apartar como una pesadilla estas décadas de convulsión. Es sanitario e higiénico mostrar ante esta posibilidad de regeneración nacionalista un supremo escepticismo, pero la única vía que puede corregir los excesos del PNV de Ibarretxex y de Egibar- -el peor nacionalismo desde 1978 y, quizás, de toda su larga trayectoria- -es la derrota en las urnas y la firmeza del Estado. O en otras palabras: que, a la vez que el electorado vasco ajusta las cuentas en las urnas, el Gobierno de turno en Madrid practique políticas exigentes. La jornada electoral de ayer interpela al Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero. Tiendo a pensar siempre que los Gobiernos democráticos se equivocan de buena fe cuando se trata de defender las cuestiones de principio. Por eso, el aquietamiento del Gabinete y del Fiscal General del Estado ante la irrupción del Partido Comunista de las Tierras Vascas me merece una opinión provisional. Puede que el Gobierno se haya equivocado sin dolo al hacerlo; pero puede que haya incurrido en un tactismo de escasa altura moral. El tiempo, ese juzgador implacable de conductas, aciertos y yerros nos lo dirá pronto, pero lo que parece incuestionable es que ese fantasmal partido de los comunistas se ha comportado como una opción de refugio a la que se han dirigido con auténtico clamor- -este sí, y no el que pedía el lendakari- -todos los sufragios que antaño respaldaban a los epígonos de ETA en la superficie institucional de la comunidad autónoma vasca. Por tiempo indefinido, el País Vasco va a seguir en una carta de ajuste. La correlación de fuerzas políticas en el Parlamento de Vitoria y las posiciones de salida de cada una de ellas condenan la situación a una petrificación política que requiere de acontecimientos adicionales para que se haga permeable a nuevas fórmulas de manejo y desarrollo. El desafío al Estado va a continuar con unos registros distintos a los de la anterior legislatura; la radicalización va a expresarse en términos muy diferentes a los retóricos de Ibarretxe, y el Gobierno y el PSOE tendrán que revisar, ya definitivamente, sin esas adolescencias políticas tan propias de Rodríguez Zapatero, cómo se digiere el nuevo escenario vasco, que- -no lo dude nadie- -es, hasta que haga crisis por su irracionalidad política, peor que el que ayer clausuraron los vascos en las urnas. Pero a veces las cosas se tienen que poner en un situación desesperadamente estéril para que las soluciones comiencen a ser fértiles. En el caso vasco, eso es lo que ha podido suceder ayer. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS