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ABC DOMINGO 17 4 2005 Espectáculos 75 CLÁSICA Ciclo Complutense Obras de J. de Nebra. Int. Los músicos de su alteza. Dir. L. A. González. Lugar: Auditorio Nacional. Madrid. ROCK Judas Priest Músicos: Rob Halford (voz) Glenn Tipton (guitarra) K. K. Downing (guitarra) Ian Hill (bajo) Scott Travis (batería) Lugar: Palacio Vistalegre, Madrid LOS MÚSICOS DE SU ALTEZA ANTONIO IGLESIAS EN LAS FAUCES DEL HEAVY PABLO MARTÍNEZ PITA omando su nombre de un conjunto de cámara habido en la Zaragoza del siglo XVII, Luis Antonio González lo recrea en 1992, con una plantilla que hoy se nos presenta con cuatro más doce voces para sus dos coros, y diecinueve instrumentistas. Con su total de treinta y cinco intérpretes, se dedican a recuperar y difundir las obras más destacables del patrimonio musical español del Barroco muy loable afán que puede fructificar en hallazgos, verdaderamente sensacionales, como el ejemplo que acaban de ofrecernos: el Oficio y Misa para las Reales Honras de Nuestra Señora Doña María Bábara de Portugal, que goza de Dios del organista y compositor José de Nebra, figura de nuestro barroco, merecedor de ser llamado el Lope de Vega de la música española La obra es espléndida en cualquiera de sus aspectos compositivos, resultando en todo momento harto interesante en el cuidado de su trama y estructura, en su aspecto dialogante, también en su contenido melódico del que podríamos recordar la amplia línea expresiva de una soprano que canta un momento estelar, realmente muy hermoso; el Dies irae vigoroso, que se contrasta con el inmediato La crimosa melancólico, de poderosas acentuaciones. Son indudablemente los momentos más importantes del Nebra sabio y buen conocedor de cuanto se hacia musicalmente en su tiempo. T U Luis Tosar y Cristina Rota, en un ensayo de El zoo de cristal TEATRO El zoo de cristal Autor: Tennessee Williams. Traducción: León Mirlas. Dirección: Agustín Alezzo. Escenografía y vestuario: Ana Garay. Iluminación: Felipe Ramos. Música: Mariano Marín. Int. Luis Tosar, Cristina Rota, María Botto y Juan Carlos Vellido. Lugar: C. Cultural de la Villa. Madrid. FRÁGIL COMO LA VIDA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Lección barroca El director de ambos conjuntos, vocal e instrumental, Luis Antonio González, con una magnífica sencillez en su mando notoriamente experto de lo barroco en música (insiste en ese tratamiento peculiar del acento) supo reflejar con claridad la obra nada fácil, imprimiéndole una emotividad refrenada. Merecen ser destacadas las intervenciones de las dos sopranos, Raquel Andueza y Gemma Coma, con las del contralto José Hernández y tenor José Pizarro (Maestro de los Cantores) y como quiera que el coro y la orquesta respondieron bien equilibradas en todo momento a lo largo de la hora y doce minutos de la plausible duración de la obra de Nebra (curioso el bajoncillo por su timbre y empaste) la lección barroca española dada por Los músicos de su alteza mereció ser atendida por un público más numeroso, que rubricó con su aplauso el interés subido del buen concierto. strenada en 1945, El zoo de cristal fue el primer gran éxito de Tennessee Williams y una de sus obras más representadas; además de en Madrid y probablemente en otras ciudades, ahora mismo está en cartel en Broadway con dirección de David Leveaux y un reparto encabezado por Jessica Lange y Christian Slater, según me ilustra mi siempre bien informado amigo y compañero Julio Bravo. No es extraña esta predilección por una comedia de tan delicada carpintería sentimental y tan elaborado entramado simbólico, una pieza cuyos personajes están excepcionalmente construidos sobre un paisaje social muy bien apuntado y en la que se percibe suave y firmemente el poso de la vida, un bien tan frágil y tan expuesto a las torpezas de los humanos como los animalillos de cristal que colecciona la hermana del narrador de los hechos evocados sobre el escenario, en los que E el autor sembró numerosos elementos autobiográficos, como deja traslucir que dicho narrador se llame en la función Tom y el nombre real del dramaturgo norteamericano fuera Thomas Lanier Williams. Una historia sobre el peso inapelable del pasado, sobre las ilusiones rotas y el paso del tiempo, sobre el nudo de afectos y chantajes emocionales latente en las relaciones familiares, sobre las frustraciones que van encharcando el ánimo con un lastre de amargura. El respetado director argentino Agustín Alezzo ha traducido con acierto el realismo traspasado de ensoñación de la pieza, aunque imprime a la función un ritmo de extrema lentitud, de silencios prolongados, como para que se pueda percibir el grave sonido de los mecanismos psicológicos de los personajes. Esa atmósfera que imbrica realismo y nostalgia crítica queda explícita en la bonita escenografía de Ana Garay muy bien iluminada por Felipe Ramos. Cristina Rota, que ha regresado a los escenarios tras una dilatada dedicación a la didáctica interpretativa, aborda su personaje de madre absorbente con derroche de recursos histriónicos, pródiga en aspavientos y subrayados vocales, una interpretación excesiva frente a la que destaca la sobriedad de los otros tres actores: Luis Tosar, magnífico en diálogos y escenas compartidas pero de prosodia salpicada de pausas injustificadas en sus monólogos; una maravillosa María Botto, trémula, delicada, sobresaliente en su torturado personaje, y un eficacísimo Juan Carlos Vellido en su papel de invitado con sorpresa. n concierto como el del pasado miércoles es de los que ponen claras las bases de un género. O los límites. O fundan los pincipios. Es decir, que el que se veía envuelto en aquel huracán sónico terminaba aborreciendo de por vida el género o cautivado por él definitivamente. Aquí no hay términos medios. El deambular extrañísimo que vive la música en los últimos años permite que un grupo que comenzó hace treinta y cinco años con su sonido de guitarras virulentas logre hoy en día reunir a una multitud vociferante y entregada, perteneciente a varias generaciones (todas estaban allí representadas) y reivindicando unas premisas que hoy vuelven a estar en auge. ¿Quién hubiera dicho en aquellos primeros años 70 que unos tipos de su edad iban a encender de esa forma las llamas del rock and roll? Pero algo que empezó como una reivindicación del desparpajo juvenil ha terminado convirtiéndose en algo donde la edad y la experiencia son un grado. Judas Priest trajo al rock duro la parefernalia del cuero, cadenas y demás. Su música, a la que han sido fieles, es como un muro de sonido guiado por la chirriante voz de Rob Halford, que dejó el grupo en 1990 y el pasado año regresó al redil. O sea, que la ocasión era sumamente propicia para reivindicar un modus vivendi que vivió sus mejores años durante los 80. Porque la banda que se presentaba en el Palacio Vistalegre era las más auténtica posible. Los allí presentes disfrutaron como nunca con los grandes fondos demoniacos, con los duelos guitarreros de Glenn Tipton y K. K. Downing, con la contundencia y malabarismos de Scott Davis a la batería, con el bajo machacante de Ian Hill y el carisma, paseos y forma de desgañitarse de Halford. Además, en bandas de esta trayectoria uno de los alicientes es disfrutar de canciones que cualquier seguidor conoce y que asocia con épocas vividas. Por ejemplo, Painkiller que marcaba uno de los mejores momentos de Judas Priest. Pero también se oyeron Living after midnight Touch of Devil Hot Tockin Turbo Lover y varios temas del disco que ha sellado la reunión, Angel of retribution No faltó la Harley Davidson en el escenario, y el sonido, a pesar de los precedentes, fue estupendo. Fueron dos horas, sin duda, muy muy intensas.