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ABC DOMINGO 17 4 2005 71 Sánchez Ferlosio, que el sábado recibe el Cervantes, no dará comienzo a la lectura continuada del Quijote Lou Reed inauguró la Casa de la Música de Oporto, diseñada por el arquitecto holandés Rem Koolhaas Índices de lectura en Europa Los suecos los que más leen. Según datos del Eurobarómetro de índices de lectura, referidos a 2003, quienes más leen habitualmente son los suecos (un 71,8 seguidos de los finlandeses (66,2 los luxemburgueses (55,8 daneses (54,9 holandeses (52,9 y alemanes (49,8 España en el coche trasero. El resto de los países se encuentran bajo la media, que es del 44,8 El índice de lectura frecuente en España es del 39,6 detrás se encuentran Grecia (35,6 y Portugal (35,4 Muchos madrileños prefieren leer bajo tierra, en sus trayectos cotidianos a bordo del Metro. El suburbano admite muchos tipos de lecturas, y todas ellas entre líneas. Lectores, al tren Leer entre líneas TEXTO: GUSTAVO GALLO MACHADO FOTO: SIGEFREDO A media mañana, en la Fnac, una docena de personas lee tranquilamente en la salita de la tercera planta. Al igual que hoy siempre está llena Retiro y sentarme frente a la estatua, pues lo compré. Fue una sorpresa No lejos de aquí, junto al Palacio de Cristal y el estanque de los patos y los cisnes, hay un par de bancos al lado de la cueva en los que al placer de la lectura se une el relajante sonido del agua del surtidor. Una experienca como la de leer en un carmen granadino. A la sombra de Alfonso XII Y no hay que olvidarse de las escalinatas junto al estanque y el embarcadero, a la sombra de la estatua ecuestre de Alfonso XII. El sol da de pleno sobre los bonitos treinta años de Maribel, que esconde sus ojos tras unas gafas de sol mientras sonríe con las peripecias de El vizconde demediado de Italo Calvino. Hace años leí El barón rampante y me encantó. Éste lo acabo de comprar en el Vips Maribel viene a menudo al Retiro, aunque tiene sus costumbres, nunca leo dos veces en elmismo sitio Pero es hora de disfrutar la mejor escena del día: en medio del estanque hay una pareja que lo tiene claro, muy claro: él rema y ella lee. La bella y el bestia. Ganas entran de abordarlos, pero con esta tendinitis... MADRID. A Julio Cortázar lo vieron por una de las estaciones del Metro. Estaba sentado en uno de los andenes de la estación de Gregorio Marañón, esperando a que llegara uno de los trenes, con dirección a la de Santiago Bernabéu. Pero no andaba solo, porque en Avenida de América también estaba Belén Gopegui con La conquista del aire caminando apresurada para hacer conexión con otra línea. Flora Davis, la autora de La comunicación no verbal viajaba en el subterráneo apeñuscada entre decenas de rostros que corrían a primera hora de la mañana a bordo de la línea 6, y, qué coincidencia, a pocos pasos estaba el mismísimo Gabriel García Márquez, cargando una mochila roja, con el recuerdo fresco de las Memorias de mis putas tristes La lluvia estelar de escritores se completó con Peter Russel y su Código Da Vinci a quien se le vio por Sol, sentado al pie de una mujer entrecana y de un inmigrante iberoamericano; junto a ellos, Paloma Fernández Quintanilla, exponiendo Mujeres en Madrid recostada en una de las puertas del vagón. Pero, ante el asombro colectivo, en el Metro de Madrid también estaba Isabel Allende con Eva Luna el estadounidense John Grishman con El último jurado bajo el brazo, Manuel Borrego de Alarcón llevando Las noches del silencio Mario Vargas Llosa con la Conversación en la catedral José Saramago y su Ensayo sobre la lucidez ¡ah! y Carmen Martin Gaite haciendo disquisiciones sobre Lo raro (que) es vivir Todos estos y muchos otros autores, además de toda clase de periódicos y revistas, son los que a diario se leen por las doce líneas del enorme sistema de transporte de la ciudad y que están plasmados en rostros de jóvenes y de adultos. Publicaciones de lujo, sencillas, de bolsillo, con signos de deterioro, nuevos. La verdad, eso El Metro es uno de los lugares preferidos por los madrileños para la lectura no importa, lo que interesa es centrarse en la lectura, mientras cientos de hombres y mujeres corren, caminan, hablan, callan. Rutina que sigue mientras suena la sirena de cierre de las puertas del vagón. José, un joven universitario, explica que lee a Saramago, porque es su autor preferido y que decidió hacerlo en el Metro cuando un amigo se lo sugirió. Beti es otra de las amantes de la lectura a bordo. La chica sostiene que le gusta, porque no hay otra cosa que hacer y prefiero entretenerme con un buen libro a quedarme mirando las caras lánguidas de la gente Continúa concentrada devorando páginas de Paloma Fernández Quintanilla. Jesús Campos, otro usuario frecuente del suburbano, coincide en que la mejor manera de moverse por todos los pasillos de la red es con un libro bajo el brazo. He perdido la cuenta de los libros que he leído aquí adentro, porque han sido muchos, incluyendo a autores españoles y de América como Unamuno, Lorca, Vargas Llosa, Neruda, García Márquez... El aviso de cierre suena y mientras algunos corren para alcanzar el vagón, otros se pierden en el universo de las páginas que se cierran. Así, entre líneas se pasa el tiempo en el subsuelo de Madrid. Letras diminutas, letras gordas Cabezas gachas, miradas centradas en las diminutas o gordas letras que no atienden siquiera a lo que pasa a su alrededor es lo común allí adentro. Unos cuentan que leen para entretenerse en las largas distancias que hay que recorrer, por gusto, porque no hay más para hacer o simplemente porque hay que cumplir con los deberes del cole o la Universidad. Nati es una lectora que se confiesa comelibros. Mientras lee La conquista del aire explica que entre el autobús y el Metro se ha leído gran cantidad de libros, todos ellos novelas y cuentos, que son los que más me gustan y que me permiten trasladarme a esos mundos plasmados en las páginas para no andar en esta rutina de viaje, que es monótona