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64 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO DOMINGO 17 4 2005 ABC Los cardenales, ayer en la Basílica de San Pedro AFP SI EL PAPA FUERA LATINOAMERICANO LEOPOLDO CALVO- SOTELO IBÁÑEZ- MARTÍN Letrado del Consejo de Estado n 1545, uno de los obispos españoles más destacados en la primera fase del Concilio de Trento escribió a Carlos V: También parece necesario que viniesen algunos prelados de las Indias; porque como éste sea el primer Concilio general que se hace después que se ganaron, de más que sería cosa justa asistir a él Sin embargo, aunque fueron convocados por el Papa y por el Emperador, la fragilidad de sus diócesis, que no permitía interrumpir la tarea pastoral, y las dificultades del largo viaje hicieron imposible su asistencia. Al cónclave que mañana se reunirá en Roma para elegir Papa concurrirán muchos cardenales latinoamericanos; y hasta es probable que uno de ellos sea quien ocupe la vacante sede apostólica. Es esta probabilidad la que debería movernos a reflexionar. La elección de un latinoamericano como Papa podría quizá deberse a la fuerza de una personalidad. En cambio, la probabilidad objetiva y abstracta de que el nuevo Papa sea latinoamericano significa mucho más, aunque no llegue a materializarse: es el resultado de una obra espiritual bien hecha de varios siglos, tras de la cual más de la mitad de los católicos del mundo hablan español o portugués. Obra bien hecha en dos sentidos: labor evangelizadora extensa, profunda y superadora de enormes obstáculos, en la que los españoles dieron lo mejor de sí; labor llevada a cabo por una institución bien construida, como es la Iglesia Católica. En este segundo sentido, la elección de un Papa no europeo sería síntoma de la solidez de la edificación, como lo fue de la consolidación del Imperio la llegada a Roma en el si- E glo II de los primeros emperadores venidos de las provincias. Por lo que hace a la obra evangelizadora, cabe concluir, con la perspectiva de los más de quinientos años transcurridos, que es la mejor parte del controvertido legado de España a América, por encima de aportaciones sin duda apreciables en los terrenos político, administrativo y cultural. Ocurre que ni la situación de España ni la de Latinoamérica en los dos siglos que siguieron a la independencia de las antiguas colonias ayudaba a que ese legado se estimara como algo valioso. Piénsese en el siguiente contraste: tras la independencia de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Norteamérica siguieron cada una su camino, ambas en ascenso imparable; para 1914 ya se habían vuelto a amigar, y se enfrenta- ron unidas a todas las crisis del siglo XX, en una sólida relación que todavía continúa y que es la clave del orden internacional y de la globalización. En cambio, tras la emancipación de la América hispana, tanto España como las nuevas repúblicas latinoamericanas corrieron a encerrarse en sus corralitos nacionales, se enzarzaron en oscuras, estériles e interminables con- Un Papa latinoamericano sería un formidable profesor de libertad para nuestra parte del nuevo continente tiendas civiles, y no fueron capaces de hacer ninguna aportación notable a la humanidad, ni de encontrar vía alguna para promover y realzar su patrimonio común. Sin embargo, este sombrío estado de cosas empezó a cambiar a finales del pasado siglo, sobre todo en España, pero también en varios lugares de Latinoamérica. Hoy los pueblos hispánicos de ambos hemisferios pueden contemplar con más tranquilidad su común denominador histórico. Nadie como un Papa latinoamericano para revitalizar las antiguas conexiones iberoamericanas y devolver al conjunto un sentido de unidad hace tiempo desaparecido. En efecto, por primera vez en casi doscientos años, todo el mundo de habla hispana se encontraría reunido bajo una autoridad de lengua española. Es cierto que la autoridad de la Santa Sede no se extiende a lo temporal; que su ámbito no es hispánico, sino universal; y que formalmente sólo vincula a los católicos. Pero en nuestros países la suma de los principios católicos activos y de aquéllos que se han ido secularizando sigue constituyendo la mayoría espiritual. De ahí que una elección pontificia que respondiera a la hipótesis que aquí se plantea tendría una enorme y positiva influencia. En España, el evento podría alcanzar toda la emoción que a veces tienen las intervenciones de América en sostenimiento de la vieja Europa. Vienen a la memoria las palabras que en 1917, y ante la tumba de La Fayette, pronunció un coronel norteamericano: La Fayette, we are here El ejército de los Estados Unidos, que acababa de entrar en guerra al lado de Francia, recordaba agradecido el apoyo que el general revolucionario francés le había prestado siglo y medio antes. Un episodio semejante, pero innumerablemente más cargado de significado y de patetismo, podría tener lugar con motivo de la primera visita de un Pontífice latinoamericano a España; la catedral de Sevilla, puerta de América, podría ser el mejor escenario para una ocasión tan memorable. No todo quedaría, sin embargo, en el terreno de las emociones. Ya antes se había apuntado una posible consecuencia de la elección de que se trata: el reencuentro de los pueblos hispánicos con su dimensión universal perdida, más allá de sus respectivas fronteras nacionales. La gran basílica de la globalización necesita anchas naves laterales, y una de ellas podría ser la nuestra. Un último efecto habría, con alcance sobre todo para Latinoamérica. Un Papa latinoamericano sería un formidable profesor de libertad para nuestra parte del nuevo continente. Bien podría la roca de Pedro acabar triunfando donde fracasó la Sierra Maestra. Piensen quienes lean esto con escepticismo que, en su largo camino a través del socialismo, la Europa del Este dio lugar a un hombre nuevo que contribuyó decisivamente a liberar el continente. Pero no fue un Prometeo que enarbolara la antorcha del materialismo histórico, sino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan; o, si se prefiere, Karol.