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12 La Entrevista DOMINGO 17 4 2005 ABC (Viene de la página anterior) postula que lo religioso pertenece a la esfera privada, este Papa nos ha mostrado públicamente la fe, la inevitabilidad de Dios. Si esto lo ha hecho con la fe, ¿por qué no iba a hacerlo con esa parte de la biografía humana que es el dolor? ¿Y por qué cree que, a la hora de evaluar el papado de Juan Pablo II, se suele marcar una diferencia entre lo que podríamos llamar su sensibilidad social y su doctrina moral? -La clave de este papado ha consistido en saber exponer una serie de verdades íntimamente relacionadas entre sí, verdades que no son esquizofrénicas, sino plenamente coherentes, pero que nuestra época esquizofrénica tiende a disociar. Ya Chesterton, al que usted tanto admira, hablaba de las virtudes enloquecidas para referirse a esta actitud. En efecto, hay gobernantes de nuestro tiempo que tienen una sensibilidad moral a favor de la vida o de la familia, pero que paradójicamente no extienden esta consideración ética a asuntos como la guerra o la pobreza. Y lo mismo sucede al contrario: gobernantes que preconizan el pacifismo muestran un desinterés monstruoso hacia la vida y la familia. Frente a estas virtudes enloquecidas tan propias de nuestro tiempo, la absoluta congruencia del Papa resulta reconfortante. Sólo desde la hipocresía se puede decir que en lo social era muy avanzado y en lo moral reaccionario. A mí siempre me ha parecido descubrir en él la misma nota del diapasón: el Papa quería desarrollar una antropología completa de la dignidad humana. -Usted parece hombre metódico y sumamente organizado. ¿No le desesperaban a veces las rupturas del protocolo de Juan Pablo II, su gusto por salirse de los cauces establecidos? -La actualización histórica que Juan Pablo II ha introducido en una institución de raíz divina ha sido impresionante. Inevitablemente, en el ministerio papal se habían ido incrustando una serie de resabios históricos que obstaculizaban su anhelo de aproximación a lo humano concreto. Este Papa se ha dejado fotografiar en la montaña con pantalones de pana (pero sin despojarse jamás del alzacuello) ha recibido en audiencia a ex prostitutas y les ha besado las manos. Y todo ello lo ha hecho, además, de modo absolutamente natural, mediante una política de hechos consumados que, paradójicamente, no ha supuesto una ruptura con la dignidad de su ministerio, sino, por el contrario, una purificación del mismo. Por lo común, los Papas solían expedir documentos para advertir de los cambios que debían introducirse en el protocolo: De ahora en adelante... Él, en cambio, no ha escrito ni un solo papel de actualización; se ha limitado a actuar. Continuamente, las veinticuatro horas del día estaba renovando los hábitos papales. Cuando, por ejemplo, convierte la mesa de almorzar de su residencia en un instrumento de trabajo, recibiendo día y noche a la gente, para despachar o simplemente comentar cualquier asunto, o incluso para escuchar a quienes tenían Juan Manuel de Prada, durante su conversación con el veterano portavoz del Vaticano Siento una gran nostalgia de la medicina -Una vez fallecido el Papa, ¿tiene la sensación de que se ha clausurado una etapa de su vida? -Un trabajo como éste te lo roba todo. El mero hecho de convertirte en un rostro conocido a través de la televisión destruye tu intimidad para siempre. En diversas ocasiones le dije al Pontífice: Mire, Santo Padre, yo vine aquí para estar dos años con usted y llevo más de veinte. Quizá haya llegado el momento de... Y él, invariablemente, me interrumpía: Ah, sí, tiene usted razón, Navarro; recuérdemelo dentro de otros cinco años El mejor modo de planificar el futuro es vivir el día a día; y no lo digo por hacer una frase paradójica, sino porque estoy convencido de ello. Hay un espacio de tiempo, el presente, sobre el que puedes actuar; ante el futuro, en cambio, no puedes hacer nada, sólo puedes imaginarlo. Quizá cuando termine el Cónclave y tengamos un nuevo Papa sea posible que me planteé mi futuro, pero ahora es inútil que lo haga. Afortunadamente, al no tener mujer ni hijos, la decisión será menos traumática. Pero, desde luego, siento una gran nostalgia de la medicina, eso es evidente. ¿En qué idioma solían discurrir sus conversaciones? -Normalmente hablábamos en italiano. Cuando comenzaba una conversación en español, yo ya sabía que quería tomarme el pelo. O, simplemente, recordar con inocencia y sentido del humor algún momento de sus estancias en España. Le gustaba mucho, por ejemplo, repetir el grito de guerra que escuchó entre los fieles sevillanos durante su visita a esta ciudad: ¡Qué maravilla, el Papa está en Sevilla! algo que contarle (y no sólo a sus colaboradores de la curia, sino a personalidades de los más diversos ámbitos, de la cultura a la política) estaba transformando su ministerio. Y todo ello de modo no traumático, ininterrumpido, durante veintiséis años. -En medio de toda esta actividad incansable, ¿no llegó usted a sentirse algo rebasado? ¡Y tanto! Algunos viajes eran realmente agotadores. Largas travesías transoceánicas que nos dejaban destrozados a sus colaboradores, e incluso a los periodistas más jóvenes. Era impresionante verlo llegar al avión, tras un apretado programa de actos, y enfrascarse a los dos minutos en la lectura de un libro, con plena concentración. Su curiosidad, además, abarcaba todas las ramas del pensamiento y del arte: leía teología y filosofía, por supuesto; pero también historia, poesía, teatro. En cierta ocasión, después de ver una representación magnífica de El gran teatro del mundo dirigida por Tamayo, se me ocurrió preguntarle si conocía a Calderón. Para mi sorpresa, me empezó a nombrar títulos de sus obras, que había leído veinte años atrás en una traducción polaca, e incluso me recitó el célebre soliloquio de Segismundo en La vida es sueño Y esta curiosidad se extendía también a muchos autores contemporáneos. -En una de sus comparecencias ante la prensa durante la agonía del Papa, en las que siempre procuraba esconder sus emociones persona- Veremos a Juan Pablo II en los altares ¿Cree que lo veremos pronto en los altares? -Tanto usted como yo lo veremos. Tengo esa convicción. Y, al estrecharme la mano para despedirse, siento, bajo el tacto de la piel, el fuego de esa certeza. les, un periodista logró conmover su fachada de entereza... -Aquella pregunta me hundió. Estaba tratando de exponer unos hechos y de repente apelaron a mis sentimientos más íntimos. Literalmente, me hundí, me caí por tierra. Hasta ese momento había hablado de la agonía del Papa en términos estrictamente médicos; de repente, aquella pregunta me enfrentaba al dolor de perder al hombre que me había acompañado durante más de veinte años. ¿Cómo podía evitar la emoción? El Papa ha estado siempre a mi lado, hasta en los momentos más difíciles. Recuerdo, por ejemplo, que, cuando mi padre estaba muriendo, volé de inmediato a España. Recién llegados a casa mi madre y yo, de regreso de la clínica, recibimos una llamada telefónica: era el Santo Padre. Sin mayores preámbulos, me preguntó: ¿Cómo se encuentra su madre? Está bien, Santidad- -le contesté- teniendo en cuenta las circunstancias... Me animó: Pues dígale que la tenemos presente en nuestras oraciones, dígale que el Papa reza por ella ¡Cuánta humanidad había en él!