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ABC DOMINGO 17 4 2005 La Entrevista 11 Joaquín Navarro- Valls, en su despacho de la Sala de Prensa del Vaticano sentos enarbolando un ejemplar de la revista Time que le consagraba su portada como hombre del año Mientras conversábamos, noté que daba la vuelta a la revista sin dejar de hablar. Yo, muy delicadamente, volví a mostrársela, y él, una vez más, la apartó de sí. ¿Qué ocurre, Santidad, es que no le agrada? le pregunté, un tanto desconcertado. Esbozó una sonrisa y me dijo: Tal vez me agrade demasiado Y siguió hablando de otro asunto. Puede que a usted le parezca sólo una anécdota sin importancia; pero le aseguro que tiene un sentido más profundo. Juan Pablo II era un hombre de gran ascetismo, dispuesto siempre a la renuncia personal. En cierta ocasión, tras un viaje agotador, lo sorprendí en el avión desplegando sus libros y emborronando unas cuartillas. Su escritura fluía limpia, sin tachaduras. Me acerque a él y le pregunté: Pero... Santidad, ¿no está cansado? Él me miró muy reposadamente, con una cierta perplejidad, y me dijo: No lo sé ¡No sabía si estaba cansado! Me pareció que en esas palabras se condensaba un gran esfuerzo de donación. La capacidad del Papa para sobreponerse, no ya sólo al dolor físico, sino a las preocupaciones de cada día, manteniendo el sentido del humor, implica un olvido voluntario, deliberado, de uno mismo. -Una larga tradición de secretismo vaticano ha contrastado con la actitud del Papa, que nunca ha mostrado reparos en mostrar los estragos de su salud a los medios de comunicación. ¿Fue esta actitud inspiración suya? -En absoluto. El Papa lo decidió así. Y esto tiene más valor en el contexto histórico en el que se produce, en el que muy diversos gobernantes y hombres de relieve público han ocultado a la opinión pública los estragos de la enfermedad, incluso las causas de su muerte. Recordemos, por ejemplo, que Mitterrand murió de cáncer de próstata; sin embargo, quince días después, todavía no se había revelado. Cuando murió Giovanni Agnelli, uno de los hombres más populares del país, en La Stampa se celebró una famosa reunión del director y los jefes de redacción en la que se discutió cuál era el tratamiento que debía concederse a la noticia. Uno de los allí reunidos, que luego sería un brillante editorialista de Il Corriere della Sera recordó entonces el ejemplo del Papa. Esta voluntad de apertura y transparencia total es la que ha guiado nuestra actividad, incluso durante los días de su agonía. -No han faltado voces que consideran que en dicha actitud había algo de exhibicionismo obsceno. Supongo que el Papa estaba al tanto de este debate social... -Naturalmente que sí. Pero ese debate es en sí mismo una agresión a la antropología. Por una sencilla razón: el dolor y la muerte forman parte de la biografía humana universal. Ocultarlos equivale a negar nuestra propia biografía. En el fondo de ese debate, y de la incomprensión que suscitaba la actitud del Papa, subyace una perversión muy propia de nuestra época. Se ha impuesto el postulado de que la única fuente de certeza para el ser humano es la ciencia positiva, lo que se toca, lo que se mide, lo que se pesa. Por lo tanto, la fe, como no puede ser pesada ni medida, pertenece al ámbito de lo subjetivo y es impudoroso mostrarla. No se puede aceptar que la fe influya en la actuación pública. Frente a esa pretensión, este Papa ha hecho físicamente visible su propia fe, y también la fe de muchos hombres. Cuando, por ejemplo, el Papa congrega a cientos de miles de chavales en Cuatro Vientos, España entera está viendo que esa fe existe, que está ahí, palpable. Una cierta intelectualidad trata de buscar una explicación sociológica en este hecho, pero se trata de una explicación deshonesta. Recuerdo que Montanelli, cuando se enfrenta a los dos millones de jóvenes reunidos aquí, en Roma, convocados en el Día Mundial de la Juventud, escribe, pese a su agnosticismo, un artículo estupendo en el que constata la realidad de la fe. En una época que (Pasa a la página siguiente)