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10 La Entrevista DOMINGO 17 4 2005 ABC JOAQUÍN NAVARRO- VALLS Portavoz del Vaticano Sólo desde la hipocresía se puede decir que Juan Pablo II era reaccionario en lo moral ROMA. La fortuna, afirmaban los antiguos, sonríe a los valientes. Meses atrás, fijé una entrevista con Joaquín Navarro- Valls, portavoz papal y director de la Sala de Prensa de la Santa Sede; los acontecimientos que después se sucedieron lo convertirían en la persona más reclamada del planeta. Pese a que estaba rechazando los requerimientos que le llegaban tras el fallecimiento de Juan Pablo II, Navarro- Valls tuvo la deferencia de mantener el compromiso adquirido y recibirme en su despacho de Via della Conciliazione. La entrevista, celebrada cuando Juan Pablo II aún no había sido enterrado, se desarrolló entre un tropel de emociones que mi interlocutor supo contener en todo momento, embridadas por el pudor. Navarro- Valls habla con una dicción sosegada y muy elegantemente discreta; la fortaleza que lo sostiene en estas horas de dolor sólo admite una explicación sobrenatural: la fe, que mueve montañas, también enseña a los hombres a mantenerse erguidos. Este psiquiatra de vocación, numerario del Opus Dei, que un día rectificó su biografía para acudir a la llamada de Juan Pablo II, rememora para los lectores de ABC los episodios de una aventura vertiginosa que ha colmado su vida. ¿Cómo nació en usted la inclinación periodística? -Aunque parezca increíble, como consecuencia natural de mi dedicación a la psiquiatría. Me formulé una pregunta: ¿De qué modo los medios hoy- -prensa, radio, televisión, publicidad- -configuran hábitos y estados emocionales de ansiedad? No obstante, cuando empecé a estudiar periodismo nunca pensé que ésta iba a ser mi profesión. Allá por el año 70, cuando llegué a Roma para disfrutar de un año sabático y completar mis estudios, empecé a escribir algunas cosas sobre la Roma histórica y cultural. Aquí residía, como corresponsal de ABC, un gran escritor, académico de la lengua, Eugenio Montes, que me contagió estas preocupaciones. Cuando él se volvió a España, ya anciano, Guillermo Luca de Tena me propuso ser corresponsal del Mediterráneo Oriental con base en Roma. Acepté la oferta como un desafío y como una curiosidad, pero con la absoluta convicción de que sería algo pasajero. -Sin embargo, a la postre sería el inicio de una vita nuova -El área era muy sugestiva, sobre todo en aquellos años. Empezaba el fundamentalismo islámico, lo que permitía ya no sólo ofrecer la noticia corriente, sino estudiar el Islam; también estudié el hebraísmo y la ortodoxia griega. Cubrí las primeras elecciones demo- Hace veinte años, el periodista y médico Joaquín Navarro- Valls, corresponsal de ABC en Roma, recibió una llamada del Vaticano... El Papa Juan Pablo II quería que fuera su portavoz TEXTO: JUAN MANUEL DE PRADA FOTOS: ANTONELLO NUSCA LA AGONÍA DE JUAN PABLO II La capacidad del Papa para sobreponerse, no ya sólo al dolor, sino a las preocupaciones de cada día, manteniendo el sentido del humor, implica un olvido voluntario, deliberado, de uno mismo ESENCIA DEL PAPADO La clave de este papado ha consistido en saber exponer una serie de verdades relacionadas entre sí, verdades que no son esquizofrénicas, sino plenamente coherentes, pero que nuestra época esquizofrénica tiende a disociar PERFIL HUMANO Algunas veces, para tomarle una foto, me ponía una nariz de payaso... ¡Y se moría de risa! ¡Pero se moría de risa! cráticas y la llegada de los socialistas al poder en Grecia, estuve en El Cairo cuando asesinaron a Sadat, viví momentos de extraordinaria tensión en Israel. La asociación de corresponsales extranjeros en Italia me eligió presidente y luego me volvió a reelegir. ¡Cada vez se cargaban más responsabilidades encima de mis hombros! Ahora bien, yo en aquellos años estaba empezando a sentir nostalgia de mi oficio de psiquiatra, algo que sigo sintiendo veintiséis años después, de forma cada vez más intensa. Todavía hoy, cuando apenas dispongo de un poco de tiempo, intento actualizar mis conocimientos médicos. Esa vocación sigue ahí, intacta, y deseosa de ser ejercitada. -Y entonces el Papa se fija en usted... -Mi primer contacto con él, siquiera simbólico, fue inmediatamente des- pués de su elección. Al poco de abrirse el Cónclave, -y creo que se trata de un gesto que anticipa lo que iba a ser su Papado- Juan Pablo II acude al Gemelli, donde se hallaba internado el cardenal Deskur, que acababa de sufrir un ictus cerebral. Yo merodeaba por el Gemelli, y al ver entrar al Papa corrí al ascensor, donde logré deslizarme en el último momento. Algún tiempo después, recibí una llamada sorprendente del Vaticano. En la conversación que mantuve con el Papa, descubrí que deseaba cambiar, no tanto el sistema de comunicación, sino el modo de presentarse, de tal manera que la recepción de su mensaje a través de los medios fuera mejor. El Papa, que era un gran comunicador, entendía que era necesaria una nueva dialéctica con la opinión pública, menos rígida, con menos filtros, más directa. ¿Por qué cree usted que el Papa decide confiarle esta misión? En cierto modo usted era un forastero Hasta entonces estas tareas las habían desempeñado clérigos. -No querría atribuirme méritos que no me corresponden. Por entonces se afirmaba mucho en ambientes eclesiásticos: La Iglesia tiene que usar los medios Yo me rebelé contra esta expresión. Eso es lo que hacían, cuando yo trabajaba como corresponsal en Italia y en Grecia, muchas empresas industriales, que te ofrecían la apariencia de un acceso para luego tratar de sacar provecho. El tema de fondo era otro muy distinto: ¿Deseaba la Santa Sede participar en la dinámica de los medios? Si de verdad lo deseaba, debía saber que esto le costaría un esfuerzo semántico y de apertura. No era un problema que se solucionase informando más; se trataba, sobre todo, de aceptar el lenguaje de los medios, de emitir sus mensajes con la expresión propia de los medios, de dar la noticia en el momento preciso en que los medios la necesitan, de entrar en definitiva en el juego de los medios, que lo espectaculariza todo. ¿Quería la Iglesia participar de todo esto? ¿Sí? Pues no se trataría de una empresa sencilla. Si la Iglesia intentaba transmitir ideas, valores intemporales, tendría que hacer un gran esfuerzo para no traicionarlos, pero ofreciéndolos a la vez con un lenguaje acorde a la época, evitando la dificultad añadida de malvenderlos o trivializarlos. El Papa entendió de inmediato lo que yo le estaba proponiendo. El gran misterio es que un hombre que se había formado en un país donde no existía libertad de prensa ni, por lo tanto, verdadero periodismo, intuyera la necesidad de este cambio. Y todo ello sin instrumentalizar jamás la prensa, aceptando el riesgo de ser malentendido. -Usted ha mantenido un contacto muy estrecho con Juan Pablo II. ¿Qué rasgo cree que era el más definitorio de su carácter? -Al tratarse de una personalidad tan rica, me cuesta mucho contestar a su pregunta. Pero le diré, en cambio, el que yo prefería: su inmenso sentido del humor. El buen humor a los dieciocho o veinte años es una obligación biológica; a los cuarenta o cuarenta y cinco, ya requiere un cierto esfuerzo de la voluntad; a los setenta años, mantener el buen humor es un acto de virtud. Cuando esa actitud es sostenida hasta la muerte, con voluntad de olvidarse de la carga de pesadumbre y deterioro físico que nos van dejando los años, se trata de un auténtico milagro. He tenido la suerte de estar al lado del Papa día a día en el trabajo, en su apartamento, y también de acompañarlo en todos sus viajes, e incluso en sus vacaciones. Muchas de las fotografías que circulan por ahí, en las que vemos al Papa en el monte, en los últimos años de su vida, las tomé yo mismo. Algunos periodistas decían que el Papa había perdido la sonrisa en los últimos años; nada más falso. Lo que ocurría es que el parkinson había acartonado sus facciones, las había tornado más hieráticas. Pero la alegría le rebullía por dentro. ¡Dios mío, cómo le rebullía! Algunas veces, para tomarle una foto, me ponía una nariz de payaso... ¡Y se moría de risa! ¡Pero se moría de risa! Nunca perdió el sentido del humor, aunque el parkinson hiciera parecer lo contrario. ¿Lo mantenía al tanto de las reacciones que su actividad suscitaba en la prensa? ¿O procuraba filtrarle los comentarios menos benévolos? ¡Él no me lo hubiese permitido! Recuerdo que, en cierta ocasión, le sugerí que no leyese un artículo bastante agrio en el que se le denigraba. Para mi sorpresa, me dijo que el periodista que lo había escrito estaba pasando por una muy difícil situación familiar y que, por lo tanto, requería nuestra especial comprensión. Y, lo que aún resulta más admirable, las noticias más favorables no le envanecían; otra de las muestras más características de su personalidad era este esfuerzo constante por no caer en la autocomplacencia. En cierta ocasión, entré en sus apo-