Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
26 Internacional FUNERALES EN MÓNACO SÁBADO 16 4 2005 ABC La orfandad de Carolina, Alberto y Estefanía, cada uno con su circunstancia, era ayer palpable, notoria, hasta preocupante La llamativa soledad de los hijos de Rainiero TEXTO: BEATRIZ CORTÁZAR ENVIADA ESPECIAL MÓNACO. Cuenta una leyenda que en el siglo XIX Rainiero I dejó plantada a una amante gitana, que, en un ataque de ira, le lanzó una maldición: Ningún Grimaldi encontrará la felicidad en el matrimonio Ayer era fácil recordar esa maldición cuando, tras el féretro de Rainiero III, aparecían el Príncipe Alberto II y sus hermanas las Princesas Carolina y Estefanía. Tres tristes hijos. Tres tristes desgracias. Tres desconsoladas figuras sin una pareja a la que recurrir en busca de consuelo. Detrás, los hijos que Carolina tuvo con el fallecido Stefano Casiraghi más los dos de su actual marido, Ernesto de Hannover. Una vez más faltaron los de Estefanía de Mónaco (dos de su relación con Daniel Ducruet, y el tercero fruto de un breve idilio con un monitor de esquí) aunque ahora sí habría valido la excusa de que son muy pequeños para estas ceremonias, al igual que ocurre con la benjamina de Carolina, Alejandra. Cada uno con su circunstancia, lo cierto es que la soledad de los hijos de Rainiero ayer era palpable, era notoria y era hasta preocupante. Alberto II llega al Trono soltero y sin ninguna apariencia de que vaya a cambiar pronto su estado civil. Alberto no tendrá una Primera Dama que le acompañe en los actos oficiales, aunque bien es cierto que su padre tampoco la tuvo durante sus primeros diez años como Príncipe. Pero entonces Rainie- ro tenía 26 años, y hoy son 47 los que ya no cumple Alberto. La continuidad de la dinastía está arreglada tras la modificación que se hizo en la Constitución a petición del propio Rainiero por lo que no habría ningún obstáculo para que Alberto permaneciera soltero, fiel a su estilo. La tensión de las Princesas Pero si su papel en la vida tal vez no sea el de formar una familia, lo que sí tendrá que limar con auténtica diplomacia es la malísima relación que ha existido y existe entre las Princesas Carolina y Estefanía. Ni en la muerte de su padre se ha atisbado algún síntoma de que las cosas fueran a cambiar entre las hermanas. Es más, de su actitud de ayer se podría deducir que la frialdad es brutal entre ambas. Aunque en la retransmisión de la ceremonia religiosa las cámaras eludieron captar si las Princesas se daban la paz, lo que sí se vio perfectamente fue cómo Estefanía abandonaba rápidamente la catedral en un coche distinto del que iban sus dos hermanos. Las imágenes de las hermanas eran impactantes. Envueltas en mantillas negras y con vestimentas de luto riguroso, el negro de sus prendas contrastaba sólo de los rostros, pálidos de desprender lágrimas secas tras tanto llanto- -han pasado nueve días desde la muerte del Príncipe- -y donde las cica- Los tres hijos de Rainiero III abandonan la catedral tras la misa de funeral Odín sabe que probablemente Rainiero III había llegado a la conclusión de tantos hombres: cuanto más conocía a la humanidad o incluso a su propia familia, más quería a su perro. De ahí que en el protocolo funeral de Mónaco tuviera Odín la prelación que le correspondía: muy por delante de la familia Grimaldi. Si los realizadores de televisión hubiesen tenido sensibilidad y respeto por el ser vivo que más ha sentido la muerte de Rainiero, nos hubieran ofrecido el primer plano que ahora sólo podemos imaginar: la cara de inmensa tristeza de Odín, la profundidad de la pena en sus ojos. Estaba con Rainiero desde 1999, cuando el Consejo de la Corona del Principado se lo regaló en el cincuentenario de su reinado. Odín llevaba con Rainiero los seis años que tiene. Toda una vida. Seis años en la vida de un perro es más de media en la de un hombre. De ahí esa tristeza. Odín habrá pasado unos tristes días, olisqueando rincones de palacio, pasando su hocico por habitaciones vacías. Echando de menos a su amo. Estoy viendo esa cara de la infinita tristeza del perro que va detrás de la caja que lleva a su amo. He visto muchas veces a este perro sin amo, huérfano por su muerte. Vi a Odín en Cádiz. Allí se llamaba Canelo. Se pasó la vida, hasta que lo mató un coche, a la puerta del hospital, esperando en vano que saliera con vida el amo que allí había encontrado la muerte. Vi a este perro en Sevilla, callejero acompañante de un mendigo que murió de inanición en la madrugada de los fríos y que permaneció allí, rabiosamente leal, cuando el juez de guardia levantó el cadáver. He visto antes muchas veces a este Odín triste como una marcha fúnebre de Beethoven, cada vez que un perro se ha quedado sin amo: una lealtad oliendo rincones de la casa. He visto a Odín porque vi a Triana, la perra dálmata de Amelia Vázquez, cuan- ANTONIO BURGOS ODÍN, EL PERRO TRISTE DE MÓNACO N i los velos negros de Carolina y Estefanía. Ni el luto de Alberto. Ni las condecoraciones en cojines ceremoniales. Ni el sable venturosamente simbólico de un Príncipe que nunca tuvo que mandar a sus hombres a la muerte, al odio y a la guerra. Quien más cerca marchaba tras el féretro de Rainiero III era su perro. Entre las treinta y seis salvas y los gritos de las gaviotas, en un silencio como escrito expresamente por Beethoven, el perro Odín marcaba el paso del cortejo mejor que los carabineros empenachados. En cuanto a so- lemnidad de su paso, nada tenía que envidiarle a monseñor Bernard Barsi, arzobispo de Mónaco. Si le pusieron collar y correa, fue por cumplir con la rúbrica del protocolo, como los señores llevaban chaqué con corbata negra, o las señoras velo o tocado. Si un mayordomo de palacio lo llevaba de la correa, era estrictamente a efectos de composición del cortejo: el perro Odín sabía perfectamente su cometido. El que saben todos los perros, en su lealtad y fidelidad, sin que nadie se lo enseñe, sin que tengan que amenazarlos leyes y cárceles.