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50 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO VIERNES 15 4 2005 ABC Descendemos a la cripta poco antes de que se inicie la misa de novendiales. Hay en el aire exhausto una humedad de catacumba La Magdalena negra Trata de no mirar tantos portentos, fuentes, palacios, cúpulas, ruinas, pues hallarás mil muertes repentinas -si vienes a mirar- -sin miramienJuan Manuel tos recomendaba Rade Prada fael Alberti al caminanEnviado especial. Roma te que orientaba sus pasos hacia Roma. En estos días he tenido ocasión de comprobar la íntima verdad de este consejo: cualquier rincón de esta ciudad esconde un tesoro de recóndita o apabullante belleza que te araña y te muerde, hasta hacerte sangrar; para las sensibilidades como la mía, predispuestas a la emoción estética, Roma- -santa y putana- -es un continuo sobresalto y una continua zozobra, una exaltación constante y un sinvivir con el ánimo suspenso, esperando el instante en que por fin caeré fulminado. Porque tanta belleza no ha podido ser erigida sin otro fin que el mero deleite de la contemplación; en la belleza siempre hay algo terrible, sobrehumano, que nos hiere con su rayo y nos reclama, empujándonos a salir de nosotros mismos, para fundirnos con su luz. Es una experiencia estremecedora, una pequeña muerte que funde el éxtasis y el recogimiento: uno siente, de súbito, que su vida por fin ha encontrado ese sentido que llevaba mucho tiempo rondando, sin llegar a penetrarlo del todo. brunas y abandono; los hombres que la reclutaron le habían asegurado que le buscarían trabajo como empleada del servicio doméstico. Buchi aceptó sin rechistar las penalidades del viaje, primero en el remolque de un camión sin amortiguadores que le dejó los huesos hechos harina, después en la bodega de un barco en el que llegó a creer que perecería por asfixia; junto a ella, otras jóvenes famélicas como ella misma, huérfanas como ella misma, espantaban el miedo con canciones ancestrales. Las descargaron en un malecón del puerto de Nápoles, aprovechando la clandestinidad de la noche; allí las dividieron en grupos de doce y las fueron asignando a diversas furgonetas que, misteriosamente, no se detuvieron en los puestos de vigilancia aduanera. Nos alojaron en un piso inmundo; nos alimentaron peor que a las ratas; nos encadenaron con esposas a las estufas y a los catres de las camas. A los pocos días, nos visitó un hechicero, nos sometió a ritos de magia negra, nos cortó un mechón de nuestros cabellos, nos aseguró que si desobedecíamos sus órdenes sufriríamos un castigo horrible rememora Buchi; habla con una voz milenaria en la que se enumeran todas las circunstancias del dolor. Durante ocho años, Buchi Asoro hizo la calle en Nápoles. Cientos de hombres fueron matándole la alegría, la exigua alegría que se había traído en el equipaje; cuando se derramaban dentro de ella, cuando la injuriaban y mordían, como perros que escupen su dentellada y su rencor, cerraba los ojos, para imaginar que estaba muerta. Llegó un momento en que dejé de sentirlos; se había agotado mi resistencia, había perdido las ganas de seguir viviendo Dos niñas observan la tumba de Juan Pablo II murmura, asombrada de haberse levantado de aquellos escombros. Un día oyó hablar de un sacerdote, don Oreste Benzi, uno de esos samaritanos que perpetúan la presencia de Cristo en la tierra, fundador de la Comunidad Juan XXIII, una institución dedicada a la redención y acogida de prostitutas. Don Benzi me puso en contacto con una familia napolitana que me abrió su casa como a una hija más; allí aprendí la alegría de ser cristiano me dice, y esboza una sonrisa que barre los últimos despojos de la tristeza. Don Benzi ha salvado a cientos de mujeres como yo, nigerianas, albanesas, eslavas: nos ha librado de las mafias que nos perseguían, nos ha buscado trabajo, nos ha enseñado a olvidar, nos ha mostrado que hay un Dios que nos quiere más que a nadie Un par de años atrás, el Papa recibió en audiencia a Don Benzi, acompañado de Anna, otra muchacha nigeriana infectada de sida, rescatada de las calles como Buchi; en mitad de la audiencia, infringiendo el protocolo, Anna se arrodilló ante Juan Pablo II y le imploró en un italiano balbuciente y rudimentario: Papa, libera a las chicas como yo que hacen la calle. Libéralas, Papa, tú que todo lo puedes. Son muy jóvenes, casi niñas, no merecen morir así El anciano vestido de blanco tomó las manos de Anna entre las suyas, agitadas por el parkinson, y las cubrió de besos; luego alargó un brazo y acarició los cabellos de aquella Magdalena negra que moriría pocos meses después, consumida por la enfermedad. Descendemos a la cripta poco antes de que se inicie la misa de novendiales. Hay en el aire exhausto una humedad de catacumba, entibiada por las miles de respiraciones que hoy se han congregado aquí, para bisbisear su plegaria. Buchi Asoro se arrodilla ante la lápida despojada que guarda los restos de Juan Pablo el Grande; se arrodilla y casi se acuclilla, como si quisiera adormecerse sobre el suelo. En su cuerpo que infamaron tantos hombres late una esperanza nueva. Buchi Asoro muestra su dentadura numerosa y blanquísima en una sonrisa que ensancha su rostro; diríase que una mano temblorosa le estuviese acariciando los cabellos y haciéndole cosquillas en la nuca. Otro tesoro de apabullante y recóndita belleza me araña y me muerde, hasta hacerme sangrar, también aquí, en la Roma subterránea. Un sol eucarístico Espero que sepan perdonarme esta digresión, que es también una confidencia. Aun en medio de esta agonía tan gustosa encuentro treguas para seguir desempeñando la misión que el periódico me ha encomendado. Esta mañana me sumé a la fila de fieles que aguardaban turno para descender a las criptas vaticanas y desfilar ante la tumba de Juan Pablo el Grande. Sobre Roma se alzaba un sol eucarístico que mataba los gérmenes y los malos pensamientos. Delante de mí, una mujer negra se ponía de puntillas y avizoraba la extensión de la cola, que serpenteaba por la Plaza de San Pedro, menos rápida de lo que su impaciencia hubiese deseado. Calculo que no tendría más de treinta años; en sus facciones, belicosas y agrestes, había sin embargo un no sé que de vulnerada inocencia o adormecido dolor. Logré, a fuerza de hacerme el simpático, vencer su hermetismo. Se llamaba Buchi Asoro; había nacido en una abstrusa aldea nigeriana que trató de deletrearme en vano. Diez años atrás, había viajado a Italia, dejando atrás una infancia de ham- Un grupo de polacos esperaban en la cola de entrada a las Grutas Vaticanas AP