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ABC VIERNES 15 4 2005 La Tercera ESPAÑA- EE. UU. UNA RELACIÓN NORMAL E dice, a veces se asegura, que la relación entre el presidente Bush y el presidente Zapatero no es buena. Pienso que eso no es enteramente correcto. Pienso que, a pesar de las apariencias y a pesar de la distancia formal que han generado ciertos desencuentros, los dos presidentes entienden sus posiciones respectivas y se respetan. Estoy convencido, en cualquier caso, de que acabarán colaborando activamente y de forma positiva. No tienen, en verdad, otro remedio. Si no lo hicieran así, estarían olvidando y perjudicando los intereses reales, los intereses verdaderos de los dos países. Y eso, si somos sensatos, no debería ser. Y, cueste lo que cueste, no va a ser. Empecemos por aceptar que el conflicto de Irak ha sido un verdadero desastre, un auténtico tsunami para las relaciones políticas internacionales y en su conjunto para la convivencia global. Ha provocado todo género de tensiones, de posiciones encontradas, de reacciones fanáticas; ha puesto en peligro instituciones como las Naciones Unidas y la OTAN; ha provocado la crisis de la relación atlántica; ha enfrentado a varios gobiernos con sus ciudadanos; ha multiplicado, finalmente, el número de potenciales terroristas. Y lo malo es que puede seguir generando problemas. Pretender que este conflicto ya está resuelto sería poco serio. Nos esperan todavía horas malas, horas amargas, horas peligrosas. Y quizá, después de un tiempo, horas positivas. ¿Qué hacer? Sin necesidad de olvidar el pasado, ni los errores de unos y otros, parece llegado el momento de que el mundo occidental en su conjunto, más Rusia y China, colabore decididamente con los EE. UU. para proteger y facilitar el desarrollo de la todavía artificial y fragilísima- -pero aun así posible- -democracia iraquí. En estos momentos sólo debe interesarnos y preocuparnos este tema. Y en esa fascinante tarea de consolidación democrática, España, que sabe bien el oficio, debe estar en primera línea. Actuando así, la relación con los EE. UU. tendrá que volver, de forma natural, a la normalidad. Mientras se mantenía el enfrentamiento formal de Europa, o más precisamente, del eje franco- alemán con los EE. UU. era un tanto complicado encontrar soluciones fáciles a nuestro problema bilateral. Se mezclaba todo muy malamente. Pero las cosas han cambiado de forma decisiva. Después de las visitas de Condoleezza Rice anunciando la plena recuperación de la relación trasatlántica y del presidente Bush ofreciendo el olvido del pasado y la apertura de una nueva etapa de colaboración con Europa (la nueva y la vieja) todos- -no sólo los políticos- -tenemos que esforzarnos en cambiar el signo de la situación actual. No hay razón alguna para esperar más. Es inaceptable, absolutamente inaceptable, que en estos momentos España sea el único país europeo con tensiones y dificultades concretas con los EE. UU. Eso no es sólo paradójico. Es- -como decía Unamuno de las paradojas extremas- parajódico Si hay paz con Europa, tiene que ser con toda Europa. Es radicalmente injusto distinguir entre buenos y malos. La comparación sería realmente odiosa. España no debe esforzarse en alcanzar con el S Sí nos merecemos, en términos objetivos, una relación especial e incluso intensa en razón de los vínculos también especiales e intensos que existen entre los dos países país más poderoso del mundo una relación privilegiada del género de la que tienen, por ejemplo, los EE. UU. y Gran Bretaña. Aspirar a ello sería enteramente irrazonable. Pero sí nos merecemos, en términos objetivos, una relación especial e incluso intensa en razón de los vínculos también especiales e intensos que existen entre los dos países. Por de pronto, los EE. UU. cuentan en España con bases militares que han sido y seguirán siendo útiles en conflictos bélicos, y eso no es ciertamente un tema menor. De otro lado, somos países que han sufrido y podemos seguir sufriendo ataques terroristas y a ambos interesa por lo tanto una colaboración seria y leal en este problema, porque lo contrario entraría en el terreno de la irresponsabilidad. Pero además de lo anterior- -que sería por sí suficiente- -existen otros dos argumentos poderosos que nos obligan a un buen entendimiento: Iberoamérica y la Comunidad Hispana Norteamericana. Ningún país del mundo tiene en la llamada América Latina una presencia económica tan importante, ni tampoco la alta credibilidad política y por ende la profunda capacidad de acción de nuestro país. Este argumento fue asumido sin reservas por el presidente Bush, que afirmó en varias ocasiones el valor que daba a las opiniones del presidente Aznar sobre situación y soluciones posibles en los países de esa región. España y los EE. UU. están en condiciones de afrontar con eficacia y con éxito algunos de los problemas más dramáticos de Iberoamérica, y en concreto el desarrollo político y económico de los países más problemáticos. Hasta ahora no lo hemos hecho, pero habrá que hacerlo. La nueva administración americana tiene que aceptar que el esfuerzo conjunto es posible y que merece la pena en todos los sentidos. Debe asumir, asímismo, que para juzgar correctamente nuestras relaciones con determinados países latinos (y en concreto, Cuba y Venezuela) tendrá que valorar con finura los especiales lazos históricos y culturales que tenemos con ellos. El otro argumento importante se concreta en la minoría hispana o latina, que se ha convertido ya en la minoría más numerosa de los EE. UU. Ha alcanzado el 13 por ciento de la población (unos 42 millones de norteamericanos de origen hispano y mayoritariamente mejicanos) y está creciendo rápidamente no sólo en número, sino sobre todo en cuanto a peso económico e influencia política y cultural. España tiene que admirar y seguir muy de cerca el ascenso de una comunidad que ha logrado entre otras muchas cosas un desarrollo espectacular de nuestra lengua, hasta el punto de que pueda afirmarse- -como lo hizo el presidente Bush- -que su país es ahora una de las mayores naciones hispanohablantes del mundo Las relaciones entre la comunidad hispana y España están intensificándose en todos los terrenos, y es ese un dato que los dos Gobiernos y las dos Administraciones deben valorar con interés y sensibilidad. Caben muchas posibles sinergias y vías de colaboración. En conclusión: España y los EE. UU. necesitan recuperar de inmediato una relación normal, ni tan apasionada y comprometida como la que tuvimos con nuestro anterior presidente ni tan distante y estéril como la actual. Todos debemos sentirnos comprometidos a facilitar esta nueva relación. El presidente y su Gobierno, evitando insistir, incluso cuando no viene a cuento, en descalificaciones y adjetivos hirientes al papel de los EE. UU. en el conflicto de Irak, por más que piensen que ello favorece su imagen y sus intereses electorales; la oposición, olvidándose de resaltar y magnificar en todo momento los errores y las culpas del presidente y su Gobierno y buscando además un consenso en política exterior y en concreto en este tema; José María Aznar, eludiendo, con buenas formas, que se le utilice como referencia comparativa e incluso aceptando que su obligación auténtica no es otra que ayudar- -y puede hacerlo- -a un mejor entendimiento entre los dos países, y no a lo contrario; los empresarios, presionando a ambas Administraciones a que actúen de una manera lógica y razonable, sin manipulaciones políticas; y las sociedades civiles respectivas, organizando encuentros y manteniendo contactos que vayan en esta línea. De todo esto se hablará a fondo en la reunión del X Foro de la Fundación Consejo España- EE. UU. (que lo propiciaron José María Aznar y Al Gore con la decisiva ayuda del embajador Gardner) que se celebrará en Sevilla del 13 al 15 de mayo. El objetivo de este encuentro- -quizá parezca un tanto pretencioso- -es resolver todas las diferencias, ya. ANTONIO GARRIGUES WALKER Jurista