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50 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO JUEVES 14 4 2005 ABC EL PORTÓN DE BRONCE JOSÉ MARÍA JAVIERRE Sacerdote y escritor Q ué desayuna el nuevo Papa polaco, la pregunta traía locos a media docena de periodistas norteamericanos enoctubre de 1978, reciénelegido Karol Wojtyla. Los lectores habían leído que el Papa es un hombre atlético, robusto, 58 años, ojos azules, con aire noble y atractivo, recuerda a Spencer Tracy, y a Gary Cooper Untipo glorioso. Deportivo, alpinista; lo llamábamos el mozo polaco Y qué desayuna, preguntaban los yanquis. El infortunio de los periodistas vaticanos- vaticanistas -está en que no tienen modo de distinguir cuándo han comprobado una noticia y cuándo lanzan la confidencia para ver si consiguen que luego se convierta de veras en noticia. Imaginan que el Papa Wojtyla no va a desayunar lo mismo que el fragilísimo Papa Luciani, a quien bastaba, pobrecillo, el café con leche y una magdalena. Así duró lo que duró. Wojtyla tomará, suponemos, el desayuno normal centroeuropeo, sin privarse del par de huevos fritos. Satisfacer la curiosidad de sus lectores supuso para los cronistas norteamericanos un calvario. El más insigne de los accesos al Vaticano está defendido por el célebre portone di bronzo en la columnata derecha de la plaza San Pedro. Ante el portón, la pareja de guardias suizos, tan pintorescos como hieráticos. Inaccesibles. Usted tome con ellos fotografías recuerdo, pero renuncie aobtener una palabra de saludo. Existen otras rendijas en el cerco amurallado; más conocida la puerta del arco de las campanas columnata izquierda; la de Santa Ana; y la de acceso a los Museos Vaticanos. Amén de una o dos entradas, medio secretas, que por la espalda del minúsculo territorio dan sobre los jardines. Por ninguna de estas gateras consiguieron los periodistas yanquis conocer el desayuno de Wojtyla. Hastaque al segundodíade ocuparWo- jtyla su residencia, un enviado especial de cierto diario neoyorquino juró que los guardias suizos vigilantes en el tercer piso del apartamento pontificio percibían por las mañanas perfume de huevos fritos con tocino. Envió la noticia. ¿Y qué? Una minucia más o menos divertida. Los monseñores del palacio pontificio se ponen furiosos. Todavía están atenazados por el terror a la información abierta. Esta semana nos han proporcionado la última fechoría. Los cardenales celebran sesión de trabajo diaria, destinada al análisis concienzudo de la marcha de la Iglesia y del mundo. O sea, nos están tomando la temperatura a los creyentes. Pues por unanimidad han prohibido las entrevistas cardenalicias previas al arranque del Cónclave. Ya careceremos de pistas válidas hasta que la estufita de caño que sobresale por el tejado de la Capilla Sixtina suelte sus fumatas que si negra, que si blanca, que a contraluz no veo. Menos mal que han dado una muestra de benevolencia decidiendo, para clarificar vacilaciones: la fumata blanca vendrá escoltada con tañidos de campana. Confiábamos, qué optimistas, ver introducidas en la capilla del Cónclave cámarasde televisión. Hombre, seríainsensato dar entrada a la jauría de operadores sueltos estos días por las calles de Roma. Pero resultaría bien sencilla la fórmula de constituir un pool para remitir la señal a todas las cadenas. Nada perderíamos los cristianos comprobando que la votación cardenalicia es libre; y diversificada. Las noticias de los últimosCónclavesofrecen parecida seguridad que los huevos fritos con tocino. Hastaelde Pío XI, existennotaciones fidedignasporque algúncardenal viejecito tomó sus apuntes en la Capilla Sixtina: su familia vendió a revistas los papeles del tío difunto. Luego ya, el asunto de la exco- munión contra quien saltara las normas, se puso severo. Pío X, a principios del siglo XX, eliminó definitivamente uno de los escándalos del Cónclave: intromisiones políticas. Todavía hoygobiernos ingenuosempujan asus embajadores en Roma para mostrar preferencias, o temor, acerca de un candidato. Cuando la elección de Juan XXIII, suscitó jolgorio el intercambio de telegramas con nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores: el ministro había exigido al embajador que procurara por todos los medios restarvotos al patriarcade Venecia, Angelo Roncalli. A base de convites ofrecidos a cardenales, el embajadorcorrigió aquel temor. Había telegrafiado el primer día del Cónclave: Existe peligro Roncalli Despuésremitióestetelegramanuevo: Eliminado peligro Roncalli Efectivamente, al día siguiente, Roncalli, Papa. Las tensiones del Cardenal Montini con España fueron descomunales. Los franquistas consideraban a Montini enemigo feroz, por sus ideas democráticas y por sus intervenciones a favor de los presos políticos. Esta vez correspondió la metedura de pata al embajador del Quirinal: nos convocóa loscorresponsales al desayuno mañana en la Embajada para explicar las siete razones por las cuales Montini no puede salir Papa Efectivamente, cuatro horas después del desayuno, Montini, Papa. Al Cónclave de Pío X corresponde una página de la historia universal: el emperador austriaco Francisco José presentó por medio del cardenal Puzyna, obispo de Cracovia, un veto contra MarianoRampolla del Tíndaro, de quien sospechaba Los guardias suizos vigilantes en el tercer piso del apartamento pontificio percibían por las mañanas perfume de huevos fritos con tocino contubernioscon Francia. Searmó la marimorena. Elegido José Sarto Papa Pío X, le faltó tiempo para abolir los derechos de vetoy tiznar depez infernal a quienespretendieran ejercerlo. Lainformaciónsolventeacerca delavida vaticana disminuyó. Casi desaparecida. Uno de los últimos arrechuchos de salud de Pío XII trajo a Roma multitud de enviados especiales los periódicos de Nueva York, Tokio, Montreal o Sidney querían disponer de crónicas al día. Pero la Santa Sede aplicaba esta vieja sentencia: AlPapasólose le reconoceuna enfermedad, aquella de la que muere Nos entregaban un boletín médico cada cinco días, además insípido. A los cronistas les asaban desde sus periódicos: No te hemos enviado tan lejos para que sólo nos envíes una crónica semanal, dinos qué tieneelPapa La actual salaStampa no existía. Decidimos los colegas reunirnos a las once de la mañana en el café San Pietro. Bajo la batuta del inolvidable radiofonista Bartoloni elaborábamos la noticia médica igual para todos. Bartoloni: -Hoylesubimosla fiebre, ¿hastatreinta y nueve grados? Al día siguiente, hasta cuarenta. Al día siguiente, Bartoloni: Oggi scarichiamo un po, altrimenti muore Si hoy no le rebajamos la fiebre, se nos muere Aquello no era serio, pero la cerrazón vaticana nos forzaba. Buscando solución, escribimos una carta a monseñor Montini, entonces con Tardini mentor de Pío XII. Mano de santo: desdeaquel día recibimos boletín médico puntual... Han cambiado, tanto, las cosas. A mejor. Sin embargo, el portón de bronce continúa intransitable. Juan Pablo II abrió con sus viajes la información, pues no podían esconderlo. Pero dentro siguen las reservas. Faltan años para que permitan introducir las cámaras de TV en la Capilla Sixtina durante el Cónclave. Entre tanto, algún periodista yanqui tratará de oler el perfume de huevos con tocino a través del portón.