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ABC JUEVES 14 4 2005 La Tercera VIDA HUMANA Y PROGRESO BIOMÉDICO: UN DIÁLOGO SOBRE VALORES L análisis de lo que representa el valor de la persona ha supuesto una larga travesía por los más variados territorios de reflexión, que se ha movido entre claridades y penumbras, y que ha influido en la Historia, aunque no siempre para bien. Es innegable que el mensaje cristiano, fundamento de las raíces bimilenarias de nuestra cultura, supuso un hito en el reconocimiento de la dignidad humana, base de sus derechos y fundamento del respeto a su libertad y autonomía. El Papa Juan Pablo II, superviviente de los peores totalitarismos, ha sido un intérprete excepcional de este mensaje. Percibimos el eco impresionante de su trayectoria, impregnado de afecto y de gratitud hacia su persona, así como del reconocimiento generoso de muchos situados en posiciones religiosas o vitales muy distantes de las del gran líder de la Iglesia Católica. De entre quienes expresaron críticas o perplejidades sobre su obra y la doctrina que predicó, no vale la pena ocuparse de los que rebosando resentimiento se mostraban incapaces de soportar la fortaleza de su predicación. Pero sí que importa analizar algunos aspectos del diálogo- -no exento de dificultades- -que se ha establecido entre las propuestas de la Iglesia, defendidas con gran vigor por el recién desaparecido Papa, y diversas cuestiones del avance biomédico, de gran importancia para la sociedad actual. Es un diálogo que sin duda deberá continuar con el nuevo pontificado que pronto se ha de inaugurar. Quienes estamos convencidos de que es posible conciliar el respeto a la vida humana en todos sus estadios con el desarrollo de un conocimiento que nos traiga el máximo bienestar posible, tenemos que hacer el esfuerzo por señalar los mejores caminos para que una sociedad como la nuestra se enfrente con las decisiones que necesariamente ha de tomar y lo haga con el mejor conocimiento de causa. Hace falta imponer el rigor científico en la consideración de las nuevas posibilidades, al tiempo que abrir la mente a los nuevos datos e información que la Ciencia proporcione. Las cuestiones relativas a la vida humana embrionaria seguirán siendo objeto de análisis. Hace 25 años surgió la fecundación in vitro como solución para procurar descendencia a algunos de los que no pueden procrear por métodos naturales. El impacto de la creación de embriones humanos en el laboratorio- -lo que hasta entonces sólo ocurría en el seno materno- -tuvo unas consecuencias que aún no se han agotado. Me referiré a dos aspectos que entre otros marcan territorios de reflexión, por las posibilidades de intervención que ofrecen y que pueden ser suficientemente ilustrativos. El primero es el de las consecuencias drásticas que pueden derivarse de la manipulación genética de la línea germinal o de la clonación reproductiva, la que se llevaría a cabo mediante transferencia del núcleo de una célula adulta al citoplasma de un ovocito enucleado, para generar un embrión que convenientemente gestado diera lugar a una persona E clónica. La Declaración sobre el Genoma Humano y los Derechos del Hombre (Unesco 1997, adoptada unánimemente por la ONU) las identificó como actividades que deben ser proscritas. Pero no nos engañemos, surgen voces partidarias de una eugenesia basada en el cambio dirigido de genes, así como proponentes de que la clonación entre dentro de los derechos reproductivos de las personas que la quieran utilizar. Sólo una respuesta basada en la convicción de los derechos inviolables de quienes van a nacer, de no ser condicionados en su dotación genética por la voluntad de un tercero, permitirá conjurar el peligro de alcanzar situaciones como las que algún día se nos presentaron como propias de relatos de ciencia- ficción. El segundo aspecto es el de las posibilidades de las células troncales células madre como base para nuevas iniciativas médicas de regene- La propuesta del recién fallecido Papa sobre la significación de la vida humana desde el momento de la concepción, exigente y sin condicionantes, ha contribuido sin duda a una llamada de atención seria sobre la necesidad de entender el respeto a la vida de los hombres y al futuro de la especie ración de órganos y tejidos dañados por la degeneración patológica. Aquí se impone claramente reclamar rigor en las propuestas, porque con frecuencia se pretende trasladar a la opinión pública que sólo el empleo de embriones humanos podrá propiciar los tratamientos que se quiere desarrollar. Es una formulación que los hechos desmienten día a día. El verdadero objetivo de la Medicina Regenerativa no es el de crear embriones para experimentación, sean clónicos o no, sino el de lograr esa regeneración de órganos y tejidos, para lo cual hace falta entender mejor la programación del crecimiento y diferenciación celular, para poder reprogramarlo en terapias eficaces. La rápida evolución del conocimiento en este campo está poniendo de manifiesto que, en el cordón umbilical y en el organismo adulto, hay un potencial regenerador, de gran versatilidad, mucho más controlable que el que ofrecen las células madre de origen embrionario. Vemos además cómo terapias a base de células troncales del adulto se incorporan a la clínica, en forma de tratamientos experimentales con resultados prometedores, lo que debe hacer reflexionar sobre dónde están las prioridades si se quiere avanzar hacia la Medicina Regenerativa con eficacia y rapidez. ¿Hay espacio para la investigación con células troncales de origen embrionario, en un marco de reconocimiento exigente del embrión humano como bien a proteger? Yo creo que la investigación acabará ofreciendo una mayor precisión a la hora de poder reconocer la situación de viabilidad o no de los embriones generados in vitro, así como de los hasta ahora crioconservados. No cabe duda que ello podrá arrojar luz sobre las opciones para obtener células de origen embrionario que puedan servir para responder a preguntas científicas bien fundamentadas, sin destruir embriones viables. Hasta ahora, en mi opinión, la existencia de embriones congelados, que han llegado a una situación de no tener otra alternativa que su destrucción, ha podido ser planteada como vía para obtener células troncales. Creo que es una iniciativa compatible con una visión exigente de la protección del embrión, siempre que se decida seriamente acabar con la acumulación de embriones sobrantes de la reproducción humana asistida. La propuesta del recién fallecido Papa sobre la significación de la vida humana desde el momento de la concepción, exigente y sin condicionantes, ha contribuido sin duda a una llamada de atención seria sobre la necesidad de entender el respeto a la vida de los hombres y al futuro de la especie en el contexto del progreso tecnológico, que abre posibilidades insospechadas pero que debe estar impregnado de un verdadero humanismo. Por eso no dejó indiferente ni a quienes la combatieron con intensidad. Cabe recordar que a ese mismo grado de exigencia se ha llegado desde ámbitos nada confesionales. Es el caso del filósofo Habermas, que no concibe una valoración de lo que significa la especie sin tener en cuenta esos estadios iniciales de nuestras vidas; o es el ejemplo del Consejo de Europa, que no dudó en señalar que la creación de embriones humanos fuera del seno materno sólo debe tener como finalidad la procreación, incorporando esta prescripción a un convenio internacional, por el que, por cierto, trabajaron intensamente algunos españoles cuya postura actual parece haberse ido al lado contrario. Juan Pablo II señaló con claridad que la búsqueda de la verdad científica, con los métodos propios de la investigación, es un imperativo para la inteligencia humana. Pero igualmente propuso que, si la persona representa un valor, sólo desde un sistema de principios bien asentados podremos abordar la valoración ética de las posibilidades de intervención sobre la vida humana que se nos abren. Una postura exigente y rigurosa que reclame la protección de la vida humana- -desde su concepción hasta su final- -sigue siendo una apuesta por el hombre que entronca con los mejores fundamentos del reconocimiento de sus derechos. CÉSAR NOMBELA Catedrático de la Universidad Complutense