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66 MIÉRCOLES 13 4 2005 ABC Toros FERIA DE ABRIL Ponce, la raza de una figura incombustible Real Maestranza de Sevilla. Martes, 12 de abril de 2005. Duodécima corrida. Lleno. Toros de Samuel Flores y María Agustina López Flores, serios, amplios y armados; mansos y algunos con peligro; destacó el noble 1 un sobrero de Parladé (6 bis) con poca cara y mal estilo. Fernando Cepeda, de canela y oro. Estocada rinconera (petición y vuelta) En el cuarto, pinchazo y media desprendida (palmas) Enrique Ponce, de marfil y oro. Tres pinchazos y media estocada pasada (silencio) En el quinto, tres pinchazos y estocada corta. Aviso (saludó desde el tercio) Dávila Miura, de verde botella y oro. Estocada corta pasada (silencio) En el sexto, dos pinchazos y bajonazo (silencio) gente percibiese la avisada condición del morlaco. El polo opuesto, en el que se disfruta el toreo, lo protagonizó Fernando Cepeda con el mejor samuel de la mansada. Cepeda apuntó verónicas sin rematar con el capote y plasmó su clase con la muleta, una solera que se leyó con frialdad. Frialdad que vaya usted a saber si pertenecía al torero de Gines- -de por sí un punto friote- -o al público- -que aún no se había centrado en la corrida- El caso es que los oles que corearon los buenos naturales, los derechazos largos, alguno de pecho ligado en la misma cara, los adornos de trincherazos y trincheras de empaque, no se condensaron en una pañolada suficiente para alcanzar la oreja que merecía caer de la nobleza del animal. ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. La raza de figura de Enrique Ponce volvió a asombrar, si es que a estas alturas se puede hablar de sorpresas. No se cansa, no se rinde, no se aburre en su afición, que en el fondo se sustenta en un valor incombustible. Otra lección más y van... Otra lección con un manso armado en su testa con unas guadañas que rebañaban el aire en busca del oro de su taleguilla a la salida de cada pase, haciéndose el tonto sin olvidarse del genio, que es la impotencia de los que no alcanzan la bravura y la nobleza de embestir por derecho: las cornadas de los tontimalos suelen ser las peores. Ponce se metió con él entre las rayas, y de uno en uno le sacaba lo que no había, con un mérito terrible. Uno mira a la cuenta corriente nada corriente del Sabio de Chiva y no se explica cómo sigue tragando ricino, el ricino que ayer le daba a cucharadas la enorme cuna astifina del buey de Samuel. El arrimón alcanzó tintes épicos cuando le ofrecía los muslos Verónicas de calidad Las verónicas del saludo a la mole del cuarto brillaron con calidad, con ce de Cepeda. Pero el bruto, desde entonces, todo lo que hizo fue sostenerse a duras penas, ahogado en una respiración como la de una ballena varada y enferma, defendiéndose, jadeante en una agonía que al final buscaba tablas y la paz de una muerte sin lucha. A Dávila Miura la suerte ayer le esquivó. Cambió a peor el tercero, que volteó a Muriel con los palos, y le cambiaron a un renqueante sexto que no se movió con mal aire. Esta vez el sobrero de Parladé se le cruzó atravesado en el camino como una espina en la garganta. Hasta última hora Ponce destacó, concretamente en dos oportunísimos quites a los peones de Dávila. En ese orden de detalles, los pares de banderillas de El Chano y los puyazos de Saavedra adquirieron entidad propia. Ponce dictó una lección de técnica y valor con un armadísimo y mal toro con la muleta en la izquierda, y todavía le hacía seguir la roja tela. Eso es lo que marca a las figuras, esa raza distinta y especial de no conformarse nunca, ni venirse abajo cuando las cañas de los algodones de azúcar de otras tardes se convierten en lanzas movidas por una bestia de casi 600 kilos. La cosa de la épica se debía de percibir más en los cercanos tendidos, que se erizaron a una en el remate de la última serie, como expulsando el oxígeno contenido; la Maestranza entera respiró. No supone un drama menor que estas batallas de sabia ciencia y valor las siga interpretando un matador de toros con REUTERS quince años de alternativa, dueño de un mar de olivos en las costas de Jaén. Aunque si Ponce hubiese tenido ayer el carnet por puntos de matador, lo pierde de un tirón. A la última entró el acero, que desperdició una oreja de sudor y fuego. La ovación, abrazada desde el tercio, es de las que saben a agradecimiento del bueno y gloria. No menor fracaso obtuvo con la espada ante el segundo, otro manso, de testuz rizada e imponente altura de agujas, que nunca humilló ni dejó de mirar al pecho de Enrique Ponce en cada cite. Ni siquiera con esa técnica que tapa tantísimos defectos impidió que la