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50 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO MIÉRCOLES 13 4 2005 ABC Los cardenales se dan la paz durante la misa oficiada ayer por el purpurado brasileño Eugenio Sales de Araujo en la basílica de San Pedro Juan Pablo II mandó construir, junto al Hospital de Santa Marta que mandase erigir León XIII, una hospedería habitualmente ocupada por sacerdotes adscritos a la Secretaría de Estado y por una decena escasa de obispos y nuncios jubilados El sagrado don de la perseverancia La imaginación popular tiende a imaginar a los cardenales reblandecidos por el boato, habitantes de palacios que hubiesen satisfecho la voluptuosidad Juan Manuel de un sátrapa: los imade Prada gina pisando muelles Enviado especial. Roma alfombras en las que los pies se hunden hasta el tobillo; los imagina recostados en camas con colchón de plumas de ganso y baldaquino, envueltos en sábanas de holanda que ostentan en el embozo filigranas bordadas en hilo dorado; los imagina, en fin, paseándose por sus aposentos entre una nube de mayordomos y chambelanes que proveen sus perezosos crepúsculos de viandas servidas en vajilla de plata y manuscritos miniados que excitan la lujuria de la vista y el tacto. La realidad, menos pródiga que la imaginación popular, suele depararles una vida más austera de lo que quizá ellos mismos soñaron. Cuando se celebraron los últimos Cónclaves, esta austeridad llegó a degenerar en un hacinamiento un tanto indecoroso: apretujados en las dependencias aledañas a la Capilla Sixtina, Sus Eminencias apenas disponían de un camastro que una mampara más bien desastrada separaba del camastro colindante (así, indefectiblemente, se sabía quiénes eran los cardenales más roncadores, lo que a buen seguro les restaría posibilidades en las deliberaciones posteriores, pues los damnificados tratarían de vengar la noche en blanco con un voto de castigo) por la mañana, a la hora de las abluciones, las colas ante los retretes duraban horas; la escasez de espacio convertía sus habitáculos en un barullo de cíngulos, estolas, sotanas, roquetes y mantos que en más de una ocasión propiciaría enojosos intercambios indumentarios. A estas condiciones un pelín inmundas se agregó, además, en el penúltimo Cónclave el calor del verano romano, un calor viscoso que las puertas y ventanas tapiadas a cal y canto agravaban con sus ribetes de fetidez y asfixia. ba rala, casi transparente, que habla en un murmullo de confesionario, como si me estuviese secreteando pecados atroces o patentes industriales. Sólo lo interrumpe para mostrarme su indignación por ciertas precisiones fantasiosas aparecidas en algún periódico italiano, que describe las habitaciones del albergue como aposentos de mobiliario antiquísimo y suntuosas poltronas ¡Si serán caraduras! ¡Pero si apenas tenemos una cama modesta, un escritorio monacal y una silla que te deja el culo con hormiguillo! Friedrich echa de menos en Santa Marta, sobre todo, un gimnasio para desfogarse y también unos horarios menos espartanos: A las diez todo el mundo se ha retirado a sus habitaciones; sólo los huéspedes temporales nos atrevemos a quebrar la rigidez del toque de queda. ¡Y no sabe cómo se ponen algunos! La cancela lateral por la que se entra de noche golpea al cerrarse con un estrépito retumbante, y más de una vez me he llevado una regañina Friedrich se pavonea de sus hábitos nocherniegos; también de la privanza que ha alcanzado con las hermanas Verónica y Petra, dos de las ocho monjas de la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que atienden la Casa, eslavas ambas y encargadas del comedor: He conseguido que me sirvan helado de chocolate de postre- -me susurra, y a sus ojillos asoma un relumbre de gula; pero enseguida adopta un tono compungido- No se crea, es uno de los pocos vicios que cultivo Quizá para hacerse perdonar sus expediciones noctámbulas, Friedrich acude de vez en cuando- -cuando las legañas no le han sellado los párpados- -a la muy madrugadora misa de siete que concelebran los sacerdotes residentes: Quizá sea la capilla el lugar menos anodino de la casa: su decoración repite el motivo triangular en baldosas, vidrieras y también en el altar. He pensado que pudiera tratarse de una alegoría de la Trinidad apunta sin excesiva certeza, poco versado en intríngulis teológicos. Pero lo mejor son las chicas que trabajan como empleadas de servicio- -ahora juraría que me ha lanzado un guiño- atentas y de una cortesía exquisita. Chicas en edad casadera, muchas de ellas sardas. ¡Qué hermoso es el italiano en los labios de una linda muchacha sarda! exclama, con decidido arrobo. Friedrich parpadea premiosamente, como si tratara de disipar una visión arcangélica. Las habitaciones de Casa Santa Marta serán adjudicadas a los cardenales del Cónclave mediante sorteo. ¿Se imagina que en la mía se instalase el futuro Papa? -me pregunta con fruición, para enseguida abis- Inquilinos de la hospedería Para mitigar los padecimientos del colegio cardenalicio, Juan Pablo II mandó construir, junto al Hospital de Santa Marta que mandase erigir León XIII, una hospedería habitualmente ocupada por sacerdotes adscritos a la Secretaría de Estado- -en la actualidad aproximadamente cuarenta- -y por una decena escasa de obispos y nuncios jubilados. También son inquilinos de este edificio, bautizado como Santa Marta la Nueva, los cardenales Lorenzo Antonetti (cuya longevidad le impedirá participar como elector en el Cónclave) y Stephen Fumio Hamao. A ellos se añaden otros huéspedes ocasionales, por lo común investigadores y científicos, como mi informante Friedrich, que en estos días está concluyendo su mudanza a un apartamento romano. Friedrich es un profesor de química nervudo y vigoroso, de ojillos de lagartija y bar- Sus Eminencias no pueden disponer de artilugios que les permitan mantener contacto con el exterior