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32 Internacional MIÉRCOLES 13 4 2005 ABC Un marroquí pasa a su país con dos burros cargados con bidones de gasolina de contrabando, que serán vendidos por más del doble. Al fondo, el control militar argelino Las miles de personas que viven del contrabando a uno y otro lado de los límites fronterizos entre Argelia y Marruecos no se inquietan por los rumores de reapertura del libre paso de ciudadanos y mercancías La frontera entreabierta TEXTO Y FOTOS: LUIS DE VEGA, CORRESPONSAL UXDA (MARRUECOS) Yahya Saf- Saf viste como cada mañana su uniforme de aduanero azul con botones dorados y gorra de plato. Hecho un pincel. Junto a él, agentes de policía, miembros de las Fuerzas Auxiliares y gendarmes hasta completar una treintena de personas. Estamos en el lado marroquí de la frontera de Zouj Beghal, a una quincena de kilómetros de la ciudad de Uxda y a tiro de piedra de Argelia. Pero hace más de una década que, por las desavenencias bilaterales, por aquí no cruza nadie. Sólo algún que otro gato y el leve vientecillo, que levanta las banderas de estos vecinos mal avenidos, se abren paso de uno a otro país sin dar explicaciones. Paso fronterizo de Zouj Beghal (del lado marroquí) cerrado desde 1994 Al refugio del cafetín El cafetín parece el único refugio contra el tedioso paso de las horas. Mientras tanto, los últimos contactos entre el Rey Mohamed VI y el presidente Abdelaziz Buteflika han despertado los rumores sobre una posible reapertura de las fronteras terrestres, cerradas desde el 26 de agosto de 1994. El arquitecto local Abdelghani Fasla levanta una cafetería enorme a la entrada de la frontera donde, en estos momentos, sería desaconsejable plantar cualquier tipo de negocio. Fasla se ríe cuando el periodista le pregunta si tiene información privilegiada sobre los contactos entre el monarca y Buteflika. Haré una gran fiesta de inauguración antes de verano. Queda usted invitado se limita a comentar entre risas. En Zouj Beghal saben que su apática existencia puede tener los días contados, aunque rehúsan hacerse demasiadas ilusiones pues una sola chispa bastará para prender de nuevo las inestables relaciones. Como presagio de lo que podría ocurrir no dentro de mucho, varios agentes de los dos países aprovecharon la presencia de este corresponsal para saludarse con las vallas de por medio. ¿Abrirán pronto? Inshal- lá (Si Dios quiere) contesta un gendarme argelino con una sonrisa esperanzadora bajo el bigote. Junto a él, en la línea divisoria, aún sigue en pie el cartel que informa de la distancia que hay a las principales ciudades del norte del Magreb. Orán, 207 kilómetros; Argel, 626; Constantina, 1056; Túnez, 1320; Trípoli, 2306. Pero esta carretera hacia ninguna parte, con banderas y uniformes marcando los territorios, es sólo la frontera oficial, que poco tiene que ver con la real. Para los habitantes de ambos lados esa línea divisoria aparece sólo en los mapas. Miles de personas viven del contrabando de todo tipo de mercancías. En el centro de Uxda, el mercado Fellah es un entramado de callejuelas y tiendas amontonadas donde se puede comprar casi de todo, y, según reconocen, los productos nacionales brillan por su ausencia. Con lo que me cuesta un yogur marroquí compro tres argelinos explica Jelloul Araj dando a entender porqué mucho de lo que consumen llega del país vecino. Comida, electrodomésticos, material de construcción, ropa... traen de todo mucho más barato añade. La estrella del negocio del contrabando es la gasolina, vendida a ojos de todos a 4 dirhams el litro (menos de 40 céntimos de euro) frente a los casi 10 dirhams que cuesta en las estaciones de servicio. En todos sitios se ofrece en garrafas de plástico y las escasas gasolineras de Uxda, con medio millón de habitantes, subsisten gracias a los vehículos oficiales. Veinte kilómetros más al norte, las pistas que llevan de Beni Drar a la frontera son el escenario por el que coches, burros o personas a pie se encargan de introducir la gasolina. El tráfico es incesante. Dos pequeños asnos cargados con ocho bidones de combustible cada uno se tambalean a las órdenes de un joven que acaba de pasar a territorio marroquí. Al fondo, a unos centenares de metros, el puesto militar argelino, desde el que todo se ve. Familias divididas La familia de Jelloul Araj, como muchas otras, está dividida entre Argelia y Marruecos y comenta que ellos también están sufriendo el cierre de la frontera. Como no tenemos medios para costearnos el avión nuestros familiares a veces pagan cien dirhams para poder entrar ilegalmente en Marruecos a vernos explica. Pero si hay algo más allá de todo este negocio que ha hecho sonar las alarmas, no sólo entre las autoridades magrebíes, es el tráfico de inmigrantes clandestinos. Esta zona de la frontera se ha convertido es el principal punto de entrada de subsaharianos que, guiados por las mafias, van en dirección a Canarias o Andalucía a través de Marruecos. Ese es el verdadero mercado negro que preocupa a Europa.