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ABC MIÉRCOLES 13 4 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La ministra hará conejeras para todos los jóvenes. Cada pareja de joven y jóvena, joven y joven o jóvena y jóvena, hala, con su conejera LAS CONEJERAS UANDO yo me casé, allá por la década de los 50, exactamente en 1957, encontrar una vivienda en Madrid era como encontrar la lámpara de Aladino. En cierto modo, vivíamos todavía sobre las ruinas de la guerra: habitábamos las regiones devastadas. Se decía por entonces que el casado casa quiere pero mi primera casa de casado fue una habitación de cuatro o cinco metros cuadrados donde a malas penas cabían una cama no muy ancha, un pequeño armario y un par de sillas. Teníamos el derecho a compartir un baño con otros huéspedes, pero no disfrutábamos del derecho a cocina. La alcoba tenía una puerta de cristales traslúcidos y la patrona, una viuda simpática, dicharachera y curiosona, se apostaba allí para vigilar los movimientos y escuchar los rumores naturales de una pareja de recién casados en la plenitud de la pasión. En aquel entonces, un piso de veinticinco o treinta metros nos habría parecido un palacete. La habitación era digna, que en eso tiene razón la ministra, y la dignidad no se mide en metros cuadrados, sino que la ponen los moradores, pero desde luego la vida allí era incómoda. La noche, el día y el amor eran incómodos y todos nuestros movimientos tenían que ser como clandestinos. Buena parte de nuestro tiempo lo consumíamos en el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, a cuatro pasos de la habitación realquilada. Allí desayunábamos, allí cenábamos y allí comíamos cuando se podía, que eso dependía de que me hubiesen publicado y pagado algún articulito. Cuando ya iba a nacer nuestro primer hijo, el dueño del Café observó el bombo de mi mujer, se apiadó de nosotros y nos alquiló un piso de ochenta metros en una casa de protección oficial que había construido su hermano arquitecto, que acababa de morir, Dios le haya premiado la caridad. La casa nos pareció fastuosa y además está en la calle de Jaime el Conquistador, así que no podíamos pedir más. Cuento todo esto para explicar que si dos seres humanos recién apareados tienen que habitar en un piso de veinticinco o treinta metros cuadrados no es una desgracia como para suicidarse. La ministra de la Vivienda, María Antonia Trujillo, ha inventado una solución habitacional que resuelve el problema de las parejas jóvenes sin casa donde meterse. La primera idea de la ministra era una utopía dictada por la excitación inicial del cargo. Enseguida llegó Pedro Solbes con el puñetero realismo. Y en vez de dedicar la protección oficial a hacer aquellas viviendas que soñaba, la ministra Trujillo va a construir conejeras de veinticinco o treinta metros cuadrados. Al fin y al cabo, algo hemos adelantado desde aquellos tiempos de la posguerra, es decir, del franquismo, porque supongo o sospecho que la culpa de aquella escasez de viviendas la tenía el franquismo, que ya podían haber hecho viviendas en vez de estatuas, y ahora los socialistas se encargarán de remediar aquella injusticia social. Conejeras para los jóvenes. Cada pareja de joven y jóvena, joven y joven o jóvena y jóvena, con su conejera. Siempre será mejor una conejera que una habitación realquilada y además con la puerta de cristales traslúcidos. C EL RECUADRO ANTONIO BURGOS La ministra ha exhumado un cadáver que creíamos olvidado por la concordia. Ha sacado la injusticia de las desigualdades sociales que en parte nos llevaron a la guerra civil. Ha reinventado lo que creíamos superado: el corral de vecinos LA MIERDA DEL CORRAL DE VECINOS O sé dónde incluir la chorrada del día de la señora ministra. Que esta vez no ha corrido a cargo de Carmen Calvo, que tantos jornales ganados nos da a los articulistas. Ha sido María Antonia Trujillo quien nos ha firmado la peonada. Ha reinventado la casa de vecinos como solución habitacional: treinta metros cuadrados de sala y alcoba, con cocina, retretes y lavaderos en el común del patio. Como es Feria de Sevilla, quizá sea un homenaje a la copla de El Pali: En el Corral del Conde hubo pelea... Solución corralera de una ministra, corralera como todas las ministras de este Gobierno corralero que no se levanta de su poltrona así pase un Papa muerto o una bandera con un firmamento de libertades. Y no sé dónde incluir la reinvención ministerial del corral. Si en las jornadas Historia de la mierda: Cultura y Transgresión que celebra la Universidad de Huelva, o si en la moda de la Memoria Histórica. En la Escatología Científica onubense encajaría perfectamente la mierda de apartamentos para jóvenes y jóvenas que propone la ministra. Igual que hay televisión basura, contratos basura y una mierda de oposición, y los separatistas y tripartitos varios se ciscan a cada momento en España y encima toman la Constitución como si fuera el papel del elefante o el del perrito simpático, la señora Trujillo ha reinventado la vivienda basura. Me inclino por la Memoria Histórica, cruzada con Alianza de Civilizaciones. María Antonia Trujillo ha cogido la espiocha y se ha puesto a excavar las fosas de la memoria de España, según moda. Como suele ocurrir, la ministra ha exhumado un cadáver que creíamos olvidado por la concordia, el bienestar económico, la paz, la piedad, el perdón. Ha sacado la injusticia de las desigualdades sociales que en parte nos llevaron a la guerra civil. La ministra ha reinventado lo que creíamos superado: el corral de vecinos, la casa de vecindad. El hacinamiento, la insalubridad y miseria que producían hijos tuberculo- N sos que morían en un jergón de foñico y padres anarquistas que quemaban conventos y les daban el paseo a los señoritos. La ministra ha reinventado las indignas estabulaciones urbanas de la mano de obra campesina que abandonó los pueblos para hacerse proletariado industrial. Lo sé porque a un corral de Sevilla se vino a vivir mi abuelo Antonio Burgos Sánchez, bracero del Viso del Alcor, cuando dejó las hambres del pueblo para buscar el jornal de la capital como cochero, camarero y crupier. Infraviviendas inhumanas e indignas han subsistido en Sevilla hasta ayer como quien dice. Acabaron con los corrales un gobernador civil, Utrera Molina, y una riada, la del Tamarguillo. Una población de cien mil personas, en una ciudad de medio millón de habitantes, fue trasvasada desde la injusticia del corral a la dignidad del piso sindical: conviene también abrir esta fosa de la memoria histórica. Los que dieron seguro y hospital a los trabajadores también les hicieron pisos. El paradigma puede ser Rafael Gordillo, el jugador mítico del Betis. Los padres de Gordillo vinieron a Sevilla como inmigrantes, desde el pueblo. No encontraron otra vivienda que el hacinamiento de un corral de vecinos. Que se anegó con la riada del Tamarguillo en 1961, y entró en ruina. Fueron desalojados y llevados al refugio de la Cochera de los Tranvías, naves con cobertores colgados de alambres como paredes. Luego les dieron un piso sindical en el Polígono de San Pablo. La ministra quiere poner a los jóvenes a la altura de Rafael Gordillo en el corral, esperando que, tras no se sabe qué riada, les puedan dar un piso oficial. Seguramente será cuestión de la Alianza de Civilizaciones. Quierela ministra que vuelva el corral sevillano, el patiovecinos gaditano, el portón canario. Que es la vecindad mejicana, el callejón limeño, el conventillo bonaerense, el habanero solar. Lo de siempre: la alianza con las civilizaciones de la dictadura y la miseria.