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62 Tribuna MARTES 12 4 2005 ABC E N esta hora triste en la que una gran parte de la humanidad llora al gran hombre que fue Juan Pablo II, creo obligado destacar en él dos singulares aportaciones que viví, en primera línea, una circunstancial, pero de éxito, y otra que ha marcado buena parte de su mandato papal. Corría noviembre de 1979 y la FAO iba a celebrar en Roma su XX Conferencia General a la que asistían 146 Estados miembros. Por una serie de circunstancias el director General de la FAO, Edouard Saouma, propuso mi nombre para presidir aquella conferencia y tal propuesta fue aceptada por unanimidad. A los pocos días de aquella elección estaba previsto que el Papa Juan Pablo II acudiera a la sede de la organización para pronunciar un importante discurso sobre el hambre en el mundo, sobre todo porque aquel año se celebraba el 30 aniversario del traslado de la FAO desde Washington a Roma. En tales circunstancias recibí al Papa en las puertas de la FAO, le acompañe al salón de sesiones, escuché su conferencia y en el escaso tiempo que pasé con él- -siempre lo he afirmado- -me impresionó la fuerza que irradiaba- -llevaba un año en el pontificado y estaba lleno de vida- la luz con la que deslumbraba a quien tenía la dicha de escucharle y más aún si, como yo, esa persona era y es católica. Pero, desgraciadamente, lo que iba a ser sólo un acto denso y protocolario se convirtió en otro de muy distinta naturaleza. Efectivamente, entre el día de mi elección y el día de la llegada del Papa ocurrió en Madrid algo terrible: Javier Rupérez, mi compañero de partido, de aquella EN HOMENAJE A UN GRAN PAPA JAIME LAMO DE ESPINOSA Ex ministro y catedrático de la UPM En esta hora de tristeza no puedo dejar de recordar a aquel hombre bueno, lleno de fuerza interior, que creía ser capaz de cambiar el mundo sólo con su palabra y con su ejemplo moral UCD hace ya tantos años desaparecida, fue secuestrado por la ETA. Pues bien, en las horas siguientes al secuestro recibí llamadas de Adolfo Suárez y de Marcelino Oreja, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, pidiéndome que aprovechara las horas que el Papa pasaría en la sede de FAO para rogarle que en su siguiente aparición pública hiciera un llamamiento a los secuestradores de Javier para su inmediata liberación. Dejé que pasara el acto, que el Papa pronunciara su discurso, que verdaderamente fue trascendente y escuchado por todos los representantes de todos los países del mundo con inmenso respeto. Y a su término, cuan- do salíamos, hice un aparte con él y le transmití los mensajes del presidente a favor de Rupérez y la trascendencia que para su liberación tendrían unas palabras suyas. Bajamos hasta su coche hablando del tema y allí le despedí. Nunca más volví a verle. Sin embargo, en las horas siguientes tuve la oportunidad de ampliar aquella conversación con monseñor Martínez Somalo en su despacho del Vaticano, donde hablamos más extensamente de lo ocurrido- -yo ya tenía también más información- -y de la importancia del mensaje papal. Para ese momento también otras personas vinculadas a Javier Rupérez, y trabajando junto a Joaquín Ruiz Jiménez, según supe más tarde, iniciaban movimientos en la misma dirección. Y lo cierto es que pocos días más tarde- -escribo apresuradamente y no he comprobado fechas- -el Papa pronunciaba unas incontestables palabras en defensa de la liberación de Rupérez. Que tuvo lugar, felizmente, tiempo más tarde. El otro aspecto a destacar en estas líneas es el del Papa solidario, global, unido a la pobreza, que yo conocí, el de un Papa preocupado por el hambre de todos los pueblos del mundo e inquieto por un desafortunado aprovechamiento de los recursos. El Vaticano había mantenido y mantiene siempre unas especiales relaciones con la FAO, desde que monseñor Montini consiguió el estatuto de Observador Permanente y dado que el Vaticano siempre valoró los elevados principios morales y humanitarios de la organización. Por eso el Papa Pablo VI visitó la FAO en 1970, el Papa Pío XII envió un mensaje radiofónico en Navidad de 1942, etc. Y finalmente, Juan Pablo II, en su discurso de 1979 fue conminante ha terminado el tiempo de las ilusiones, ...la lucha contra el hambre tiene características cada vez más precisas y exige realizaciones concretas por parte de los Estados miembros... de todos los problemas que ocupan vuestra atención y la del mundo el más grave y más urgente es el hambre... el hombre, su dignidad y sus derechos deben ser vuestro objetivo... Así se estuvo expresando durante más de 20 minutos, que culminaron con un inmenso auditorio, bien complejo en culturas, religiones y formas de pensar, puesto en pie y aplaudiendo el discurso de un hombre de paz, de un extraordinario hombre de bien. En esta hora de tristeza no puedo dejar de recordar aquellos principios hoy todavía vigentes. Y a aquel hombre bueno, lleno de fuerza interior, que creía ser capaz de cambiar el mundo sólo con su palabra y con su ejemplo moral. Y es lo cierto que a lo largo de sus veintiseis años de Papado, de sus grandes esfuerzos y sufrimientos personales, de su ejemplo constante, de su verbo excepcional y de una fe fuera de lo usual, una buena parte de aquel propósito sí lo logró. Somos muchos los que lo echaremos de menos. L 1 de abril de 1905 nacía en Grenoble uno de los pensadores más sinceros, inconformistas, sólidos, originales y coherentes de la literatura contemporánea. No obstante, me temo que ni siquiera la celebración de su centenario va a servir para devolver a los lectores actuales la figura de alguien hoy casi ausente de los libros de texto, diccionarios, enciclopedias o repertorios del género. Efectivamente, imposible resulta encontrar el nombre de Emmanuel Mounier en obras como la Enciclopedia Oxford de Filosofía (2001) o el Diccionario Espasa de Filosofía (2003) que ha dirigido Jacobo Muñoz, por referirme a dos obras donde el fundador del Personalismo debería tener alguna página. Sin embargo, en un puesto callejero de mi ciudad (no precisamente una urbe rebosante de libros, aunque tampoco falten) acabo de adquirir El compromiso de la acción. Publicada en su día por la benemérita editorial ZYZ (que también sufre el más injusto silencio) la reimprimió treinta años después (1997) el Movimiento Cultural Cristiano, con prólogo de Julián Gómez del Castillo, en la serie Voz de los sin voz La de Mounier podrá seguir escuchándose, al menos des- E EMMANUEL MOUNIER MANUEL PECELLÍN LANCHARRO Escritor Proclamaba la necesidad de una tercera fuerza contra el individualismo y el totalitarismo de estas páginas de tan humilde maquetación y al módico precio de 1.20 euros. (Sí es posible localizar en internet numerosas y sabrosas entradas sobre dicho autor) De frágil salud, enorme tenacidad y fe profunda, Mounier tuvo a Charles Péguy por modelo, aunque también reconocerá la influencia de Jacques Chevalier y Maritain. Según el autor de El misterio de la caridad de Juana de Arco, nuestro hombre entiende que la vivencia del cristianismo sólo es conciliable con el servicio a los más pobres. Ahí reside el rechazo de Mounier frente a movimientos católicos conservadores como la céle- bre Action française de Charles Maurras o su empeño en dialogar con las corrientes y partidos que luchaban por un cambio de las estructuras- -el desorden establecido aunque prácticamente todos ellos fuesen entonces de inspiración marxista. Ahora bien, Mounier rechaza sobre todo las dictaduras, sean de derechas o de izquierdas, léase fascismo o estalinismo, que oprimen a la persona. Para defender sus ideales y catalizar un grupo de gentes comprometidas, Mounier funda la revista Esprit. A mantenerla se dedicó en cuerpo y espíritu, tarea ardua, especialmente durante la ocupación alemana. Tampoco él escapará a la represión. Tuvo que sufrir persecuciones y cárcel, libre al fin merced a una huelga de hambre que admiraría al gobierno de Vichy. Tras la muerte del fundador, fue su viuda, Paulette Leclerq, quien mantendrá Esprit. Mounier publicó un buen conjunto de obras, entre las que cabe recodar Manifiesto al servicio del personalismo (1936) Revolución personalista y comunitaria (1936) o ¿Qué es el personalismo? (1946) En todas proclama la necesidad de una tercera fuerza que se opusiese al individualismo capitalista y el totalitarismo fascistoide o estalisnista. Frente a ellos, él propone un sistema basado en la persona, entidad que Mounier presentaba así: Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia e independencia de su ser; mantiene esta subsistencia por su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una vocación constante: unifica así toda su autoridad en la libertad y desarrolla por añadidura a golpe de actos creadores la singularidad de su vocación No es raro que su revolución personalista y comunitaria resultase confusa para casi todos, incluida la propia Iglesia católica. Un ataque cardíaco segó la vida de Mounier el 22 de marzo de 1950. El existencialista católico como alguien lo llamara, el fenomenólogo cristiano que también se le dijo, no pudo conocer el Vaticano II ni las ulteriores revisiones de la enseñanzas conciliares.