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ABC MARTES 12 4 2005 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO 49 Urdaci desentraña los entresijos del Cónclave para Aula de Cultura de ABC SERGIO J. VALERA MADRID. Nunca un libro fue tan oportuno. Alfredo Urdaci y su obra El Cónclave: Los secretos de la elección del Papa serán los protagonistas, en esta ocasión, del Aula de Cultura de ABC. En la conferencia, que tendrá lugar hoy a partir de las 20 horas, en el Círculo de Lectores, desentrañará los entresijos del Cónclave; sin duda, el término más citado en las últimas fechas. La obra, que nace desde la ignorancia constituye una guía para periodistas y curiosos en general, que pretendan comprender los motivos de esta elección En su etapa de corresponsal en Roma, el periodista y escritor comenzó a investigar y prepararse para un eventual Cónclave, hasta encontrar un relato maravilloso, lleno de personajes fabulosos, santos, pecadores; donde el secretismo lo invade todo A la vez que realiza el estudio de los diferentes cónclaves que se han producido, que es el relato de cómo la Iglesia se ha ido deshaciendo de todo poder ajeno al eclesiástico aprovecha para repasar la evolución de Iglesia como institución. Para el autor, el Cónclave no es sólo una elección, sino que subyace una trascendental reflexión interna acerca de cuál es el estado y las necesidades de la Iglesia, y qué pide la sociedad de ella. A partir de ahí, se elige al más adecuado para afrontar las respuestas a esas preguntas Por otra parte, Urdaci entiende que la elección no podrá desdeñar que se reemplaza a un Papa extraordinario, que ha impuesto un ritmo de propagación de la fe muy elevado; tendrá que seguir siendo un Papa mediático Además, apunta que será la primera vez en que la opinión pública, que reclama la continuidad de la línea seguida por Juan Pablo II, va a tener una relevancia fundamental. No se puede escoger a un Papa que no mantenga un diálogo fluido, abierto y sincero con la juventud, con mucha hondura espiritual Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Milán, el pasado jueves en la plaza de San Pedro tzinger: tiene autoridad, veteranía, renombre como teólogo y representaría la continuidad doctrinal, a la vez que el equilibrio. En su contra, pesan su precaria experiencia pastoral (fracasó como Obispo de Munich) y sus escasas dotes de Gobierno, aunque esto se arreglaría con un buen Secretario de Estado. Ruini, el actual vicario de Roma, posee en cambio un excelente bagaje pastoral y es hombre de gran visión política y estratégica. Aunque tímido (como Ratzinger, por lo demás) posee una formación cultural muy amplia y sabe cómo afrontar los problemas que se le plantearán a la Iglesia en Asia, que es donde se halla su futuro. También me parece un candidato considerable el argentino Bargoglio, sobre todo después de que sus enemigos hayan empezado a propagar especies que lo perjudican: que si padece diabetes, que si lo chantajea un cura homosexual... Es hombre espiritual, muy sencillo, cuya elección desde luego dis- REUTER Tettamanzi es hombre un tanto pálido o gris, un moralista que paradójicamente satisface- -quizá por su parecido fisonómico con Juan XIII- -a la izquierda gustaría a la corriente dominante en la Compañía. Tettamanzi, el actual arzobispo de Milán, es hombre un tanto pálido o gris, un moralista que paradójicamente satisface quizá por su parecido fisonómico con Juan XIII- -a la izquierda y un hombre que ha sabido prosperar en la curia. Dias, el arzobispo de Bombay, en fin, tiene una sólida formación romana y una carrera diplomática espectacular, y conoce los problemas de la Iglesia del tercer mundo; además, la Prelatura lo mira con inte- rés. Pero- -rubrica con retintín- ¿a quién no mira con interés la Prelatura? Las palomas que hace unos minutos defecaban sobre la estatua de Giordano Bruno se disputan ahora los desperdicios del mercado. Me acomete la impresión funesta de ser como una de esas palomas carroñeras, correteando detrás de las bolitas de una lotería que, a la postre, refutará todos los pronósticos. ¿No será que, como denunciaba el Barón Corvo, lo sobrehumano es para mí un libro sellado? Giovanni Maria Vian me consuela con unas palmaditas en la espalda y me tiende un tomate que acaba de comprar. Me lo llevo a los dientes, como en los días dorados de la infancia; tiene un sabor cartaginés y calentorro que me alivia los remordimientos de conciencia: en él se condensa la elocuencia nutritiva de Dios, ajena a las cábalas de los hombres.