Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 12 4 2005 La Tercera DE CUANDO EL PAPA FUE A LA HABANA principios del último trimestre de 1997 se vencieron las últimas resistencias para que Juan Pablo II viajara a La Habana. La confirmación de la noticia levantó expectativas inusuales en los medios de comunicación mundiales, interrogantes y esperanzas de las que, en los meses previos al periplo, se hicieron eco columnistas, comunistas, viajeros, habanólogos, castristeros y expertos en relaciones diplomáticas y políticas. Todos coincidieron en una evaluación elemental: se presentaba una ocasión única. Y en la misma pregunta retórica: ¿a qué va el Papa a Cuba? En los días anteriores a la visita del Papa, La Habana sufrió un lifting urgente de adecentamiento decorativo por parte de las autoridades castristas. La velocidad con la que se trabajó a destajo, para conseguir el maquillaje deseado sobre la intemperie habanera en las calles y avenidas del inminente itinerario papal, rompió los tópicos de la lentitud desesperante de la vida en la isla y desmintió la desidia climática, la genética del aplatanamiento y el desinterés del cubano por el trabajo. Sin llegar a La Habana, Juan Pablo II había hecho su primer milagro. Como todos los días, con el afanoso objetivo de resolver los habaneros deambularon por el Malecón, Rampa y Miramar, las zonas turísticas y el área verde de la ciudad y observaron, primero con sorpresa, luego con una sonrisa de irónica complicidad, la nueva vestimenta de La Habana para el Papa. ¿Y esto? le pregunté a un taxista amigo y privilegiado, ex comandante de las tropas cubanas en la guerra de Angola bajo el mando del general Ochoa. Mi amigo contestó el militar travestido en taxista de lujo, lo que tú no veas en Cuba, no lo vas a ver en ninguna parte Dos noches antes del día de la llegada papal a Rancho Boyeros, Castro habló por la televisión durante seis horas seguidas, en un estado de salud y resistencia física sorprendentes para quienes, meses antes, pronosticaron la muerte inmediata del dictador cubano por un galopante cáncer de colon. Tenía la piel verde de la inminencia me comentó, plástico y poético, un diplomático español que lo visitó en el Palacio de la Revolución en junio de 1997. Te voy a contar un secreto: lo operaron en Lausana, chico, y está de paquete, ¡pa virar para la sierra otra vez, si hace falta! me había chismeado el taxista privilegiado y amigo ante mis dudas sobre la salud del dictador. Esa misma noche del discurso de Castro, fui a cenar al Café del Oriente con mi cercano amigo monseñor Carlos Manuel de Céspedes, ilustrada autoridad de la Iglesia católica en Cuba, uno de los grandes exegetas de la historia de su país, y de la biografía y doctrina del padre Félix Varela. Evitamos la primera parte del discurso de Castro, porque trataba de una disección sui géneris de las elecciones del domingo anterior, de régimen interno Pero no dejamos de ver en directo por la televisión la se- A En la Plaza de la Revolución se trabajaba con hormiguera diligencia en el gran altar donde el Papa amigo cantaría misa solemne gunda parte del discurso, el inminente viaje del Papa según Castro: un espectáculo para los medios informativos de todo el mundo, incluida la CNN y los poderes mediáticos gringos, que habían desplazado a Cuba más de mil quinientos profesionales de la información. Este Papa, tenían que saberlo todos, era un Papa amigo de Cuba, dijo Castro levantando su índice de orisha máximo; se había atrevido a romper el bloqueo, y Cuba quería ser amiga de todo el mundo, incluso de los Estados Unidos... Y si el presidente Clinton quiere venir a vernos como amigo, aquí lo esperamos como amigos ironizó. ¿Por qué invadieron los nazis Polonia? se preguntó, mirando a la cámara y reinterpretando la II Guerra Mundial, ¿en lugar de dejarla ahí, como Finlandia, neutral, intocable? Se trataba de un guiño: del paralelismo, según Castro, entre Polonia y Cuba, que se encontraban gracias al Papa amigo y al Comandante invencible. Y advirtió: Durante la visita del Papa, en Cuba no va a estallar ni un bombillo El Papa llegó a Cuba con la esperanza de recuperar las propiedades de la Iglesia, esquilmadas durante el vendaval revolucionario, y conseguir una mejoría de la Iglesia católica, maltrecha muchos años en sus relaciones con el régimen castrista. La comitiva bajó Rancho Boyeros, atravesó las alturas de La Habana, entró en Presidentes y se acercó hasta el Cohíba, para doblar a la izquierda por Tercera y enfilar Miramar. Yo estaba allí, en primera fila, junto a Eduardo Úrculo, Vicki Hidalgo y Saso Blan- co. Habríamos podido tocar el papamóvil con la mano durante unos segundos. Vimos pasar al Papa, con la piel de su cansado rostro enrojecida por el calor húmedo. Temí por su vida. El trasiego del viaje, el Caribe, La Habana ardiendo, la calorina santiaguera, ¿no era excesiva aventura para un anciano cuya salud se tambaleaba mucho más que la de Castro en esos momentos? La gran frase encerraba el mensaje y el objetivo del viaje papal: Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba En la inminencia del viaje, nuestro embajador en La Habana convocó a los españoles que habíamos viajado a La Habana para la visita del Papa a un cóctel de media tarde en su residencia de Cubanacán. Vázquez Montalbán disimulaba su asombro ante el espectáculo: los pesos pesados del Comité Central y el gobierno cubano departían en charlas de salón florentino con las más altas jerarquías de la Iglesia católica española y cubana, cardenales incluidos. Monseñor Carles hablaba con el negro Lasso como amigos de toda la vida. Busqué a Céspedes: me devolvió la complicidad asintiendo con la cabeza. Y mañana a las diez de la mañana, Eusebio Leal inaugura dos plazas en Habana Vieja, Manolo, no te lo pierdas le dije a Vázquez Montalbán, una de la Madre Teresa de Calcuta y otra para Lady Di Vieran la cara de escándalo del autor de Y Dios entró en La Habana Vieran el asombro mayor al asistir al acto de las placitas, con el embajador británico llorando a lágrima suelta de emoción y todo el cuerpo diplomático en posición histórica de firmes. La noche anterior a la llegada del Papa, el taxista amigo nos llevó en su coche a Úrculo y a mí hasta la Plaza de la Revolución. ¡Hay que verlo para creerlo! Un póster azul inmenso del Corazón de Jesús cubría la fachada de la Biblioteca Nacional con la leyenda del ¡Totus tuus! flotando en el aire habanero. A dos metros, enfrentado en ese instante de mágico surrealismo, la silueta encendida del Che y su lema guerrillero cabalgaba, quijotesco y suicida, sobre la memoria histórica: ¡Patria o muerte, venceremos! En la Plaza de la Revolución se trabajaba con hormiguera diligencia en el gran altar donde el Papa amigo cantaría misa solemne. ¿Tú lo estás viendo? Lo más grande del mundo... ¡Lo que no se vea en La Habana... En la muerte del Papa, recuerdo que algunos de estos episodios reales de la visita de Juan Pablo II a Cuba, los escribí, novelados, en El Niño de Luto y el cocinero del Papa Termino con el reproche mayor de ciertos lectores cultos al texto novelesco: La novela está bien, pero tú exageras mucho los elementos de ficción... Hombre, para un lector civilizado, es inverosímil todo lo que cuentas de ese viaje... J. J. ARMAS MARCELO Escritor