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ABC LUNES 11 4 2005 Sociedad 47 SEDE VACANTE EN EL VATICANO FIN DE LAS PEREGRINACIONES Una joven pareja española ha vivido estos días una peripecia insólita que la llevó de un horizonte de dormir bajo las estrellas de la plaza de San Pedro a encontrar cama, cena, ducha y desayuno gratis en un piso de ese lugar mágico De la calle, a una habitación del Vaticano PABLO MUÑOZ ENVIADO ESPECIAL ROMA. Laura y Alberto son estudiantes de Teología en Madrid. Ella es morena, menuda, de cabellos ondulados y ojos negros y chispeantes; él es castaño, delgado, algo más alto, tiene barba poco poblada, gafas y una sonrisa contagiosa. No tienen un duro (léase un euro) pero el pasado domingo decidieron que iban a peregrinar a Roma, a despedirse del Papa. Hasta aquí es la misma historia de muchos cientos de miles de fieles que en cualquier medio de transporte, con cualquier fuente de financiación decidieron llegar a la Ciudad Eterna como fuera, sin importarles las incomodidades para poder desfilar ante los restos mortales del Santo Padre. Sin embargo, el caso de Laura y Albero es particularmente insólito. Su excursión a Roma parece una concatenación de sucesos increíbles, que ellos achacan a la fe por sus fuertes convicciones religiosas, pero que cualquier otra persona menos creyente los atribuiría a una suerte incomparable. Pero mejor es reconstruir su historia. Pasado domingo por la noche, ciudad de Madrid. Laura se pone de acuerdo con su novio para viajar a Roma a dar el último adiós a Juan Pablo II. No tienen dinero suficiente para los billetes de avión, pero rascan hasta el último céntimo y piden algo prestado. Primero reservan a través de internet, pero al día siguiente un desagradable correo electrónico les informa de que un problema informático ha impedido hacer la operación. Laura no se amilana y logra el lunes reservar unos billetes con Air France, para un vuelo con salida a las doce y media del martes del aeropuerto de Barajas. Sólo hay un problema: hay que pagarlos ese mismo día para no perderlos. Como dicta la ley de Murphy la joven no puede ir a abonar los pasajes por problemas en el trabajo. Da lo mismo. Los jóvenes, por si las moscas, se dirigen a Barajas a las 7: 30 de la mañana, pertrechados con unas mochilas y apenas 50 euros con los que tienen que aguantar hasta el sábado. Si se tiene en cuenta que el transporte público desde el aeropuerto a la ciudad cuesta 10 euros, la cuenta es clara: para cinco días, dos personas, disponen de 30. Ya en el aeropuerto están convencidos de que no van a poder embarcar al no haber pagado a tiempo los billetes. Pero para su sorpresa no sólo pueden sacarlos sino que además salen antes de lo previsto, a las 10: 30. EPA Una estatua cerca de la tumba de sus padres La ciudad de la que Juan Pablo II fue arzobispo, Cracovia, le ha erigido un monumento en el cementerio de Rakowicki, muy cerca del lugar donde están enterrados sus padres y su hermano. La estatua representa al Santo Padre rezando arrodillado con un rosario en sus manos y quiere conmemorar las visitas que hacía para rezar ante las tumbas de su familia. donde dormir. Pero quien aparece es un sacerdote, con el brazo en cabestrillo y la mano hinchada, que busca una farmacia abierta. No hay muchas perspectivas de éxito, pero un acuerdo es un acuerdo. Abordan al religioso y la respuesta es para nota: Podéis dormir en mi casa ¿Pero dónde está su casa? En la misma plaza de San Pedro. ¿Pero quién es ese sacerdote? Jarek Cieleck, polaco, relacionado con la oficina de prensa del Vaticano. El cura les prepara una suculenta cena; duermen bien abrigados del frío; pueden darse una reconfortante ducha y, a la mañana siguiente el sacerdote les ha preparado el desayuno. Incluso les deja su casa porque él tiene que ir a trabajar ¿Alguien da más? Pues sí. Al salir del piso, modesto, de apenas 50 metros cuadrados, la pareja intenta ponerse a la cola para desfilar ante los restos del Santo Padre. Sin embargo, hay un problema. Una valla les impide salir de la plaza de San Pedro. Consultan a un policía y les dice que cojan otra dirección. Lo hacen, pero tampoco pueden avanzar. Una segunda consulta a otro agente supone un nuevo golpe de... ¿suerte? les abren la valla y les dicen: Pasen, y digan que han ido al servicio El resultado es que en apenas dos horas pudieron entrar en la basílica, mientras otros muchos tuvieron que esperar filas de hasta veinte horas para el mismo objetivo. Las noches siguientes, Laura y Alberto no tenían dónde dormir. Seguían con apenas unos euros en el bolsillo, con sus deudas pero habían cumplido con su firme idea de aguantar hasta después del funeral. Nunca estuvieron preocupados por lo que pudiera ser de ellos. La otra noche andaban por el centro de Roma junto a otro grupo de españoles. Ya están de vuelta en Madrid. Han prometido ir a ver al sacerdote, con el que estarán en contacto vía email, en cuanto se casen. Que nadie lo dude: cumplirán su palabra. Regina Coeli Tras dos horas y media de vuelo llegan a Roma y ponen rumbo a la plaza de San Pedro. Para entonces están confiados, ya que han oído que hay albergues para personas como ellos y, en cualquier caso, tienen un amigo en la ciudad que si vienen mal dadas les acogería. Al caer la noche, el primer inconveniente: los lugares reservados a los peregrinos están muy lejos y no tienen el dinero para llegar. Y pronto se se dan cuenta del segundo: el amigo les abre de par en par su casa, pero también está lejos y no tienen cómo ir. Son las once y media de la noche y la perspectiva, para terror de Laura, es dormir en la calle. Momentos de tensión, preguntas de uno a otro sobre lo que hacer... Hasta que deciden algo curioso: comer un bocadillo, rezar el Regina Coeli y después preguntar al primero que pase- pensábamos que iba a ser un grupo de jóvenes -si conocían algún sitio