Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
54 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO ÉXODO DE LOS PEREGRINOS DOMINGO 10 4 2005 ABC El día después del milagro Los últimos peregrinos dejan Roma tras el histórico funeral por Juan Pablo II J. M. NIEVES ROMA. Los autobuses se marcharon primero. Cama y transporte al mismo tiempo para todos aquellos- -varios cientos de miles- -que habían elegido ese medio para llegar hasta Roma. Un auténtico lujo en una noche en la que no dejó ni un solo instante de llover. Fue todo un milagro que durante las tres horas de ceremonia de la mañana del viernes luciera el sol. Y que a mediodía, justo cuando ya no importaba, y sólo entonces, se pusiera de pronto a diluviar. El cielo llora por el papa Wojtyla- -apuntaba ayer a primera hora de la mañana un joven que no vino en autobús, arrebujado en su saco de dormir, en el suelo bajo la marquesina de un comercio de Via della Conciliazione- Y nosotros lloramos con él Cientos, miles de autobuses, fueron abandonando la ciudad desde la misma tarde del viernes. Era un hormigueo lento, pero constante, una peregrinación a la inversa de gente cansada pero feliz, convencida de haber tenido el privilegio de asistir a un hecho histórico, de esos que no se pueden vivir más que muy de vez en cuando. El sábado por la mañana salieron los autocares que faltaban. En la estación Termini y en el aeropuerto de Fiumicino, sin embargo, las cosas eran muy distintas. Ante el mal tiempo, muchos peregrinos optaron, directamente, por adelantarse y pasar la noche allí. Y Roma, en un nuevo gesto de solidaridad, permitió que ambos lugares se convirtieran en improvisados dormitorios. Ayer por la mañana, el extremo cansancio de las duras jornadas anteriores se reflejaba en los rostros de la mayoría: Qué quiere que le diga- -afirma un joven valenciano que ha dormido en la estación de Termini- estamos reventados, pero contentos. Y a pesar de todo nos da pena tener que marcharnos Un dato para su historia personal: el joven en cuestión, que se llama David, asegura que, desde que llegó el pasado miércoles, me han hecho por lo menos diez entrevistas, contando con ésta tros hemos llegado hoy- -explica una joven que viaja con otras tres compañeras- Somos de la Escuela de Arquitectura de Valencia y hemos venido a ver la obra de Bernini Justo detrás de ellos, un matrimonio polaco, con dos niños rubios como soles, explica en un mal italiano que estamos desde el miércoles, pero no conseguimos entrar ni a la capilla ardienteni llegar hasta la plaza para elfuneral. El pequeño- -dice el padre- -se puso malo con fiebre y no nos pudimos quedar en la cola. ¡Qué le vamos a hacer! A pocos metros, una conversación entre italianos que hablan, convencidos, de que el viernes aquí se produjo un milagro El de conseguir que entre tres millones de personas extrañas no hubiera en cuatro días ni el menor de los incidentes, ni un solo herido, ni un solo problema, ni siquiera un simple infarto Va contra la estadística, es cierto. Pero no contra la fe. Policías junto a las vallas que separan la plaza de San Pedro de la ciudad de Roma San Pedro, el día después La lluvia ha dado a las piedras ese aire triste y solemne que sólo los monumentos mojados saben tener. Las tribunas de autoridades y las que ocupó la prensa de todo el mundo están aún a medio desmontar, los altavoces desconectados, las sillas dobladas, las vallas jugando a dibujar líneas discontinuas. Hay gente en esta Plaza que jamás está vacía. Y colas de personas que quieren entrar al Vaticano. Filas que cualquier otro día habrían parecido enormes, pero que hoy se antojan ridículas ante la magnitud de lo que aquí se ha vivido hace apenas un día. Ni los últimos de esas dos hileras humanas que abrazan el Vaticano desde ambos lados de la columnata tardarán más de una hora para entrar. Nada, en comparación con las veinte horas que muchos tuvieron que esperar para dar su último adiós a Juan Pablo II. En estas nuevas filas, los peregrinos que quedan se mezclan, ya sin remedio, con los turistas de siempre: No, noso-