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ABC DOMINGO 10 4 2005 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO LUTO EN ROMA 53 Pero hoy el mundo es un borrón de tinta desleída que no acierto a leer. No estoy encabritado, ni siquiera intranquilo. Tan sólo triste, como si hubiese enviudado de repente de picarona si no fuese epíteto un tanto profano; juntos nos hemos refugiado en un portalón, para que la lluvia no les desgracie el almidón de las tocas. Sor Teresa, otra monja del grupo, toma entonces la palabra: es la más bella de todas, con unos pómulos patricios y unas pestañas que conmueven el aire cuando parpadea; al contrario que Sor Faustina, mantiene la mirada clavada en su interlocutor, una mirada de un azul aún más puro que el aire que se respira en la cima del Terminillo. Presume de ser amiga de Sor Fernanda, la encargada de aprovisionar la despensa papal y también de servir su mesa: Él quería a toda costa que le preparasen los platos típicos de la cocina polaca, incluso cuando los médicos le empezaron a recomendar una dieta más estricta. A veces se tropezaba con Sor Fernanda en los pasillos de su residencia, cuando ella regresaba de hacer la compra, y le pedía que le mostrara la cesta. Cuando se tropezaba con las viandas que le recomendaban los médicos, el Papa fruncía la boca con un mohín de desagrado Los peregrinos rezaban ayer en la basílica de San Pedro, reabierta por la mañana menos gordas- -desde luego que yo, a juzgar por sus condiciones atléticas. La que parece capitanear el grupo se llama sor Faustina, en honor de la mística Faustina Kowalska, predilecta de Juan Pablo II e impulsora de la devoción a la Divina Misericordia. Sor Faustina aún no habrá alcanzado la treintena; tiene las mejillas sonrosadotas, la sonrisa pizpireta y unos ojillos de azogue, inquietos y de un color que no acierto discernir, entre el azul veronés y el siena. AP Peregrinos supervivientes Las veo marchar desde el portalón, tentado de acompañarlas en su paseo premioso, tentado de seguir reflejado en los ojos de Sor Teresa, que aún se vuelve para despedirse de mí, sosteniéndose la toca con unas manos ojivales. Sigo mi caminata hasta San Pedro, donde las hordas de turistas empiezan a causar estragos; en algunos descubro ese gesto ahíto y un poco soplapollas que se les queda a los lectores más crédulos de Dan Brown, tras digerir su hartazgo de paparruchas. Entre los peregrinos supervivientes, descubro un grupo de kikos gaditanos que esta noche tomarán el autobús de regreso a casa: ni siquiera ellos, que son unos atletas del entusiasmo, logran sustraerse a una tristeza que ablanda sus facciones y desvencija sus andares y lastima su voz, erosionada de tantas vigilias; tendrán tiempo suficiente para reponerse antes de volver al tajo en Ámsterdam, donde el nuevo Papa se reunirá con la juventud, tomando el testigo de Juan Pablo II. La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte. Me recuesto sobre el obelisco de la plaza y siento ganas, como los tigres de Villa Borghese, de lanzar un rugido lastimero, suplicando al cielo que me conceda el don de descifrar la escritura de Dios. Pero hoy el mundo es un borrón de tinta desleída que no acierto a leer. No estoy encabritado, ni siquiera intranquilo. Tan sólo triste, como si hubiese enviudado de repente. En la cima del monte Terminillo Habla un inglés un poco comanche, pero compatible en cualquier caso con mi inglés arapajoe: Ayer estuvimos con la madre Tobiana, que nos ha entregado una carta para nuestra comunidad de Cracovia- -me secretea- Sor Tobiana está muy afectada por la muerte del Santo Padre, pero encuentra alivio recordando sus anécdotas. Al Papa le gustaba improvisar excursiones, cuando sus obligaciones se lo permitían; y Sor Tobiana tenía que correr detrás de él con el maletín de los medicamentos. En cierta ocasión lo estuvo buscando durante horas por las dependencias de Castelgandolfo, adonde se suponía que tendría que haber regresado, una vez concluida una audiencia general en el Vaticano; pero llegó la noche y el Santo Padre no aparecía. Luego supieron que había hecho desviar su helicóptero hasta la cima del monte Terminillo, porque deseaba sentir el crujido de la nieve en las plantas de los pies. A la mañana siguiente, Sor Tobiana no se privó de soltarle una reprimenda; y el Santo Padre, cabeceaba en señal de arrepentimiento Las compañeras de Sor Faustina estallan en una risa que calificaría Fieles y religiosos se protegían ayer de la lluvia que cayó en Roma AP