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52 Sociedad SEDE VACANTE EN EL VATICANO LUTO EN ROMA DOMINGO 10 4 2005 ABC La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte La tristeza de las fieras El viento que soplaba la tarde del viernes sobre Roma trajo al fin la lluvia, una lluvia sin dramaturgias ni estrépito, paciente y cursiva como la caligrafía Juan Manuel de un amanuense. Desde Prada pués de escribir la cróEnviado especial. Roma nica para ABC, salí a la calle a comprar tabaco. Roma tenía ese aspecto desolado y clandestino de las arquitecturas soñadas por De Chirico. Dirigí mis pasos hacia Villa Borghese, un bosque enjaulado que la oscuridad erizaba de miedos; detrás de sus tapias, la fronda amortiguaba la lluvia, exhalando un olor pútrido y dulcísimo. Me pareció oír, de repente, elevándose sobre las copas de los árboles, una algarabía en la que creí distinguir el barritar de un elefante, tal vez también el rugido de un tigre, que como cualquier borgiano sabe esconde en su piel la escritura de Dios. Asalté a un romano que avanzaba por la acera con las manos resguardadas en los bolsillos, fugitivo de la lluvia como yo mismo, y le pedí que se detuviera un instante, para escuchar aquel rumor en el que se congregaba el vertiginoso atlas: Son las fieras del zoológico me tranquilizó, antes de proseguir su camino. Durante unos minutos permanecí quieto, tratando de descifrar aquel lenguaje confuso que convertía Villa Borghese en una nueva arca de Noé: en su música subyacía un estribillo lúgubre, con algo de réquiem desorganizado y algo de responso bronco. Como las fieras del zoo, yo tampoco logré conciliar el sueño. A la mañana siguiente volví a Villa Borghese; la lluvia que no había cesado de arañar las ventanas de mi cuarto seguía descendiendo sobre Roma, litúrgica como un hisopo. En el Giardino Zoologico, los cuidadores de las fieras no salían de su estupor. Giuseppe, un veterinario de melena recogida en una coleta y brazos membrudos, seguramente ejercitados en el forcejeo con los gorilas, me habla con una voz apabullada por el asombro: No han pegado ojo en toda la noche. Pero no estaban encabritados, ni siquiera intranquilos. Tan sólo tristes, como si hubieran enviudado de repente Frente a nosotros, un par de jirafas se acuclillan en el suelo, como avergonzadas de su cuello fisgón, que quizá les permita otear desde aquí la cúpula de San Pedro; más allá, los chimpancés se hallan reunidos en un corro silencioso, tapándose pudorosamente el rostro, como asistentes a un velatorio que prefieren mantener incógnitas sus facciones, para que nadie espíe el curso de sus lágrimas; el pelaje rayado de las cebras tiene una tonalidad mustia, grisácea, casi presidiaria; la mirada de las gacelas ha extraviado su barniz y su vivacidad; los búfalos mugen y escarban la tierra con sus pezuñas, con los cuernos a media asta; las aves han olvidado su canto ecuménico bajo el ala; los elefantes, que anoche dirigían el concierto quejumbroso, bambolean la trompa a izquierda y derecha, como si quisieran tañer una campana, y contemplan a los escasos visitantes con infinita lástima. Llevo quince años trabajando con ellos y jamás había visto nada parecido me asegura Giuseppe. Pero no se atreve a explicar con argumentos sobrenaturales la razón de tanta tristeza. Aleteo de palomas Dejo atrás el silencio funeral de Villa Borghese y emprendo una larga caminata de casi dos horas hasta San Pedro. Roma se agrieta con la lluvia, Roma mata a sus habitantes cuando llueve escribió Rafael Alberti, en alguno de aquellos poemas que escribió en su casa de Montserrato, 20. La ciudad tiene ese aire devastado de los caserones acribillados de goteras; las fachadas de los palacios, de un color de canela herrumbrosa, parecen a punto de desmigajarse. Busco las callejuelas más recoletas, huyendo de los coches que me bautizan con el agua de los charcos, para mejor disfrutar de mi soledad; en una de estas callejuelas me tropiezo con media docena de monjas polacas, Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, la misma congregación de Sor Tobiana Sobodka y de las otras cuatro hermanas que acompañaron al Papa en su agonía. Visten hábitos negros, que se alzan levemente para evitar que se mojen; de sus tocas sobresalen unos plastrones almidonados, deliciosamente anacrónicos, que acompañan su carrera con un aleteo de palomas despavoridas. A fuerza de insistirles, consigo que se detengan cuando ya estoy a punto de echar los bofes; todas ellas son muy jóvenes, más jóvenes o