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ABC SÁBADO 9 4 2005 Los sábados de ABC 107 Un grupo de trompetas y tambores procedente de la Dinastía Tang abre el desfile que casi tiene la misma población que España (36 millones de habitantes en sus 200.000 kilómetros cuadrados) En aquella época, el místico jefe Huang Di dirigía una de las tribus más fuertes que luchaban por el control del río Amarillo, por lo que formó un gran ejército con el que consiguió someter a sus rivales tras imponerse en 56 batallas. Con una amplísima franja de terreno conquistada, introdujo la agricultura entre sus súbditos y, por ese motivo, fue denominado el emperador amarillo el color de la tierra. Huang Di implantó la medicina, acuñó monedas de bronce, invento barcos y flechas y dividió sus dominios en provincias miles de años antes del primer imperio instaurado por la Dinastía Qin. Debido al fuerte respeto por los antepasados que impone la tradición confucionista china, el culto a tan ilustre héroe se ha erigido como el principal evento de la Fiesta Qingming. La ceremonia se celebra siempre durante la quinta jornada del cuarto mes lunar, que este año cayó en el pasado martes. Ese día, desde hace más de 2.000 años, miles de personas se congregan en el mausoleo de Xuanyuan. Allí reposan los restos del emperador amarillo en una tumba situada a 180 Km de la ciudad de Xi an, conocida por sus famosos guerreros de terracota y capital durante más de un milenio de 13 dinastías imperiales, entre ellas la todopoderosa estirpe Tang. A los pies de la tumba de Huang Di, enclavada en la cima del monte Qiaoshan se alza un templo donde no sólo se dan cita los vecinos de la cercana localidad de Huangling, sino también legiones de personas procedentes del resto de la provincia minera de Shaanxi y de todo el país. Todos rinden tributo al emperador amarillo en una ceremonia que comienza, a las 10.00, con los 34 toques percutidos sobre un descomunal tambor, uno por cada provincia y región autónoma del coloso oriental. EL GUINDO MÓNICA F. ACEYTUNO MIENTRAS HAYA LÁGRIMAS ientras no se secan las lágrimas, nadie habla mal de los muertos. A veces me he preguntado si hablar siempre bien del fallecido, ya sea en el funeral o a las puertas del tanatorio, donde el muerto siempre era buenísimo aunque no lo fuera, como si la muerte le hubiera convertido en alguien mejor de lo que era; me he preguntado a veces, escribía, si no responderá este comportamiento a un miedo ancestral a esa cosa abstracta en la que creen hasta los no creyentes, que es la suerte y la mala suerte que pudiera acarrearnos hablar mal del hombre convertido ya en fantasma, que además pudiera vengarse y aparecérsenos y perseguirnos porque, de haberlos, puede que haya alguno con muy mala sombra, si es que un fantasma puede tenerla. A lo mejor se trata de una parte de nuestro natural instinto de supervivencia, una suerte de lucha por la vida más allá de la vida, una cierta precaución del subconsciente que nos aleje de esos imponderables que son la enfermedad, el accidente o el infortunio. Y sin embargo, incomprensiblemente, se ha dado voz y micrófono estos días a todo aquel que quisiera hacer una declaración con perfil de montaña, quiero decir, una de esas intervenciones por las que sube la voz apresuradamente diciendo tal o cual elogio para llegar lo antes posible al pico, que es el pero y rodar después cuesta abajo con tanto resentimiento acumulado en la garganta que lo que sale al final no es una voz humana sino algo parecido al jadeo de un ganso cuando imita a una serpiente. Para entonces el que pregunta grazna ya como un cuervo, y no es una mano la que sostiene el micrófono, sino una zarpa. El hombre se vuelve animal cuando no sabe esperar a que se sequen las lágrimas. He leído que el cariño de tantos fieles no servirá para beatificar a Juan Pablo II; empero, habrá que tener en cuenta las declaraciones irrespetuosas e insensatas. Esa falta de temor a la venganza o el infortunio, ese hablar o facilitar que se hable mal del que aún estaba siendo llorado, ese tirar la piedra sabiendo que se estaba lanzando a un lugar seguro, puede que sean las pruebas irrefutables de que el hombre cuyo funeral celebramos ayer, no era un hombre cualquiera, sino un santo. M Miles de personas se han concentrado estos días a los pies del monte Qiaoshan, donde reposan los restos del emperador Huang Di, para rendir tributo al ancestro común de los chinos Los tambores en la cintura son propios de la zona de Wanan y de la ciudad de Huangling Un conjunto de bailarinas ataviadas con trajes tradicionales representa la devoción que los chinos sienten por el emperador amarillo Un ciprés de 4.000 años La fiesta es una auténtica eclosión de música, danza y color. Para empezar, varios grupos ataviados con indumentarias tradicionales protagonizan un espectacular desfile desde el ciprés que preside la entrada al templo, que tiene más de 4.000 años y se supone que fue plantado por el propio Huang Di, hasta el escenario donde se realiza la ofrenda floral. Abre la comitiva un batallón de soldados con uniformes procedentes de la Dinastía Qin, la primera que unió a todo el país. Con aire marcial y empuñando sus lanzas, los militares marchan al estruendoso son marcado por una banda de trompetas y tambores del linaje Tang, que llevó el máximo esplendor a China desde el año 618 hasta el 907. Al lado de estos músicos, una escuadra de niños baila de manera acrobática al tiempo que hace sonar las percusiones que llevan a la altura de la cintura. Por último, dos conjuntos de bellas bailarinas representan la devoción y entrega del pueblo por el emperador amarillo antes de que un gran globo con forma de dragón sobrevuele el escenario. De esta manera no sólo hace su aparición el símbolo más característico de China, sino que también se interpreta la mitológica muerte de Huang Di. Según cuenta la leyenda, un dragón amarillo bajó de las nubes cuando el jefe tribal tenía ya 110 años y, debido a todos los logros que alcanzó bajo su mandato y a la proliferación de la agricultura entre sus súbditos, se lo llevó para siempre al reino de los cielos como recompensa.