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72 Tribuna SÁBADO 9 4 2005 ABC U N fuera de serie, una figura excepcional, en cinco siglos no ha tenido la Iglesia Católica un ser humano tan rico, complejo, sólido atractivo, coherente, singular, verdadero. Yo le llamaría el San Pablo del siglo XX. Su complejidad se agolpa en nuestro interior y uno no sabe por donde empezar ante la amalgama de ingredientes que se hospedan dentro de su figura. Ha muerto un hombre de Dios. Un modelo de identidad. Su huella es difícil de medir. Habla de Dios, de Jesús, pero trata de expresarse para que todos entiendan sus palabras y se remuevan a mejorar, a dejar una vida mediocre, tibia, propia de una vida acomodaticia, aburguesada. Un ejemplo para todos, del rincón del mundo más lejano. La sencillez de hacerse todo para todos. Paladín de los derechos humanos, defensor de los más desheredados. Amigo de la formación, del conocimiento reposado de los grandes temas de la vida. Signo de contradicción en un mundo demasiado relativista. Conservador y progresista. Amante de las tradiciones y moderno. Poco amigo de la demagogia, pues haber padecido en carne propia el nazismo y el comunismo cura de esa enfermedad. Con fuerza suficiente para ser más amigo de la verdad, que de decir lo que algunos quieren escuchar. Juan Pablo II no encaja en ninguna categoría sencilla de explicar. Su condición es poliédrica. Tiene muchas facetas y a su vez, cada una de ellas se abre en abanico. Las distancias cortas son malas para el retrato de un gran personaje. Hay que alejarse y tomar distancia, para ganar en perspectiva y poder analizar todo lo que reside dentro de él. Quiero destacar los siguientes aspectos de su personalidad y de su obra: 1. Profundamente humano. Todo lo que se refiere a la vida humana es tratado por él con un señorío extraordinario. Hay mucha información de periodistas, personas cercanas, médicos y gente que le ha tratado con frecuencia que comenta esto. Se interesa por cosas concretas del que tiene delante, de su familia, de sus hijos, de planes, retos, sufrimientos... EL HOMBRE COMPLETO QUE DEJA UNA HUELLA GIGANTESCA ENRIQUE ROJAS Catedrático de Psiquiatría Un regalo del cielo, una ventana abierta de luz y serenidad, la valentía y la sagacidad de decir la verdad sobre el hombre Ha sabido mezclar lo humano y lo divino, lo natural y lo sobrenatural, la inmanencia y la trascendencia, lo profano y lo sagrado. Esa ecuación le hace grande, atractivo, próximo. 2. Su preocupación por la paz en el mundo. En sus más de un centenar de viajes esa ha sido la palabra más repetida. En ambientes difíciles, contrarios. Él podría hacer suya la frase de un personaje de Bertrold Bretch: o digo la verdad o mejoro la hipocresía La paz a nivel personal es la puerta de entrada al castillo de la felicidad. A nivel de un estado, es la condición sine quanum para que puedan darse unas condiciones básicas para que esa nación funcione: El Papa de los derechos humanos. 3. Su riquísima percepción del mundo actual. Se ha dicho en muchas ocasiones que Juan Pablo II es una de las personas mejor informadas que existen. Conocimiento que es amor. Y que es sufrimiento. Ver la dureza de tantas injusticias, pobrezas, desigualdades, atropellos, violación de derechos humanos, ignorancias y a la vez, no perder la esperanza de que todo eso puede cambiar y dar un giro positivo. Sus idas y venidas le han dado un saber completo de lo que sucede en el mundo. 4. Para mí como psiquiatra tiene una especial importancia todo lo referente al tema del amor conyugal. En dos textos suyos espléndidos ha dejado bien diseñado lo que debe ser el amor entre un hombre y una mujer. Yendo contra corriente después de las doctrinas de la revolución sexual, que han dado al traste con una visión integra de la sexualidad y que reducen el contacto sexual a una relación epidérmica, superficial, de usar y tirar. Su teología del cuerpo muestra algo esencial: el cuerpo que se entrega a otro no es genitalidad, sino que representa a la persona entera, siendo simultáneamente algo físico, psicológico, espiritual y biográfico. Esa es su grandeza. La sexualidad es un lenguaje cuyo idioma es el amor. Distinguiendo muy bien entre el sexo sin amor y el sexo con amor comprometido y auténtico. Dos textos claves: Amor y responsabilidad y Cruzando el umbral de la esperanza. 5. Juan Pablo II derribó el muro de Berlin con Margaret Teacher y Ronald Regan. Todo empezó en Polonia, con el sindicato Solidaridad y Lech Walesa. En los astilleros de Gdansk en 1980 se atrevió a animarles a pedir libertad y llegó a decir: ¡Basta de mentiras! la renovación moral debe ser la base de donde partir. La gran lección es recuperar la dignidad de la persona, que debe ser tratada atendiendo a toda su integridad, no solo a una parcela de ella. Luego vino el desmoronamiento del muro y la caída de los sistemas comunistas como si se tratara de un efecto dominó. Juan Pablo II apeló a las conciencias de los creyentes y de los no creyentes, de todos los hombres de buena voluntad. Un hombre para la eternidad, un regalo del cielo, una ventana abierta de luz y serenidad, la valentía y la sagacidad de decir la verdad sobre el hombre, un prodigio de espiritualidad cercana y atractiva, elocuente en sus escritos y en sus ges- tos. ¡Que bien sabía Andropov a donde apuntaba cuando intentaron matarlo ¡Lider mundial. En su conducta diaria residían las mejores virtudes humanas con las que puede adornarse una persona. Ejemplo de credibilidad moral. ¡Que lección para tantos políticos que viven pendientes de su imagen, falsificando su realidad, mas pendientes de los de fuera, que de su interioridad y coherencia ¡Como psiquiatra, me preocupa que existan ejemplos positivos que imitar. Cuando las televisiones de muchos sitios se dedican a dar horas y horas de personajillos sin mensaje, con vidas rotas en serie, contadas al detalle, para que la gente la vea como pasatiempo, con morbo y divertimiento a la vez, la vida de Juan Pablo II es un bofetón tremendo a esos tiempos muertos repletos de basura en donde vemos existencias marcadas por incoherencias encadenadas. ¿Qué lección nos da este hombre a cada uno? Empeñarnos en hacer de nuestra vida una pequeña obra de arte, cada uno según sus posibilidades, situación y nivel. Trabajar con amor, pensando en hacer algo por los demás, viendo en el otro una posibilidad estupenda de darle lo mejor que tenemos (en lo profesional, en lo afectivo, en la amistad) Me gustaría ser al menos el niño de los recados de Juan Pablo II, haberle podido llevar sus papeles... ¡que privilegio han tenido los que han vivido tanto tiempo a su lado! Recuerdo hace un par de años, en uno de mis viajes a Roma, una comida con Joaquín Navarro- Valls, Isabel mi mujer y yo: duró casi tres horas, hablamos de muchos temas, el portavoz es además de todo, psiquiatra, y su visión del ser humano tiene el prisma que da esa profesión y me dijo: Juan Pablo II es una persona superior, a su lado quieres ser mejor, corregir tus defectos, sacar lo mejor que hay dentro de ti, aprovechar la oportunidad para dejar lo vulgar y aspirar a lo excelente. Termino con un fragmento de García Lorca, del llanto por la muerte de Sánchez Mejías, acomodado a este nombre fuera de serie: tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un ser humano tan claro, tan rico de aventura. N el añorado huerto de mi infancia (jamás volverá a existir otro huerto como aquél, aunque sólo sea porque tampoco se repetirá mi infancia) crecía un hermoso melocotonero que nada tenía que envidiar al melocotonero de la Madre Wang, en la remota China de las sedas y de los mandarines estrábicos. ¡Alto ahí, caballero! -exclama mi censor particular, que llevo siempre escondido en el bolsillo cerillero de mi chaqueta y que suele interrumpir todos mis ensueños- ¿Cómo puede usted pensar tamaña insensatez? ¿Cómo es posible que se atreva usted a comparar el melocotonero de su huerto con los que crecían en el jardín de la Madre Wang? ¿Cómo puede decir semejantes tonterías un hombre, por mucha nostalgia que sienta de su infancia? ¿Es que acaso la madera de su melocotonero infantil era capaz de ahuyentar a los malos espíritus, como hacían los melocotoneros chinos? ¿Sirvieron acaso las hojas de aquel melocotone- E A PROPÓSITO DE UN MELOCOTONERO JAVIER TOMEO Escritor ro aragonés para confeccionar hechizos? ¿Daban asimismo sus frutos cada mil, tres mil o nueve mil años, como el que crecía en el jardín de la Madre Wang? ¿Aseguraban también la inmortalidad a todos los que comiesen de ellos? Guardo silencio. No puedo, por supuesto, replicarle. La nostalgia, en ocasiones, es mala consejera y en mi fuero interno no me queda más remedio que reconocer que el melocotonero de mi huerto infantil no tenía mucho que ver con aquel gran melocotonero chino que hundía profundamente sus raíces en las doce grutas que conducían a las regiones de la Muerte y la Inmortalidad. Aun siendo hermoso, mi melocotonero fue mucho más humilde. Crecía en la parte más alta del huerto, junto a la acequia y puede incluso que ni siquiera fuese demasiado frondoso. Cuando aquel árbol y yo nos conocimos, habría cumplido ya los trece o catorce años, no le quedaba mucho tiempo de vida y tal vez por esa razón los frutos que dio aquel verano fueron especialmente dulces. Tal vez, al verse tan cerca del fin, el árbol armonizase como nunca en sus postreros melocotones toda la profunda sabiduría de la tierra, del agua y del sol en perfecta síntesis. Todavía hoy recuerdo aquellos melocotones aterciopelados, con la pulpa tierna y jugosa y tan aromáticos que acababan transmitiendo su aroma al vino en el que mi madre solía dejarlos durante algunos días en remojo. ¿Melocotones con vino? -se sorprende mi censor, que nació en el extranjero y no conoce las costumbres de mi tierra. Ahora soy yo quien no quiere continuar hablando de días que quedaron atrás irremediablemente. Prefiero cerrar los ojos y quedarme en silencio recordando el vuelo circular de los sapientísimos buitres sobre las ruinas del castillo y evocando el aroma de frutos que ya no existen. Los recuerdos, decían los chinos, tienen más aroma que un bosque de lilas en plena floración. No importa que hagan más profunda nuestra soledad y que, en cierto modo, nos conduzcan al país de los muertos.