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ABC SÁBADO 9 4 2005 Nacional 43 Habíamos ido a cenar mi marido, José Arturo Rodríguez Pato, Mercedes Dresh Recarte, una compañera del Citybank, donde yo trabajaba, y que resultó muerta, su novio, con el que se iba a casar en unos meses, y yo. Mi marido pertenecía al servicio de seguridad de Presidencia del Gobierno, tras una oposición que había ganado, con el número uno, el 1 de marzo anterior, y por la que no llegó a cobrar ninguna nómina. Tenía 33 años. Nos quedamos en la barra a la espera de mesa. Había un botellín con un vaso y una bolsa de deporte en el suelo. El asesino pasó por detrás del novio de mi amiga. Me miró a los ojos. No tenía pinta de árabe, aunque dicen que algunos son con el pelo y los ojos claros, y, si mal no recuerdo, llevaba bigote. Vi como cogía la bolsa y se terminaba la cerveza. Pasó muy poco tiempo hasta que todo estalló De segunda clase Cristina quedó sepultada dos horas bajo los escombros con el pecho pegado a las piernas. Como pude, saqué una mano y moví los dedos para pedir ayuda. El dolor era insoportable. Alguien de Cruz Roja, al que nunca pude encontrar, vio los dedos Tres días después me dijeron que mi marido había muerto. Fue mi padre, que entró en la habitación del hospital con un ramo de flores. Era mi cumpleaños Y a Cristina, hoy una de las voces más importantes de la Asociación de Víctimas del 11- M, le puede el llanto por el que se disculpa. ¿Por qué será que las víctimas andan siempre pidiendo perdón? No sé de dónde saqué fuerzas. No podía andar. No podía levantarme. Sufrí heridas físicas muy graves y un estrés postraumático diferido de más de diez años, que no valora el tribunal. Al principio, hablaba de accidente y he tardado mucho tiempo en ser consciente de que ese día me quisieron asesinar y mataron a mi marido. ¡Una década en hacerme cargo de lo que había pasado! Estar en contacto con las víctimas del 11- M me ayuda porque reconozco en ellas cosas que antes no era capaz de ver en mí. Hoy sé que aquel día de hace 20 años me robaron la vida Cristina también tiró para adelante por por su cuenta, y por la de sus familiares y amigos, que la asistieron en un auténtico laberinto burocrático del que aún no ha salido. Porque entonces el apoyo institucional o del Estado era cero. Nunca nadie llamó para preguntar si vivía o me había muerto. Por eso, a los del 11- M les digo que valoren todo lo que tienen, que todo lo que hay ahora es producto del sacrificio de muchas otras víctimas que no recibieron nada siendo, todos por igual, responsabilidad del mismo Estado No cabe duda- -añade- -de que hemos sido víctimas de segunda clase y una isla en medio del océano de las víctimas de ETA. Ni siquiera nos conocemos entre nosotros: he sabido de dos damnificados de El Descanso porque también han sufrido el 11- M. Para nosotros jamás ha habido justicia Sólo el principio y el fin de una explosión, heridas y muerte. Y el más frío olvido, que el próximo martes, cuando se cumplan los 20 años de aquel horrendo crimen, quieren templar 18 claveles blancos engarzados, al mediodía, entre el Bosque de los Ausentes. Tras la explosión, el restaurante barbacoa El Descanso quedó reducido a escombros heridas en el abdomen y el pecho- -de las que hace diez años todavía le hubieron de sacar un trozo de ladrillo destrozos en la pierna izquierda, uno de los dedos de la mano derecha que no lo ha vuelto a doblar... Sus heridas físicas tardaron en curar, aparentemente, ocho meses; las psicológicas y, más aún, las del alma no se las miró nadie. El calor que no tuvieron Luego, al brutal golpe del terror le siguió el calvario del olvido. Los dos años siguientes- -recuerda Vicente- -fueron muy malos. Me quedé sin trabajo, y entonces estaba pagando mi piso, los muebles... Tenía 32 años, una mujer y un niño chiquitito. Lo pasé muy mal, y, digo yo que aquello debían de ser como depresiones, pero ya ve usted qué psicólogos nos iban a tratar a nosotros. Después, cuando me he enterado de otros atentados, la cabeza parece que me va a estallar y luego paso dos semanas muy fastidiadas. Hace justo un año me operaron de una hernia. Era el 10 de marzo, y al día siguiente, el atentado. Y yo sin poder escapar, sin poder salir como hago siempre, allí angustiado, amarrado a la cama del hospital. Y es que intentas olvidar con todas tus fuerzas, pero no se puede Ahora veo que el calor de la gente ayuda, ese calor que no tuvimos. Cómo nos hubiera ayudado el recuerdo de la gente, que alguien se hubiera preocupado por nosotros... Pero de Vicente y del resto de los heridos no se ocupó nadie y cada cual se buscó la vida como pudo. Él fue al paro y no recibió una sola peseta de indemnización. Económicamente nadie nos hizo caso. Eso se quedó parado. Nadie nos dijo tenéis que ir a tal sitio. Yo, ni he sido víctima oficial ni nada. Fuimos parcheando... Yo, tirando, gracias a un vecino y a un señor que trabajaba en Ciudad Pegaso- -la emoción Ernest Lluch, entonces ministro de Sanidad y que sería asesinado por ETA, visita a un herido, que el día del atentado celebraba su cumpleaños El PSOE, hace veinte años, también achacó la autoría de la masacre del restaurante El Descanso a ETA ahoga su voz- que se acercó hasta mi casa a darme un dinero... Perdón... se disculpa por las lágrimas que le impiden seguir hablando Luego, Vicente, como todos, se retorció pensando en un porqué, ¿porque había americanos de la base? ¡Pero si a esas horas no quedaba casi ninguno! El propietario del restaurante, José González, -que no quiere participar del recuerdo por dolor y porque no queremos publicidad negativa -había denunciado su temor a algún percance cuando en las marchas anti OTAN se escuchó algún insulto contra su establecimiento. Pero veinticuatro horas después de la matanza, el Ministerio del Interior, que entonces dirigía José Barrionuevo, sostuvo que el ataque, para el que usaron 15 kilos de cloratita, había sido obra de ETA en colaboración con grupos euroterroristas Y eso pese a que en la jornada siguiente al ataque terroristas de la Yihad Islámica reivindicaron la autoría de la matanza desde Beirut. Entonces, Madrid andaba de preparativos en vísperas de la visita oficial del presidente norteamericano Ronald Reagan a la capital del Reino. No hubo, como ya se ha dicho, ningún detenido. Y Cristina Salado, que vio la cara del asesino de su marido, no puede comprenderlo, esperando que el tiempo enterrara definitivamente aquella atrocidad para la que ni siquiera hubo un recuerdo oficial en su primer aniversario.