Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 9 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II EXEQUIAS DEL PAPA ESPAÑA, EN EL VATICANO 17 Los restos mortales de Juan Pablo II, portados por los silleros, pasan por delante de las autoridades y los Reyes de España, que muestran su respeto AFP LA VIDA NO SE OLVIDA NUNCA ISIDRO CATELA MARCOS Director de la Oficina de Comunicación de la Conferencia Episcopal Otros miembros de la delegación española. A la izquierda, Duran Lleida, Maragall y Pedro Sanz. Arriba, Alicia Castro, Acebes y Zaplana. En el centro, José Enrique Serrano EFE a muerte de un Papa viene siempre revestida de un halo vital que la hace aparecer ante nuestros ojos como una muerte menos mortal que el resto. Los incrédulos creen que la diferencia entre la muerte de un Papa y las demás muertes del mundo se reduce a su aspecto mundano: más repercusión social, más titulares de prensa, más conversaciones de café y ya está, porque la vida pasa y la nada queda; los periódicos, tras ser ojeados, irán, como siempre, a envolver con sus hojas otro pescado azul y la fumata volverá a ser blanca y nos anunciará a otro Juan Pablo, que sería el tercero. Y así la historia va y viene, azaro- L sa, proclamando, en este caso, que el Papa ha muerto y que viva el Papa. Los creyentes, en cambio, sabemos que la vida no se olvida nunca e intuimos la invasión luminosa que se apodera de nuestra negrura: la muerte. Ninguna vida humana se esfuma y se va a la nada, porque la Historia no va y viene, sin más, sino que se entreteje para hilar esa hermosa esperanza llamada sentido, que palpamos a diario con nuestra experiencia de un Dios hecho hombre, muerto y resucitado. El Papa Wojtyla se nos ha ido con el Padre en pleno tiempo Pascual, apenas despierto el mes de abril. Su vida ha sido, es y seguirá siendo un diario de resurrección para la Iglesia y para el mundo, escrito de manera festiva, como se escribe la primavera misma en estos días en los que se nos van todos los temores de los hielos invernales y se nos quedan, cosidos a la memoria, los brotes verdísimos de una vida nueva sin fin y sin olvido.