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ABC SÁBADO 9 4 2005 En la muerte de Juan Pablo II EXEQUIAS DEL PAPA LUTO EN ROMA 15 frío en las cunetas y dormir bajo la marquesina de gasolineras inhóspitas y compartir el condumio con camioneros que tenían empapelada la cabina con fotos de la neumática Pamela Anderson, que es algo así como la santa patrona contra los pinchazos en carretera: pero el frío les ha aquilatado la fe y las noches al raso les han permitido contar la descendencia de Abraham y, por si fuera poco, consiguieron que un camionero abriera un hueco entre su abrumador collage sicalíptico para colocar una estampa del Papa. Cuando los dejó en la frontera francesa, el camionero, que hasta entonces les había parecido un hombre hosco, o al menos lacónico, les pidió que rezaran juntos un padrenuestro. Nos confesó que hacía quince años que no rezaba, que había perdido la fe el día que un hermano suyo murió de sobredosis- -recuerda Mario- pero que oyéndonos hablar había sentido como si una compuerta que permanecía cerrada dentro de él se hubiese por fin abierto En lugar de despedirse con el consabido apretón de manos se fundieron los tres en un abrazo; el camionero les pidió que rezaran con él, para que recuperase la fe y también para que algún día volviese a encontrarse con su hermano en el cielo. Antes de la bendición final, el grito se hace salmodia, se hace letanía, se hace marea insistente: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Algunos peregrinos se derrumban sobre los adoquines de la plaza, exhaustos el cardenal Ratzinger introduce en su homilía; pero antes de la bendición final, el grito se hace salmodia, se hace letanía, se hace marea insistente: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Las columnatas que flanquean en semicírculo la Plaza de San Pedro actúan como frontón de ese grito que junta en un mismo haz cientos de miles de gargantas; sobre el ataúd que encierra el cadáver del Papa, el viento remueve las hojas del Evangelio, buscando alguna cita que legitime esta petición unánime. El viento es un teólogo urgente que agiliza las causas de canonización, un hábil relator que traspapela trámites engorrosos y superfluos. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! corea la multitud; el eco de esa palabra rebota sobre la fachada de la basílica, hace ondear el cortinón de terciopelo grana que desciende desde el dintel de la Puerta Filarete, parece incluso que impulsa el tañido de las campanas. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! El frío y la carne Mario e Iñaqui comparten conmigo una rebanada untada en un paté no demasiado católico; ambos desprenden un olor como de tigre somnoliento, pero hasta los efluvios de ese hedor tienen un no sé qué honrado y fraterno en esta hora en la que el frío se empieza a inmiscuir en la carne. Navego la noche con estos peregrinos que, de haber acompañado al Galileo a Getsemaní, no se hubiesen mostrado tan remolones como los Apóstoles. Cuando regreso al hotel, en las estribaciones del amanecer, tengo que hacerlo salvando sus cuerpos tendidos. Los carabinieri ya se han apostado en las calles que conducen al Vaticano, para encauzar el deambular de los peregrinos y el tráfico de los automovilistas despistados; las legañas les brillan en los párpados como migajas de ámbar, y la barba les crece insomne, como soliviantada por la alteración de los horarios. Unas horas más tarde, cuando la misa de exequias fúnebres dé comienzo, tendrán que espantarse las últimas hilachas del sueño y vociferar hasta desgañitarse para que sus órdenes no queden apabulladas por ese río humano que pugna por romper las esclusas y desembocar en la inaccesible Plaza de San Pedro. A través de pantallas gigantes de televisión, la multitud atisba la llegada de los gerifaltes que ostentan, en régimen de minifundio, el poder terrenal; todos ellos tienen un no sé de chisgarabises o chiquilicuatros, comparados con el hombre cuya muerte han venido honrar, siquiera de boquilla. Las pancartas se hinchan con el viento de la mañana; en muchas de ellas se repite un mismo mensaje perentorio: Santo subito Es el grito más repetido en las dos horas largas que dura la ceremonia: al principio restalla como un disparo seco, proferido por francotiradores dispersos que aprovechan las pausas que El rayo de la Historia Cuando la misa concluye, algunos peregrinos se derrumban sobre los adoquines de la Plaza, exhaustos o quizá tan sólo traspasados por el rayo de la Historia, que en estos días en que se detuvieron los relojes y el curso de la sangre en las venas los ha elegido como protagonistas. A medida que se desaloja la Via della Conziliazone, Roma adquiere un aspecto expoliado, como de salón de baile del que hubiesen desertado los invitados, dejando al anfitrión la tarea menos gratificante de la limpieza. Los camiones de la basura empiezan a cumplir su función, puntuales e impávidos como tanques. Uno de esos camiones, que despide agua a presión sobre las aceras, lava la mugre que se ha ido sedimentando sobre los adoquines en estos días de trasiego; a su paso, la gente se retira despavorida, salvo una muchacha que permanece de rodillas, enarbolando una bandera polaca. Cuando ya parece que el camión la va a empapar, cuando ya nada parece que pueda librarla del remojón, el conductor corta el flujo del agua sin apagar el motor, avanza unos pocos metros y vuelve a restablecerlo, como en aquella película de Billy Wilder donde los camiones de riego de París respetaban el beso de los enamorados. Un aplauso recompensa su gesto. El viento despechado remueve y desencuaderna las hojas de los periódicos atrasados, que ascienden al cielo como pájaros ateridos. Por la ventanilla del taxi, las veo bailar en el aire, zarandeadas por el golpe de una y otra ráfaga: en todas ellas, vislumbro la efigie de Karol Wojtyla, rumbo al cielo de las mitologías. Las lágrimas se apoderaron ayer de miles de fieles REUTERS