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14 En la muerte de Juan Pablo II EXEQUIAS DEL PAPA LUTO EN ROMA SÁBADO 9 4 2005 ABC El padre Andrzej, párroco en Wadowice, la localidad natal de Karol Wojtyla, se pasea entre los grupos, repartiendo botellas de agua y también mantas que ayudarán a sus feligreses a combatir el frío Navegando la noche Al caer la noche del jueves, las calles adyacentes a San Pedro se convierten en un albergue a la intemperie. El cansancio empieza a hacer mella en los peregrinos; muJuan Manuel chos de ellos han hede Prada Enviado cho colas de diez, quinespecial. Roma ce y hasta veinte horas para alcanzar a vislumbrar, apenas durante unos segundos, al Papa yacente, después de un viaje en autobús de otras tantas diez, quince y hasta veinte horas. La noche que ya se echa encima se ha tornado desapacible; un viento todavía tímido culebrea a ras de suelo. En el Ponte Sant Angelo, las divisiones del Papa vivaquean y extienden sus sacos de dormir; sobre los pretiles, cientos, acaso miles de lámparas votivas prenden su luz diminuta y apenas bisbiseada para conjurar el reino de las sombras. Diríase que las aguas del Tíber jamás hubiesen leído a Heráclito; tal vez sea la llama de las velas la que actúa sobre ellas como un conjuro, deteniendo su curso. El Castel Sant Angelo se recorta sobre los estertores del ocaso, como un mamut que durmiese panza arriba, mostrando su boca desdentada; a sus pies, acampan los scouts polacos: su uniforme verde oliva, sobre el fondo almenado del castillo, otorga a la estampa un aura levemente marcial. En los corros de jóvenes ha empezado a brotar un murmullo unánime: rezan el rosario en un babel de lenguas, como en una celebración renovada de Pentecostés. Otros oran con canciones que traen en sus estrofas esa jubilosa abnegación de las razas nómadas. El padre Andrzej, párroco en Wadowice, la localidad natal de Karol Wojtyla, se pasea entre los grupos, repartiendo botellas de agua y también mantas que ayudarán a sus feligreses a combatir el frío; aunque, como él mismo me asegura, el alma polaca no requiere de abrigos para irradiar calidez. El padre Andrzej, además de cura es pintor; él mismo se ha encargado de decorar las paredes de su templo, allá a orillas del río Skawa; encarna el modelo del Wawro, una especie de híbrido entre filósofo, artista y campesino cuyas obras primitivas- -me enseña algunos de sus dibujos: afligidas figuras de Cristo, Vírgenes de belleza despeinada y apenas núbil- -aspiran a interpretar el espíritu popular. El padre Andrzej es jocundo y rechoncho, con una sotabarba rubiasca que se extiende sobre su papada como un bosque calcinado; mientras paseamos por la ribera del Tíber, introduce en su conversación risotadas que desvelan a las estatuas del Palazzo di Giustizia y las hacen tambalearse sobre sus pedestales. Juan Pablo también era un Wawro- -afirma- él supo mejor que nadie fundir la piedad del pueblo llano con una cultura elevada Quizá en esta frase se resuma mejor que en un mamotreto de mil páginas la personalidad contagiosa del titán que mañana será enterrado. Aunque los polacos imponen su mayoría apabullante, tampoco faltan españoles entre la multitud desvelada. Como Mario e Iñaqui, un par de chavales murcianos, un poco hippies y un poco franciscanos, que decidieron poner a prueba su paciencia y a salvo su bolsillo, coronando una hazaña que concluyó apenas unas horas antes: cuando supieron que había muerto el Papa, decidieron que llegarían a Roma haciendo auto- stop y viviendo de la caridad, para demostrarse que aún quedaban hombres de buena voluntad por los caminos de Europa; han tenido que pelar El feretro con los restos de Juan Pablo II durante su traslado a la plaza de San Pedro REUTERS