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12 En la muerte de Juan Pablo II EXEQUIAS DEL PAPA LA CEREMONIA SÁBADO 9 4 2005 ABC Una ráfaga de viento agitó las casullas de los cardenales que se dirigían a besar el altar durante la misa que se celebró en la plaza de San Pedro Viene de la página anterior Al terminar la misa se cantaron, como responso de la Iglesia romana, las letanías de los santos. Después vinieron los cantos en griego de las Iglesias Orientales, que citan los Evangelios en el idioma en que fueron escritos, y que empezaron a sonar, en Antioquía de Siria y en Armenia, en los primeros siglos del cristianismo. Juan Pablo II siempre invitó a los cristianos a respirar con dos pulmones, el de Occidente y el de Oriente, cuyos tesoros espirituales animaba a conocer en una de sus cartas apostólicas, Orientale Lumen Era una escena de gran belleza, pues el viento hacía flamear como un arco multicolor en torno al féretro, los ornamentos de los diversos patriarcas de las antiguas iglesias del Oriente. Los patriarcas ortodoxos El Papa quería haber ido el pasado 27 de noviembre a Estambul para entregar personalmente las reliquias de San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo dos grandes santos que habían sido patriarcas de Constantinopla en los siglos IV y V, mucho antes del cisma de 1054. No era ya posible cumplir ese sueño, pero el Patriarca Ecuménico vino a Roma a recogerlas de sus manos. Y ayer, Bartholomaios I estaba de nuevo allí, delante del féretro de su amigo, acompañado de otros patriarcas ortodoxos como Karekin II de Armenia o Teoctist de Rumanía, que también consideraban a Juan Pablo II un hermano entrañable. El jefe de la Iglesia Anglicana, Rowan Williams, estaba tan emocionado como el día en que vino al Vaticano a saludarle y el Papa le sorprendió regalándole una Cruz pectoral, reconocimiento implícito de una fraternidad en el episcopado que todavía no puede proclamarse a nivel formal. Quienes llevan años presenciando ceremonias papales advertían ayer cosas extrañas en la plaza de San Pedro. El cardenal Marini (izquierda) y Stanislaw Dziwisz, arzobispo y secretario personal del Papa, en el momento de cubrirle el rostro con un velo blanco de seda, antes de salir en procesión hacia la plaza de San Pedro Durante la homilía del cardenal Ratzinger- -que leían en su traducción inglesa o francesa- los mandatarios y líderes de otras religiones asentían lentamente con la cabeza en diversos momentos, a medida que alguna de las frases suscitaba su aprobación. En cambio, los patriarcas de varias Iglesias ortodoxas y orientales, que entienden el italiano, asentían al unísono en los pasajes claves. Cuando Ratzinger mencionó de modo categórico, siguiendo una fórmula casi dogmática, podemos estar seguros de que nuestro amado Papa se asoma ahora a la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice algunos patriarcas se sumaron al aplauso, algo que probablemente no habían hecho jamás, ni en medio de una homilía ni en medio de un funeral. Era un clima único y sin precedentes, intenso para todos pero sobre todo para algunas personas como Lech Walesa, quien ha confesado que cada encuentro con Juan Pablo II me recargaba las pilas. Sin él yo seguiría siendo un electricista en un astillero de Gdansk Emocionante también para el ex rabino de Roma Elio Toaff, la única persona, junto con su secretario Stanislaw Dziwisz, que el Papa menciona en su testamento. Aparte de dolor por haber perdido a quien se había declarado espiritualmente su hermano menor el anciano rabino Toaff sentía todo el peso simbólico de figurar en su testamento, y lo considera un gesto muy profundo POOL para los judíos, y creo que también una indicación para el mundo católico El Juan Pablo II que se asoma ahora a la ventana de la Casa del Padre, nos ve y nos bendice como dijo el cardenal Ratzinger, habrá sonreído al ver que, en su funeral, el presidente de Israel, Moshe Katsav, charlaba en farsi con el presidente de Irán, Mohamed Jatami, sobre la ciudad iraní en la que ambos nacieron. O que Katsav se adelantaba a estrechar la mano del presidente de Siria, Bashar al Assad, quien tomó a su vez la iniciativa para un segundo estrechón de manos. O que intercambiaba un abrazo con el presidente Abdelaziz Buteflika de Argelia, otro país con el que Israel tampoco mantiene relaciones diplomáticas.