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ABC SÁBADO 9 4 2005 11 El sencillo ataúd de Juan Pablo II, en el atrio de la basílica de San Pedro, durante la misa funeral oficiada por el cardenal Ratzinger Grande como título de santidad, el cardenal Ratzinger afirmó ayer que nuestro amado Papa se asoma ahora desde la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice Mientras la gente rompía a aplaudir, el defensor de la ortodoxia católica, que incluye no realizar culto público antes del pronunciamiento oficial, dirigió su oración a Juan Pablo II, asomado a la ventana del cielo, implorando: ¡Sí! ¡Bendíganos, Santo Padre! EPA Extractos de la homilía del cardenal Joseph Ratzinger Santidad, bendíganos desde la Casa del Padre Sígueme esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud Realmente ha ido a todos los lugares, incansablemente, para llevar fruto, un fruto que permanece. Levantaos, vamos es el título de su penúltimo libro. Levantaos, vamos Con esas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. Levantaos, vamos nos dice hoy también a nosotros El Santo Padre fue además sacerdote hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por la entera familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y sobre todo en las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas Nuestro Papa- -todos lo sabemos- -no quiso nunca salvar su propia vida, tenerla para sí; quiso entregarse sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma pudo experimentar cómo todo lo que había puesto en manos del Señor retornaba en un nuevo modo: el amor a la palabra, a la poesía, a las letras fue una parte esencial de su misión pastoral y dio frescura, actualidad y atracción nuevas al anuncio del Evangelio, también cuando es signo de contradicción El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo, pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal En el primer periodo de su pontificado el Santo Padre, todavía joven y repleto de fuerzas, y bajo la guía de Cristo, fue hasta los confines del mundo. Pero después compartió cada vez más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor la verdad de las palabras: Otro te ceñirá... Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo Primera causa de santidad Al término de la homilía, el aplauso se convirtió en un estruendo telúrico acompañado de los gritos ¡Santo! ¡Santo! sobrecogedores y repetitivos. Inolvidables. A la hora de estudiar las causas de santidad, el próximo Papa ya sabe cuál es la primera. Algo parecido había sucedido- -también a escala mundial y de todas las religiones- en 1997 cuando falleció Teresa de Calcuta. Juan Pablo II, con su autoridad, se saltó los plazos y la elevó a los altares a los cuatro años, precisamente en el XXV aniversario de su Pontificado. Pasa a la página siguiente Texto íntegro de la homilía en www. abc. es