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ABC SÁBADO 9 4 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Nada hubo en el Papa de tentación de dimitir, y mucho menos de dimisión escondida. No era Wojtyla de esas personas de dimisión fácil LA DIMISIÓN DEL PAPA O creo que todo esta rumorología de la supuesta dimisión frustrada de Juan Pablo II empezó con aquella manía que les entró a los retroprogres de la política de que el Papa estaba secuestrado por una camarilla vaticana, el Opus Dei y parte de la curia, y que no le dejaban dimitir y lo mantenían agarrado al solio para que los validos no tuvieran que ceder las riendas del gobierno de la Iglesia. Ahora, al abrir el testamento manuscrito de Karol Wojtyla aparecen, escritas en el año 2000, las dos primeras palabras de la siguiente frase latina: Nunc dimittis, servum tuum, Dómine, secundum verbum tuum in pace Al leer la palabra dimittis se puede pensar que el Papa quiso dimitir. Todos los periódicos de Madrid, sin excepción, convirtieron esa interpretación en noticia de apertura de la primera página. Bien es verdad que en cierto modo la frase siguiente: El Señor me ayudará a reconocer hasta cuándo debo continuar puede favorecer la tesis de la dimisión si no remitiera expresamente al sentido que le dio Simeón al pronunciarla. Veamos la traducción correcta de la frase latina entera: Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra Porque el dimittis latino tiene varias acepciones, y entre ellas la de dejar ir Es frase conocida. San Lucas la pone en boca de Simeón, hombre bueno y simple, a quien el Espíritu Santo había prometido que no le llegaría la muerte sin haber conocido al Cristo. Cuando contempla a Jesús que lo llevan al templo para ser presentado al Señor, Simeón pronuncia esa frase. En definitiva, le dice a Dios que ya puede disponer de su vida porque se ha cumplido su promesa. Ya ha visto a Jesús. De cualquier forma, debemos reconocer que somos legión los que hemos perdido un conocimiento mínimo del latín, y hubo maravilla en muchos cuando el Viejo Profesor Enrique Tierno Galván comenzó a hablar en latín con el Papa en su primer viaje a España. Esa desgracia proviene, creo yo, de haberlo desterrado de la misa y de la liturgia. Los niños monaguillos y algunos fieles aplicados aprendían al menos el cum spiritu tuo y el suscipiat Y también viene de la época en que empezó a decirse aquello de que menos latín y más deporte El latín se nos ha perdido y el deporte se nos ha hinchado. Contaré de nuevo la anécdota. Le preguntó el ministro José Solís a mi maestro Adolfo Muñoz Alonso que para qué sirve el latín. Ministro, sirve- -respondió el filósofo- -para que vosotros los de Cabra os llaméis egabrenses Yo creo, y corro el riesgo de equivocarme, que nada hubo en el Papa de tentación o de intención de dimitir, y mucho menos de dimisión escondida o tapada. Tengo para mí que el Papa Wojtyla no era de esas personas de dimisión fácil, que abandonan ante los primeros o los segundos síntomas de flaqueza o cansancio, o frente a dificultades graves. Y más bien se le veía dispuesto a permanecer al frente de la Iglesia Católica mientras Dios le mantuviera con vida. Y eso a pesar que desde el atentado del turco Ali Agca, o sea, de los servicios secretos soviéticos, sufría un largo y constante calvario en su carne, aunque no en su espíritu. Y FERNANDO R. LAFUENTE En medio de más de doscientos dignatarios de todo el mundo, de la más esperanzadora mezcla de razas, religiones, lenguas y culturas que los tiempos presentes puedan contemplar, el sobrio ataúd exigía a la memoria de los asistentes el regreso al comienzo de la Historia DIVINAS PALABRAS ORGES, la metáfora del escritor del siglo XX, narra en uno de sus enigmáticos relatos la historia de alguien que corta una tela. La corta hacia un lado y hacia otro. Como se cortan las alas de la vida. Y así sigue el relato hasta que al final, ese hombre que, como el viento de las horas, corta las telas del tiempo, ese tiempo que arrebata la vida y devuelve memoria, descubre un perfil en la tela cortada: el suyo, el de su propia vida. Si algo conmovía ayer en la memorable Plaza de San Pedro del Vaticano, en Roma, si algo helaba la memoria y removía los sueños y las vigilias, a todos los presentes y a todos los espectadores que asistían a la ceremonia, era una sola y pulcra imagen: el sobrio ataúd de quien fue Juan Pablo II, El Grande El perfil de una vida cortado en la antesala de su propia biografía. En medio de más de doscientos dignatarios de todo el mundo, en medio de la más esperanzadora mezcla de razas, religiones, lenguas y culturas que los tiempos presentes puedan contemplar, el sobrio ataúd exigía a la memoria de los asistentes el regreso al comienzo de la historia. La imagen desnuda de un ser humano ante el último viaje, revestida en la barcaza que nunca ha de tornar. Un sobrio ataúd que mostraba el perfil de una vida, de todas las lenguas que ha hablado, de todas las voces que ha escuchado. Un silencio que resonaba, en esa pulcra sobriedad, como las trompetas inconmensurables de un tiempo por venir. Las leyes del comportamiento de las masas, escribió el nobel de origen sefardí Elías Canetti, constituyen la tarea más relevante del mundo actual. Lo enunció cuando eran los años treinta del pasado siglo. Desde entonces todo ha ido a más. La ceremonia de ayer en Roma, mientras ese viento de la historia pasaba las páginas de un libro que nunca terminará de escribirse, transmitía la emoción de una congoja multitudina- B ria, de una reunión de gentes, llegadas de aquí y de allí, y de más allá, que, en torno a un nombre, a un hombre, a una sombra, prolongaba el anhelo de vivir y unía dos mil años de presencias en un hilo invisible de poderoso misterio. Llaman el pico de Adán a un paraíso en la tierra localizado en lo que hoy se denomina Sri Lanka, allí donde judíos, cristianos, budistas y musulmanes ascienden desde hace siglos en una mágica y extemporánea peregrinación, una colina que comparten las cuatro religiones como lugar de misterioso culto. La unión geográfica de un imposible religioso. Ese lugar desde donde, se cuenta en la leyenda, Adán vio por última vez el Edén. La Arcadia desde la que venimos y hacia la que cualquiera anhela regresar. Ayer la Arcadia tomó la forma de la sobriedad, el ser para la muerte heideggeriano, tan contemporáneo como místico. No sé quién soy- -advirtió el escritor polaco Witold Gombrowicz- -pero sufro cuando me deforman, eso es todo No hubo deformación ayer en Roma, hubo homenaje y hubo conmoción. El ataúd manifestaba la suma y resumen de una estética milenaria. La música del gregoriano, el viento del norte agitando el túmulo papal, las emocionadas imágenes transmitidas al último confín de la tierra, los rostros de tantas personalidades reunidas en torno a la madera de ciprés en medio de la nada de la propia vida, los gritos espontáneos de un desasosiego contenido, las divinas palabras enunciadas en la lengua ancestral de los primeros día de la Iglesia católica, el murmullo apenas sugerido del Totus Tuus ego sum (Soy todo tuyo) revelaban un escenario que rompía los tiempos y las edades, la argamasa de la que están hechos los sueños. O dicho con las palabras del poeta Eugenio Montejo: No es preciso pensar para decirse- -cada quien a sí mismo- -adiós por dentro